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Trump y el fin de la historia

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En la década del 90, Francis Fukuyama pregonó el fin de la historia. La caída del socialismo real auguraba el triunfo definitivo de la democracia liberal a nivel global, con el claro liderazgo de Estados Unidos. No previó qué pasaría si al liberalismo democrático también le llega su punto final de la mano de Donald Trump.

Pero, en realidad, lo que parecería estar aconteciendo es el posible ocaso de lo que se denominó pensamiento ilustrado, que en buena medida contribuyó a delinear lo que conocemos como la modernidad.

Ian Shapiro en su libro Los fundamentos morales de la política sostiene que la Ilustración, con su fe en la razón, la ciencia y su idea de progreso, contribuyó a bosquejar las principales corrientes del pensamiento político contemporáneo. Es así que defendía que tanto el marxismo como el utilitarismo y el liberalismo democrático tenían similares fundamentos morales, basados en las ideas de la Ilustración.

Por otra parte, Isaiah Berlin en Las raíces del romanticismo sostenía que dicha corriente de pensamiento tenía tres principios esenciales: el primero, que toda pregunta de carácter genuino podía ser respondida. El segundo principio es que todas las respuestas son cognoscibles y pueden descubrirse por medios que se pueden enseñar a otros; y por último, el tercer principio establece que las respuestas han de ser compatibles entre sí, ya que si no lo son, se generaría un caos.

Tan es así que si todas las respuestas a todas las preguntas se formularan en proposiciones, y si todas las proposiciones verdaderas pueden descubrirse, resulta que sería posible la descripción de un universo ideal. Una utopía que sería simplemente lo descrito por todas las respuestas verdaderas a todas las preguntas serias. Y por último, a estas respuestas no se puede llegar ni por revelación ni por tradición, sino por el uso de la razón.

Pero como sostiene Berlin, las ideas de la Ilustración quizás hayan sido por algún momento hegemónicas, pero siempre fueron controvertidas, y el movimiento más potente en este sentido fue el romanticismo.

No es el cometido de este artículo entrar de lleno en esas polémicas, pero sí rastrear algunas ideas que se mantuvieron en el tiempo y que hoy ingresan con una potencia inusitada en el debate político, que nos pueden ayudar a explicar acontecimientos contemporáneos que nos permitirían afirmar que lo que el pensamiento ilustrado alumbró está muy cerca de su fin, o por lo menos arrinconado.

Un pueblo humillado

El movimiento romántico surge en Alemania entre los siglos XVII y XVIII. La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) fue un conflicto entre los partidarios de la reforma y la contrarreforma religiosa, que provocó la muerte y la desaparición de casi el 30% de la población de Alemania, esencialmente a manos del ejército de Francia y de mercenarios contratados por primera vez en la historia como fuerzas beligerantes.

Como señala el autor antes mencionado, una población humillada y devota es muy probable que asuma formas muy particulares de anticultura, antiintelectualismo y xenofobia. Es así que algunas expresiones del pensamiento romántico se conjugan con un fuerte nacionalismo. También es muy común la “paranoia”, que se manifiesta de diversas maneras. Hay una tendencia a ver todo tipo de conspiraciones en la historia. Por ejemplo, se buscaba identificar detrás de la Revolución francesa a los jesuitas, a los judíos o a los masones.

En definitiva, el romanticismo en su versión más extrema (recalco este concepto, ya que su expresión más moderada es un aporte sumamente enriquecedor al pensamiento universal) “se trasladó, sin embargo, más allá de los confines de Alemania, a todos esos países donde había algún tipo de disconformidad social o insatisfacción, particularmente a aquellos oprimidos por pequeñas élites de hombres brutales, agresivos o incompetentes”, sostiene Berlin en la obra citada. Convengamos que estas reflexiones parecen bastante actuales.

El declive de la ilustración

Retomando lo del principio, los fracasos del comunismo son más que evidentes luego del derrumbe del bloque socialista, pero no menos evidentes deberían ser los fracasos del liberalismo, sobre todo en su última versión neoliberal.

