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De Herrera a Cabildo Abierto, un siglo de nacionalismo de derecha

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Desde su irrupción en 2019, Cabildo Abierto se presentó como una novedad en el sistema de partidos uruguayo. Su discurso, con fuerte anclaje en la figura de Artigas y en la idea de “orientalidad”, pareció ofrecer algo distinto en un escenario político organizado durante décadas en torno a otros clivajes. Sin embargo, esa impresión de novedad se relativiza al comparar ese discurso con el que desplegó el régimen cívico-militar durante el Año de la Orientalidad, en 1975, y se relativiza aún más al reponer una perspectiva histórica de mayor alcance sobre las derechas uruguayas del siglo XX, cuando la “orientalidad” reaparece una y otra vez como el nombre que la derecha le da a su propio nacionalismo.

El paralelismo entre Cabildo Abierto y la dictadura no es casual. Ambos comparten un vínculo estrecho con las Fuerzas Armadas, que en su caso se expresa en la propia trayectoria de Guido Manini Ríos, comandante en jefe del Ejército entre 2015 y 2019, antes de fundar el partido. Además, apelan a la “orientalidad” apoyándose en dos ejes que se repiten con notable estabilidad: la exaltación de una identidad nacional homogénea que permite desdibujar las diferencias sociales, y la defensa de la soberanía nacional frente a enemigos foráneos que amenazan esa unidad.

La unidad como mandato

El primer eje es la exaltación de la identidad nacional como algo homogéneo, capaz de anular las diferencias sociales en nombre de la unidad. Manini Ríos lo planteó con crudeza en su libro Vengo a cumplir, donde describió a un país “lastimado por falta de cuidado” de su identidad, al que le faltaba orgullo nacional y apego a los valores del legado artiguista. Ese diagnóstico de un país fragmentado, que solo puede recomponerse mediante la unidad, también aparece en la Carta de Principios del partido, que propone la unidad de todos los uruguayos, sin distinción de clase social, como paso previo a cualquier reconstrucción posible.

En el régimen cívico-militar aparece una lógica equivalente. La propaganda del Año de la Orientalidad se organizó bajo el lema “El Uruguay somos todos”, con el objetivo explícito de representar al país como una única familia con un destino común. Juan María Bordaberry lo planteó sin rodeos en 1975, cuando afirmó que combatirían “con la unidad nacional, las divisiones artificiales entre clases y generaciones” (El País, 26 de agosto de 1975).

Esa unidad, en ambos casos, también se sostiene en la reivindicación de las fechas patrias y de las tradiciones vinculadas al interior del país. En el Año de la Orientalidad, los festejos se extendieron durante todo 1975 bajo la llamada “operación sesquicentenario”, que no se limitó a la Declaratoria de la Independencia, sino que sumó otras conmemoraciones: el Desembarco de la Agraciada, el Abrazo del Monzón, el Sitio de Montevideo, la Batalla del Rincón. Uno de los momentos más simbólicos fue la Noche de los Fogones, una vigilia colectiva en el cerro de Artigas que la propia propaganda oficial describía como la “esencia misma de la orientalidad”. Esa exaltación tenía además un componente geográfico preciso, el interior y la campaña como espacio litúrgico privilegiado de la identidad nacional, frente a una ciudad asociada a lo foráneo.

En Cabildo Abierto aparece un gesto similar, aunque con menor despliegue institucional. Su programa de gobierno propone promover actos culturales relacionados con las fechas patrias y estimular eventos vinculados a las tradiciones nacionales, en la misma línea que su Carta de Principios. Algo equivalente ocurre con la reivindicación del interior, presente, aunque de forma menos sistemática que en la dictadura, en las referencias de Manini a la fiesta de la Patria Gaucha como un espacio para “mantener vivas nuestras raíces”.

Para que Artigas funcione como un líder unificador, ambos casos necesitan despojarlo de su costado más incómodo, el revolucionario. Desde los años 50 del siglo XX, una lectura de izquierda conocida como la “leyenda roja” había rescatado el perfil social del prócer, apoyada sobre todo en su Reglamento de Tierras de 1815 y en su preocupación por los sectores más postergados. La dictadura respondió a esa lectura de forma casi literal. Una resolución del Ministerio de Educación y Cultura estableció que el mausoleo de Artigas en la plaza Independencia solo podría llevar inscripciones referidas a hitos de su vida y obra, y no frases suyas, por temor a un uso indebido con fines políticos. Cabildo Abierto no llega a ese extremo, pero hace algo equivalente: retoma la preocupación artiguista por los sectores más “frágiles” de la sociedad, aunque despojada de su sentido revolucionario original y reconducida hacia una idea asistencialista de justicia social.

