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Ilustración: Federico Murro

Un debate bastardeado

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El jueves de la semana pasada se supo que el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) había calificado como “no apto para todo público” el libreto de la murga Doña Bastarda, ganadora del Concurso Oficial de Carnaval del año pasado, por algunas frases del cuplé “Juro por mi patria”. Los responsables de la agrupación presentaron sus descargos y al día siguiente el INAU rectificó la decisión, pero la controversia sobre el asunto continúa, probablemente porque su principal motivo es otro.

El motivo de la calificación inicial fue que en ese cuplé un personaje habla de lo que está dispuesto a hacer por su patria y, aunque comienza con referencias poéticas ingenuas, va planteando acciones cada vez más violentas, y termina declarando sus intenciones de matar a niños, destruir escuelas y hospitales, fusilar a periodistas y convertir en jabón a quienes lo llamen nazi.

Dos cosas son muy evidentes. La primera es que hay un personaje, al que se presenta como un energúmeno. La murga está caricaturizando, para condenar, una manera de pensar y de actuar. Resulta absurdo sostener, como lo hizo la primera calificadora del INAU, que el cuplé es una exhortación a hacer lo que ese personaje dice.

La segunda cosa evidente es que las acciones a las que se refiere el personaje son las que se le imputan al gobierno israelí en Gaza. El mensaje es válido en el marco de la libertad de expresión y la libertad artística, pero era previsible la reacción de quienes consideran justificada y necesaria la matanza, y la referencia al jabón es un gran irritante para muchas personas, judías o no, que están lejos de apoyar a Benjamin Netanyahu. Sin embargo, nada de esto tiene que ver con las calificaciones del INAU, o con que el cuplé se adecue o no a un indefinible “deber ser” del carnaval.

Calificadoras de riesgo

Una de las tareas del INAU (heredada de sus antecesores, el Consejo del Niño y el Instituto Nacional del Menor) es evaluar para qué franjas de edad es adecuado cada espectáculo público. La definición de lo inconveniente sólo puede ser imprecisa y discutible, pero además varía con el paso del tiempo. La ley de creación del Consejo del Niño, aprobada en 1934, incluye expresiones que hoy suenan ofensivas y discriminatorias, como la referencia a la “selección de retardados escolares” en su artículo 92.

Por otra parte, la idea de calificar las películas y las obras de teatro, que se aplica desde 1960, corresponde a un período en el que no era posible, como ahora, que personas de cualquier edad accedieran a cualquier contenido mediante celulares y computadoras. El dispositivo institucional se ha vuelto bastante obsoleto.

De todos modos, hay que señalar un par de cosas en lo relacionado con los espectáculos de carnaval y las calificaciones del INAU. Por un lado, es muy improbable que, desde que esos espectáculos existen, la programación de algún tablado haya sido, un día cualquiera, “apta para todo público” con los criterios del momento. Por otro lado, si el INAU hubiera mantenido la primera evaluación del libreto de Doña Bastarda, esto no habría implicado que la murga debiera omitir o modificar los pasajes cuestionados.

Lo que indica el reglamento del Carnaval es que, en esas circunstancias, quienes “responderán ante los órganos competentes de la Justicia, sobre juicios que pudieran presentarse en su contra por violación de las normas constitucionales y legales vigentes”, serán “los directores y directoras responsables de las agrupaciones”.

Una esencia inasible

En cuanto al “espíritu carnavalero”, que algunas personas reivindican para cuestionar el cuplé de la discordia, definirlo siempre fue difícil y en estos tiempos puede resultar imposible. El mencionado reglamento dice que la murga “tiene como característica esencial criticar, satirizar y divertir”, pero admite que tiene un “mensaje”, y que “el recurso de apelar a tintes dramáticos o emotivos”, muy frecuente en las últimas décadas, “puede enriquecer el desarrollo del espectáculo”, aunque señala que no debe ser “utilizado en exceso, pues de ese modo escaparía a la esencia del carnaval”. En otras palabras, todo puede ser válido.

Los intentos de caracterizar tal “espíritu” lo asocian con frecuencia al concepto, no menos ambiguo y polémico, de “lo popular”, que se complica cada vez más en una sociedad fragmentada y polarizada. Por eso mismo, la idea de lo adecuado “para todo público” varía según el barrio, la tribu y el bando.

El INAU anunció su voluntad de “revisar los mecanismos, criterios y requerimientos de calificación de espectáculos públicos, [...] con la más amplia participación de diversos actores del ámbito cultural, artístico y otros sectores vinculados”. Cabe desearle suerte, pero no es responsabilidad de ninguna murga realizar una exposición equilibrada y sin prejuicios acerca de lo que pasó y pasa en Gaza. Tampoco es tarea del INAU, ni del jurado del Concurso de Carnaval, determinar si el enfoque de Doña Bastarda es justo, sesgado, valiente o terrorista, en un debate apto para todo pretexto.

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