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Venezuela y lo innegociable

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La reciente intervención militar en Venezuela desató manifestaciones callejeras en diversas ciudades, que ponen de relieve las grietas de un mundo cada vez más polarizado y afligido. Pareciera que en un solo movimiento Donald Trump hubiera logrado no sólo “recibir un nuevo año con viejas decisiones coloniales” burlando el cumplimiento del derecho internacional, sino también enfrentar a sus dos enemigos predilectos: militantes de izquierda y personas migrantes.

Después del 3 de enero, en distintas ciudades del mundo, la mayoría de las veces levantando la misma bandera (la de Venezuela), los cánticos y las pancartas se encontraban –“arriba Venezuela”– y repelían: “no a la intervención imperial”, “y ya cayó, y ya cayó, / este gobierno ya cayó”.

Además de las confrontaciones en las calles, las redes explotaron con virulencia y sentidas expresiones de xenofobia, por lo que quisiera detenerme en los mensajes que no he parado de leer desde entonces, de usuarios de redes sociales en respuesta a las y los venezolanos que desde Uruguay manifestaron su respaldo a la intervención estadounidense: “Que se vuelvan todos para Venezuela. Me cansé de fachos pobres importados. Con los autóctonos alcanza y sobra”; “qué mierda tenés que ser para celebrar que invadan tu país”; “hay que extraditar a todos los venezolanos ya!”; “cuando hay mierda las moscas se alborotan, yo les haría una colecta para que se vuelvan al territorio liberado”.

Leyendo y releyendo, no logro entender el paso del rechazo al imperialismo, a la violencia y a la verborragia estigmatizante y opresora. Pareciera que hay quienes no han logrado incorporar una mirada que permita distinguir las preocupaciones geopolíticas y el disenso de los riesgos de caer en actitudes xenófobas y discursos de odio en nuestra órbita más cercana y más fundamental, allí donde se construyen las grandes transformaciones, las más radicales: la del encuentro con el prójimo.

La coyuntura me encontró leyendo El tiempo no para, de los historiadores Vania Markarian y Aldo Marchesi, y Atrás quedó la tierra, de la periodista Ariana de Sousa-García, que me permitieron ordenar, poner en perspectiva algunas ideas e intentar reflexionar con aquellos militantes que se identifican con la izquierda que viven o experimentan el encuentro con la “xenofobia” como una consecuencia natural a su antiimperialismo. Estos sentires son muy buena noticia para los promotores de la crueldad y son incompatibles con un pensamiento de izquierda. No queremos y no podemos permitir que líderes idiotas e irresponsables decidan nuestros caminos, encaminen nuestras pulsiones, nuestras alegrías o nuestras broncas.

La xenofobia es una expresión fascista que puede desplegarse en el lenguaje hasta llegar a constituirse como política de Estado; se alimenta cotidianamente desde lo más pequeño hasta llegar a la aniquilación del “extranjero”, como ha pasado y pasa en distintos corredores a nivel global. La caza de migrantes es justamente uno de los caballitos de batalla de las políticas del terror desatadas por el mismísimo Donald Trump, y que hoy tienen en vilo y a punta de pistola a una comunidad entera.

En aquellas expresiones que estigmatizan ideológicamente a un grupo específico de personas en función de su origen nacional, ¿hay sentido, reflexión y profundidad? ¿Existe conocimiento sobre el motivo y las condiciones del éxodo de millones de venezolanas y venezolanos?

En Atrás quedó la tierra, Ariana de Sousa-García le pone voz al dolor: “Nuestro éxodo, masivo y sonoro como es, ha sido fácilmente ignorado e incluso condenado por casi todos nuestros hermanos soberanos de la li-ber-tad, a pesar de ser el más grande que ha vivido este hemisferio en los últimos 50 años [...] los hijos de los militantes crecimos y nos fuimos, hijos como muchos otros hijos; escapando de la violencia, del 500% de la inflación, de la reducción salarial y la tasa de desempleo más alta de América Latina, del hambre, tanta hambre, escapando de nuestros propios padres, de la ceguera, del orgullo herido, de la casa rota, de la Constitución burlada, de la avalancha, del país cuartel”.