La otra cara de Artigas que ambos casos comparten es la militar. En 1975, además del mausoleo, se construyó la Plaza del Ejército bajo la idea de que las Fuerzas Armadas eran continuadoras directas de los soldados artiguistas, y esa lectura persiste hasta hoy, ya que el Ejército Nacional celebra su aniversario junto al homenaje a la Batalla de las Piedras.

El enemigo de siempre, con otro nombre

El segundo eje es la defensa de la soberanía nacional y del orden social frente a enemigos foráneos. En el imaginario del régimen militar, ese lugar lo ocupaba el “marxismo internacional”, en sintonía con la Doctrina de la Seguridad Nacional que Estados Unidos promovía para el continente durante la Guerra Fría. En Cabildo Abierto ese enemigo pasó a ser la globalización liberal y los organismos internacionales que, según sus dirigentes, imponen agendas ajenas a la voluntad del pueblo uruguayo.

Esa disputa se vuelve especialmente visible en torno al orden de género y a la familia. Cabildo Abierto sostiene que la llamada “ideología de género” es una nueva forma que adoptó el marxismo una vez terminada la Guerra Fría en el plano geopolítico, trasladando el conflicto de la lucha de clases al terreno cultural. Manini lo desarrolló en un extenso discurso en el Senado el 8 de noviembre de 2022, donde sostuvo que se trataba de una ideología que buscaba nuevos “sujetos de la revolución” ya no definidos por su posición frente a los medios de producción, con el objetivo de tirar abajo “los cimientos sobre los que se ha construido nuestra civilización”. Frente a esa supuesta amenaza, el exsenador cabildante Guillermo Domenech defendió a la familia tradicional como la única forma que el partido está dispuesto a promover.

La dictadura sostenía algo estructuralmente equivalente medio siglo antes. En 1975, coincidiendo con el Año Internacional de la Mujer declarado por la Organización de las Naciones Unidas, Juan María Bordaberry pronunció un discurso en el que se oponía frontalmente a los postulados del organismo internacional, al que acusaba de estar penetrado por el marxismo. Sostuvo que “hombres y mujeres no son iguales” porque no lo fueron en los “designios supremos”, mientras afirmaba que no permitiría que el concepto de igualdad se convirtiera en un “caballo de Troya” para la organización social y política del país.

De este modo, la comparación entre ambos discursos, separados por casi 50 años, deja ver una estructura casi idéntica, un enemigo externo que impulsa una transformación del orden natural de géneros y de la familia, y frente a él, la reivindicación de la familia tradicional como único bastión capaz de sostener el orden social.

El legado hispánico funciona como una tercera forma de defender esa misma soberanía frente a lo foráneo, y conecta ambos ejes al presentarse a la vez como un rasgo de identidad a preservar y como un valor bajo amenaza. Al presentar el proyecto de ley para construir el mausoleo de Artigas, Bordaberry escribió un mensaje en el que sostenía que la obra buscaba rescatar “el noble legado hispánico fundador”, como forma de defenderse de los “pensamientos foráneos” que amenazaban con socavar la integridad nacional. En Cabildo Abierto esa misma exaltación aparece con fuerza en los discursos de Domenech, quien cada 12 de octubre, Día de la Hispanidad, reivindicaba en el Parlamento la necesidad de “reparar la unidad perdida y restaurar el orgullo de nuestra cultura hispana” frente a lo que llama la “agenda globalista anticristiana, antinacional y antifamilia”.

Las derechas emergentes, como lo fue Cabildo Abierto a nivel nacional, no traen un discurso verdaderamente nuevo para la historia política del país.

El caso de Bordaberry no fue circunstancial ni se limitó al año 1975. Mantuvo un vínculo directo con el carlismo español, al punto de ser nombrado Caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita en 2006 por la rama carlista liderada por Sixto Enrique de Borbón. Este mismo repertorio, lejos de ser un gesto aislado ni una particularidad uruguaya, es identificado por la literatura sobre las nuevas derechas iberoamericanas como parte de una corriente compartida, que sitúa justamente a Cabildo Abierto, junto con Vox en España, dentro de esa misma ultraderecha neopatriota que revive la idea de hispanidad frente al globalismo.1

Una tradición más larga de lo que parece

Estos dos ejes, la unificación homogénea de la identidad nacional y la defensa de la soberanía frente a un enemigo foráneo, no nacieron con la dictadura ni mucho menos con Cabildo Abierto, y tampoco la “orientalidad” en particular, como forma específica que asume esa identidad homogénea en el discurso de las derechas, es un hallazgo reciente. Ambos elementos, y la figura de Artigas como su punto de apoyo, recorren buena parte de la historia de las derechas uruguayas del siglo XX.