Lo que parecería estar aconteciendo es el posible ocaso de lo que se denominó como pensamiento ilustrado, que en buena medida contribuyó a delinear lo que conocemos como la modernidad.

El aumento de las desigualdades, la exacerbación del individualismo, el consumismo desenfrenado, las mezquindades geopolíticas que fueron horadando el multilateralismo y el libre comercio, entre otras causas, fueron pavimentando el camino para los actuales populismos de derecha.

Que el capitalismo no necesita de la democracia no es ninguna novedad; desde regímenes de partido único hasta monarquías de diversas índoles gozan de las “mieles” capitalistas. En la actualidad esto se hizo realmente patente en la asunción de Trump, cuando pudimos observar a los principales propietarios de los gigantes tecnológicos rendirle pleitesía al nuevo presidente.

Otra novedad de estos tiempos es que parece que la antidemocracia viene de la mano de la propia democracia. Gobernantes electos por el voto popular son portadores de discursos y por sobre todo de prácticas que horadan la propia democracia.

Para intentar arrojar algo de luz sobre esto, se hace necesario incorporar otras dimensiones al análisis.

El error de Descartes

Descartes sintetiza quizás como nadie el corazón del pensamiento de la ilustración: “Pienso, luego existo”, fundamentando el reinado de la razón.

Uno de los neurocientíficos más destacados de los últimos, Antonio Damasio, escribe un libro denominado El error de Descartes, en el que explica cómo los avances en el conocimiento del cerebro humano dan por tierra dicha máxima.

En realidad, son las intuiciones, las emociones, los sentimientos los que primero regulan nuestro comportamiento. Pero los sentimientos no son una invención independiente del cerebro, todo lo contrario. Son el resultado de una asociación cooperativa entre el cuerpo y el cerebro. Los sentimientos generalmente triunfan donde las meras ideas fracasan.

En la misma dirección, el psicólogo social Jonathan Haidt, en su libro La mente de los justos, sostiene como Hume que en realidad la razón sería una esclava de las pasiones. Es así que el razonamiento moral sería principalmente una búsqueda post hoc de razones para justificar los juicios que se habrían hecho. Después de desplegar múltiples estudios de campo, llega a la conclusión de que la mente se divide en dos partes: las intuiciones (más que las pasiones) van primero y el razonamiento estratégico después. El jinete sería la razón, los procesos controlados, y el elefante, los procesos intuitivos automáticos.

El jinete está para servir al elefante, por tanto, si se desea cambiar la opinión de alguien sobre cualquier problema moral o político, lo primero que se debería hacer es hablarle al elefante. Si se intenta forzar a las personas a que confíen en algo que transgrede sus intuiciones, dedicarán sus esfuerzos a encontrar una vía de escape, una razón para dudar de ese argumento o conclusión. Y la mayor de las veces, lo lograrán.

Haidt también señala de manera muy crítica cómo buena parte de las izquierdas creen que la naturaleza humana es una pizarra en blanco sobre la que se puede esbozar cualquier visión utópica. Esto, además de soberbio, desconoce miles de años de evolución. También suelen pensar que la moralidad se trata solamente de lo que es justo o injusto. Defendiendo una visión pluralista, llega a identificar desde una concepción antropológica evolutiva seis dimensiones de la moralidad: cuidado/daño, equidad/engaño, libertad/opresión, lealtad/traición, autoridad/subversión y santidad/degradación. Las izquierdas entienden bastante bien las primeras tres dimensiones y bastante poco las restantes. Esto pasa a ser un desafío relevante para dar la batalla cultural con las nuevas derechas populistas, que parecen moverse mejor en casi todas esas dimensiones.

La defensa de la democracia pasa a ser una tarea relevante en estos tiempos. Desde los liberales democráticos a las diversas izquierdas comprometidas con este régimen deberán asumir el desafío de sumar esfuerzos en su defensa.

Cuando los sueños de libertad, igualdad y fraternidad parecen esfumarse, los llamados a la acción deberían estar alumbrados por la comprensión de lo que nos está pasando.

Marcos Otheguy es integrante de Rumbo de Izquierda, Frente Amplio.

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