Escuchemos a los idos, a los hundidos, escuchemos las experiencias vividas, los muros atravesados, los dolores sufridos y silenciados por el autoritarismo y la violencia, a los ex presos políticos de aquí y allá.

En palabras de Urlick Beck, no podemos esperar que los individuos busquen soluciones biográficas a contradicciones sistémicas. A medida que las narrativas simplificadas florecen en redes sociales, es necesario analizar nuestro contexto: según el censo de 2023, encabezando la lista de la población nacida en el exterior llegada a nuestro país en la última década está el origen venezolano, es decir, el 26,8%, casi 17.000 personas que habitan Uruguay, que forman parte de nuestra comunidad, vivieron, de una u otra forma, el desplazamiento de su país de origen en un contexto marcado por una crisis social, económica y política sin precedentes, que sigue viva.

El derecho internacional y el multilateralismo fracasaron al no ofrecer respuestas contundentes a las violaciones de derechos humanos, a la crisis migratoria y humanitaria protagonizada por más de ocho millones de venezolanos desplazados en el mundo, pero tampoco ha sabido hacer frente a la impronta carroñera de un presidente que desprecia el derecho internacional, un presidente que ha dedicado parte de su mandato a desmembrar la viabilidad de los organismos internacionales de los derechos humanos y que al mismo tiempo intenta dar una lección al mundo de la capacidad intervencionista, belicista y extractiva de Estados Unidos, redoblando la apuesta de la doctrina Monroe.

La visita y el reciente “regalo” –“concesión diplomática”, en términos del Consejo Noruego del Nobel– de la medalla del Premio Nobel de la Paz por parte de María Corina Machado a Donald Trump nos proporciona una postal única y distópica: un promotor del odio y la guerra, en conflicto con cualquier marco legal, sostiene sonriente la medalla del Premio Nobel de la Paz, una concesión de “gracia” y reconocimiento por el ataque perpetrado. Un mal antecedente, un pésimo augurio.

¿Es posible pensar una historiografía que se aparte de la historia fundada en la mera necesidad o en la incidencia de algunos principios ubicados por fuera del devenir social que los articula? Como sostienen Marchesi y Markarian, no habrá una alternativa posible al capitalismo que no incluya una reiteración del respeto a los derechos humanos: “En un mundo donde los discursos de odio prevalecen, se siguen afirmando los brutales aparatos represivos estatales y se acelera la carrera armamentista a escala global [...] no la habrá tampoco sin un rechazo visceral a las formas de violencia política donde siempre triunfan los más fuertes; sin una defensa cerrada a los procedimientos democráticos y liberales de debate y decisión hoy mismo bajo ataque”.

Hablemos de lo que no es negociable. Discutamos, y en la diferencia problematicemos otros mundos. Vladimir Safatle, en La izquierda que no teme decir su nombre, nos recuerda una lección fundamental para estos tiempos: “Las posiciones que hoy caracterizan a la izquierda pueden mostrarnos que la política es, en su fundamento, la decisión respecto a lo que no es negociable. Ella no es simplemente el arte de la negociación y el consenso, sino la afirmación taxativa de lo que no estamos dispuestos a poner en la balanza. Lo que falta a la izquierda es mostrar lo que, según su punto de vista, es innegociable. ¿Cuáles procesos y resultados son fundamentales para que exista una verdadera cohesión social que no sea hundida por grietas y desigualdades?”.

Por un momento, bajemos las banderas. No agredamos ni señalemos con el dedo. Escuchemos a los idos, a los hundidos, a las caminantes; escuchemos las experiencias vividas, las experiencias compartidas, los muros atravesados, los dolores sufridos y silenciados por el autoritarismo y la violencia, a los ex presos políticos de aquí y allá, a los periodistas silenciados; reflexionemos sobre los terrores del fascismo, del colonialismo; pongámosle nombre y rostro a quienes siempre pierden y a los que siempre ganan, encontrémonos por los desafíos democráticos, por todo lo que nos falta, por la tierra que compartimos, por la paz que algunos tienen y otros no. Por la paz, esa palabra.

Valeria España es abogada y doctora en Derecho y Ciencias Sociales. Es directora de la División de Protección Social para Personas Migrantes, Solicitantes de Asilo y Refugiadas del Ministerio de Desarrollo Social.

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