A poco tiempo de que se instale un nuevo gobierno, la pregunta del título puede ser pertinente a la hora de pensar las políticas educativas para el próximo quinquenio. No hay una sola respuesta que pueda explicar un fenómeno tan complejo. Las causas pueden ser múltiples, tanto exógenas al sistema educativo (como no tener suficiente apoyo del sistema político y, por ende, no haber contado con el presupuesto necesario) como endógenas (como no tener suficiente apoyo en los sectores que la deben implementar y para quienes están dirigidas).
Si cada gobierno de turno impulsa su propia reforma, no es posible mantener una continuidad que permita aplicar, evaluar y hacer los cambios necesarios para que se consolide una mejora significativa. Los tiempos educativos son más extensos que los tiempos políticos. Por eso un gobierno que pretenda lograr un cambio duradero y sustentable debería en primer lugar aceptar que los frutos de su obra se verán luego de terminado su mandato y asumir el riesgo de que su sucesor no le reconozca los méritos. En segundo lugar, debería aceptar que no es el dueño de la verdad y que los demás sectores también deben ser parte del debate sobre cuáles son los problemas y sobre la forma de resolverlos.
El gobierno electo ya ha anunciado que la educación será un tema al que le dará prioridad y es esperable que eso se traduzca en un incremento del presupuesto. Esto es un dato auspicioso, pero también es cierto que son muchas las prioridades que atender y los recursos son escasos. Aun en el mejor escenario posible, es decir, que haya un fuerte respaldo político y un presupuesto acorde, hasta los mejores objetivos pueden fracasar si no tienen el respaldo de los/as educadores/as, los/as educandos/as y sus familias. No hay recetas de cómo lograrlo, pero el hecho de que las futuras autoridades educativas se hayan propuesto conseguirlo es un buen comienzo.
Aunque las nuevas autoridades propuestas han sido cautas en sus declaraciones, parecería que tienen claro que no habría que imponer a los/as docentes que sólo enseñen por competencias dejando en segundo plano los contenidos. No sólo porque en poco tiempo no se los va a poder convencer de las ventajas de un nuevo paradigma, sino también porque no conviene que los jóvenes se eduquen en una sola modalidad. En una época marcada por la vorágine de los cambios hay que formarse conociendo diversos caminos y formas. Dejar de lado el falso conflicto entre competencias y contenido y aliviar a los/as docentes del trabajo burocrático para que puedan dedicarse más al trabajo pedagógico son dos buenas señales que pueden recuperar la motivación.
Dejar de lado el falso conflicto entre competencias y contenido y aliviar a los/as docentes del trabajo burocrático para que puedan dedicarse más al trabajo pedagógico son dos buenas señales que pueden recuperar la motivación.
Otra buena señal es haber designado en cargos de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) y del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) a afiliados/as e incluso exdirigentes de los sindicatos docentes. Si bien no se pueden considerar representativos del conjunto del cuerpo docente y tampoco de todos/as los/as sindicalizados/as, es probable que tengan la confianza de buena parte de estos/as. Además, tienen muchos años de experiencia y conocen los defectos que deben solucionar y las virtudes que pueden potenciar del sistema educativo. Es mucho más probable que un/a maestro/a sea mejor presidente/a del Codicen que un/a abogado/a o que un/a profesor/a sea mejor director/a de Educación que un/a economista. Por su formación y porque tienen la ventaja de haber conocido más y mejor el sistema que dirigirán.
Para que las buenas señales no se transformen en decepciones es necesario que se cumpla la promesa de que los/as docentes serán escuchados/as a través de las instancias democráticas que tenemos para debatir y proponer, como son las ATD, las salas de los institutos, las asociaciones por asignaturas y los sindicatos. El principal desafío será intentar revertir la idea fuertemente instalada en muchos/as docentes de que estos mecanismos de participación no tienen sentido porque durante años no se tuvieron en cuenta sus opiniones o sus propuestas fueron desvirtuadas.
Sin embargo, aunque las autoridades sean muy capaces y los/as docentes sean escuchados, ningún cambio importante se podrá realizar si no hay un cambio en el trabajo de aula. Con grupos numerosos, pocos recursos, salones en mal estado, estudiantes desmotivados y con poco o nada de apoyo familiar, es muy difícil lograr que los/as estudiantes se comprometan a realizar las actividades propuestas. Los equipos directivos y los/as inspectores/as harían bien en preguntarles a los/as docentes en qué podrían apoyarlos/as para poder revertir este escenario tan desmotivador, en lugar de exigirles que los apoyen a ellos en cumplir los objetivos que imponen las autoridades. Las salas y coordinaciones podrían ser espacios donde cada docente comparte a los/as demás sus dificultades y sus logros para poder pensar en colectivo soluciones a las primeras y para replicar los segundos.
Claro que hasta la propuesta educativa más creativa puede fracasar si los/as estudiantes no están dispuestos/as a involucrarse, y esto lo harán solo si le encuentran un sentido a realizar ese esfuerzo. Esto no significa que haya que enseñar sólo lo que a los/as estudiantes les interese, sino que estos/as deben poder conocer los argumentos que respaldan la propuesta educativa y tener la posibilidad de opinar sobre esta.
Todo esto sólo se puede lograr en instituciones democráticas, que además de tener una estructura jerárquica y centralizada permitan que todos/as tengan la posibilidad de expresarse, donde se estimule la autonomía y la toma de iniciativas sin temor a represalias. Los valores republicanos y democráticos no se adquieren sólo con una asignatura que enseñe cómo funciona el Estado y votando cada cinco años. Se aprenden ejerciéndolos en instituciones educativas pluralistas. Esta sería una verdadera transformación. Y una buena base para que puedan tener éxito las reformas educativas.
Federico Lanza es profesor de Historia.