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Ilustración: Federico Murro

Preguntas para un balance de 11 años

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Los balances políticos en los últimos días de 2025 apuntaron, en muchos casos, a evaluar el comienzo del gobierno nacional frenteamplista presidido por Yamandú Orsi. Es un ejercicio legítimo y necesario, pero aquí se propone otro.

El Frente Amplio (FA) gobierna porque ganó las elecciones del año pasado. Durante la presidencia de Luis Lacalle Pou logró recuperar lo que había perdido en el período previo. Consideremos un proceso largo de 11 años, desde 2015 hasta hoy y dividido en dos por un período de revisión y planificación.

¿Por qué perdió el FA después de 15 años consecutivos de gobierno? ¿Por qué volvió a ganar en 2024? ¿A qué apuesta, ahora, para retener la presidencia en 2029? ¿Cuánto hay de aprendizaje colectivo? Son muchas preguntas, pero el ejercicio puede ser útil para pensar en términos de estrategia.

Divergencias

En octubre de 2021, el congreso frenteamplista aprobó por aclamación un “Documento de balance y autocrítica”, que fue a su vez un punto de partida. A fines de ese año, el FA eligió como presidente a Fernando Pereira, quien impulsó en 2022 la campaña “El FA te escucha”: fueron unas 2.000 reuniones en casi 600 lugares del país, durante 15 meses. La autocrítica había señalado el debilitamiento de los vínculos entre la fuerza política y el resto de la sociedad como una de las causas de la derrota electoral de 2019.

Sin embargo, tanto en el documento de 2021 como en las acciones políticas posteriores han convivido visiones con énfasis distintos. El diagnóstico compartido sobre la desconexión entre el FA y parte de la ciudadanía alude a por lo menos dos fenómenos, con significados diferentes y en cierta medida contradictorios.

Por un lado, el distanciamiento del equipo de gobierno con la propia estructura frenteamplista, y en particular con el sentir de militantes de los comités de base y de organizaciones sociales. Por otro lado, distanciamientos con sectores de la población, especialmente fuera del área metropolitana, “culturalmente refractarios” a muchos de los cambios impulsados desde el FA y, por lo tanto, muy receptivos a los relatos descalificadores planteados desde la derecha.

Los dos enfoques coinciden en el señalamiento de un déficit en las tareas de politizar a la sociedad y lograr un avance en ella de las posiciones progresistas y de izquierda, en términos ideológicos y de participación. Pero es claro que conviven dos autocríticas, una por no haber avanzado lo suficiente y otra por haber intentado avanzar demasiado rápido; una por haberse diferenciado poco del “sentido común” conservador y otra por haberse alejado de él en demasía. Ambas cosas ocurrieron: la cuestión es a cuál se le asigna mayor relevancia.

Una parte del FA plantea un discurso más combativo e iniciativas más contrapuestas a las del resto del sistema partidario. Otra presenta un talante más moderado y defiende la negociación de acuerdos con los adversarios como un valor en sí mismo. Esto ha quedado a la vista, por ejemplo, en las internas frenteamplistas, en lo referido a la propuesta de reforma constitucional sobre seguridad social impulsada por el PIT-CNT, en la campaña para las elecciones nacionales y en debates internos acerca del actual gobierno.

Dilemas

Gran parte del mundo está girando hacia la derecha, y en este Uruguay envejecido y fragmentado las posiciones conservadoras son fuertes. El FA no logró mayoría en la Cámara de Representantes el año pasado, y es difícil imaginar que esa gran dificultad se pudiera haber sorteado este año con proyectos más izquierdistas. Cabe discutir en qué medida esta situación es una causa o una consecuencia de la moderación predominante, pero eso no cambia la realidad actual. ¿Empezarían a cambiarla gestos oficialistas que tonificaran al frenteamplismo convencido, aunque fueran sólo simbólicos, o eso resultaría contraproducente para la gobernabilidad? ¿Cómo se revierte uno de los distanciamientos sin aumentar el otro?

El FA no perdió en 2019 por una sola causa. Su tercer gobierno pagó, entre otros precios, el de haberse quedado sin iniciativas de impacto, en un contexto internacional menos favorable a la disponibilidad de recursos. Hoy el escenario es muy complicado en ese terreno, por la situación fiscal heredada y porque el proteccionismo en aumento es pésimo para un país que necesita exportar más. ¿Bastará con la “revolución de las cosas simples” para volver a ganar en 2029?

La “coalición multicolor” tampoco perdió por un solo motivo en 2024. En el FA no parece haber consenso sobre el peso relativo que tuvieron su propio desempeño en la oposición, el malestar de la gente por los problemas no resueltos o agravados, escándalos como los de Astesiano o Marset, las características de Orsi que superaban a las de Álvaro Delgado y otros factores.

Sin ese consenso, es difícil construir otros, acerca de las demandas a las que es prioritario responder y los cambios –en el país y en su gente– que es prioritario generar. No sólo el año que viene ni sólo con miras a las próximas elecciones, sino también a mediano y largo plazo.

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