La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán: más allá de la potencia de fuego

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La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán cuestiona varias hipótesis iniciales. La prolongación del conflicto sugiere que, en las guerras contemporáneas, la resistencia resultaría tan decisiva como la capacidad de destrucción.

Esta guerra ha evolucionado de una manera muy distinta a la prevista por muchos analistas. Conforme el conflicto se prolonga, varias hipótesis son revisadas, mientras nuevas preguntas estratégicas ocupan el centro del debate. Entre las expectativas más extendidas estaban: rápida degradación de las capacidades iraníes, eficacia casi absoluta de los sistemas defensivos israelíes y capacidad de la presión militar de obtener resultados políticos decisivos en plazos breves. La evolución del conflicto ha revelado una realidad bastante más compleja.

Resiliencia: un factor estratégico

La sorpresa ha sido la duración del conflicto. Lejos del desenlace rápido previsto por numerosos análisis, quedó de manifiesto una resistencia iraní superior a la esperada. Pese a los daños sufridos, Teherán mantiene capacidad ofensiva, reorganiza recursos y sostiene operaciones durante largos períodos.

Más que resistencia militar, el conflicto ha puesto de relieve una forma más amplia de resiliencia. Esta incluye reconstruir infraestructuras, reorganizar cadenas logísticas, absorber costos económicos, sostener consensos políticos y preservar la voluntad colectiva frente a períodos prolongados de presión. La resiliencia dejó de ser una variable secundaria para convertirse en un factor estratégico central.

Los límites de las defensas

La segunda constatación es la inexistencia de una protección absoluta frente a ataques sostenidos. Israel mantiene un elevado nivel tecnológico en sus sistemas defensivos e inteligencia. Sin embargo, quedó de manifiesto que hasta las arquitecturas defensivas más sofisticadas enfrentan límites frente a campañas prolongadas que combinan misiles, drones y mecanismos de saturación.

Estas observaciones permiten identificar fortalezas y vulnerabilidades en los actores: resiliencia y adaptación de Irán; superioridad tecnológica e inteligencia de Israel; capacidad militar extraordinaria que no se traduce en resultados políticos decisivos para Estados Unidos.

Éxito táctico y resultado estratégico

La guerra ha expuesto los desafíos de traducir éxitos tácticos en resultados políticos definitivos. Analistas israelíes críticos, como Yagil Levy y Omer Bartov, han destacado esta distinción. La destrucción de instalaciones, la eliminación de mandos y la degradación de capacidades constituyen éxitos tácticos relevantes, pero no responden a la pregunta estratégica fundamental: qué resultado político se busca y si contribuyó a lograrlo.

Analistas realistas como Mearsheimer y Walt advierten sobre los costos y riesgos de sostener conflictos prolongados. La experiencia histórica indica que victorias operativas significativas no siempre se traducen en resultados políticos duraderos y que la coerción militar encuentra límites frente a estados que perciben amenazada su supervivencia. La evolución de este conflicto se inscribe en esa tensión entre logros militares y objetivos políticos.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán cuestiona varias hipótesis iniciales. La prolongación del conflicto sugiere que, en las guerras contemporáneas, la resistencia resultaría tan decisiva como la capacidad de destrucción.

Escuelas estratégicas diferentes llegan a conclusiones convergentes sobre núcleos del conflicto. Pese a sus diferencias políticas y normativas, realistas estadounidenses, analistas israelíes críticos y observadores rusos y chinos coinciden en señalar la resiliencia iraní, los límites de las defensas israelíes frente a campañas prolongadas y la dificultad para traducir superioridad militar en resultados políticos rápidos. Ello sugiere que algunas premisas para anticipar el conflicto fueron incompletas o erróneas.

Mitos estratégicos y percepciones

La guerra también ha contribuido a cuestionar algunos supuestos estratégicos profundamente arraigados. Entre ellos se encuentran la idea de que la superioridad tecnológica garantiza resultados decisivos, la noción de que las defensas modernas brindan una invulnerabilidad práctica frente a campañas sostenidas y la creencia de que la presión militar intensa conduce siempre a transformaciones políticas.

Lo anterior cuestionó percepciones de invulnerabilidad arraigadas en el imaginario estratégico, y supuestas debilidades del adversario. En conflictos prolongados, tales percepciones influyen tanto como los hechos materiales en la conducta de gobiernos, sociedades y otros actores.

Junto con la dimensión militar, han cobrado relevancia factores políticos y psicológicos. En Israel, la prolongación del conflicto ha coincidido con tensiones políticas internas, cuestionamientos al liderazgo gubernamental y debates sobre la dirección estratégica de la guerra. En Irán, la agresión externa parece haber contribuido a reforzar la cohesión nacional, aunque persisten desafíos económicos derivados del conflicto y de sanciones acumuladas durante años. En Estados Unidos, la polarización política y la proximidad de procesos electorales condicionan cualquier estrategia de largo plazo.

La imagen internacional de Israel enfrenta críticas crecientes en diversos ámbitos políticos y sociales, incluso en la Unión Europea, donde varios gobiernos modificaron sus posiciones sobre la cuestión palestina. Esto ocurre mientras se debilita el alineamiento europeo tradicional, sin ruptura de alianzas estratégicas, pero afectando la legitimidad internacional y los márgenes de acción política.

La participación de terceros en negociaciones, como Pakistán y Omán, desplaza la interacción asimétrica entre Estados Unidos e Irán hacia una lógica de mediación indirecta que modifica la percepción de poder y reconfigura el equilibrio diplomático.

La principal lección de esta guerra trasciende a sus protagonistas. Desde Clausewitz hasta Lawrence Freedman, diversos estrategas sostienen que las guerras no se deciden exclusivamente por destruir al adversario, sino también por sostener objetivos políticos en el tiempo.

La atención se desplaza hacia la capacidad de los actores para sostener el esfuerzo de guerra sin comprometer estabilidad política, cohesión social ni objetivos estratégicos. La cuestión decisiva no es quién puede destruir más, sino quién dispone de más recursos políticos, sociales, económicos y psicológicos para sostener una confrontación prolongada. En el siglo XXI, la superioridad militar sigue siendo indispensable, pero no suficiente para garantizar resultados políticos duraderos.

Eduardo Mernies es asesor de la Comisión de Asuntos y Relaciones Internacionales del Frente Amplio.

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