El primer herrerismo, liderado por Luis Alberto de Herrera entre 1913 y 1925, ya combinaba los dos ejes con la misma figura articuladora. Herrera concebía a Artigas como “padre de la nacionalidad” y a su tradición como “la patria misma”, una lectura que unificaba a los uruguayos por encima de sus diferencias, en abierta oposición al batllismo, al que consideraba una expresión de “jacobinismo uruguayo” urbano, estatista e igualitarista, heredero de un legado igualitarista que Herrera identificaba como foráneo, proveniente de la Revolución Francesa.2

La dictadura de Gabriel Terra, entre 1933 y 1938, profundizó ese mismo esquema, aunque con un enemigo de otro signo.3 El régimen terrista apeló al destino rural del país y a la figura de Artigas mediante celebraciones patrióticas, para imponer una idea de nación unificada y hostil al cosmopolitismo batllista, mientras desarrollaba un fuerte anticomunismo con tintes xenófobos y antisemitas dirigido contra la última ola migratoria proveniente de Europa del Este. El enemigo foráneo tomaba forma étnica y política a la vez, y esa misma matriz encontraba respaldo en la influencia del falangismo y del franquismo, de quienes se tomaba una tesis hispanista que buscaba restituir la unidad hispanoamericana sobre la base del catolicismo.

Algo similar ocurrió con el ruralismo de Benito Nardone en los años 50. Su Liga Federal de Acción Ruralista buscaba unificar a los productores rurales frente al avance del comunismo internacional y la hegemonía batllista y urbana, y también encontró en Artigas la figura capaz de sostener esa unidad, al definirlo como “el ideal más puro y más noble”, cuyas ideas seguían orientando la lucha de quienes, en sus palabras, anhelaban salvar a la patria.

El caso más elocuente, sin embargo, es el de la Juventud Uruguaya de Pie (JUP), la organización nacionalista de extrema derecha fundada en 1970. La JUP promovía explícitamente la identidad oriental para defender las tradiciones nacionales y garantizar la unidad bajo lo que llamaban un “nacionalismo integral” o “un solo haz de orientalidad”, la misma noción que, décadas más tarde, tanto la dictadura como Cabildo Abierto volverían a poner en el centro de su discurso. Ahí también Artigas funcionaba como fundador que permitía englobar a la población en una “gran empresa patriótica”, frente a las “fuerzas del totalitarismo extranjero” que, según sostenían, complotaban contra las raíces genuinas de la nacionalidad.4

Situado en esta perspectiva histórica más amplia, el discurso de Cabildo Abierto se revela como una nueva manifestación de un patrón recurrente en la historia política uruguaya. El enemigo cambia de nombre, el marxismo internacional de la dictadura y de la JUP se transforma en el “globalismo” que rechaza el discurso cabildante. Sin embargo, la estructura de fondo se mantiene notablemente estable, una identidad nacional concebida como homogénea y jerárquica que debe protegerse mediante la unidad, y un enemigo externo que amenaza esa unidad y que legitima, a su vez, el rechazo a cualquier cuestionamiento del orden social existente.

El presente de Cabildo Abierto

El presente del partido es bien distinto al de su irrupción en 2019. Aquel año había obtenido 11,46% de los votos, consolidándose como socio de la coalición de gobierno liderada por el Partido Nacional. En 2024 la caída fue estrepitosa, el partido se derrumbó a 2,61% de los votos.

Varios factores pueden explicar esa caída. Uno es la aparición de Identidad Soberana, una fuerza liderada por Gustavo Salle que en 2024 obtuvo 65.796 votos (2,83%), un caudal levemente superior al de Cabildo Abierto, y que al igual que este partido consiguió dos bancas en Diputados, fragmentando el electorado nacionalista de derecha que en 2019 se había volcado a Cabildo Abierto. Otro es el regreso a la política, ese mismo año, de Pedro Bordaberry, que tras cinco años alejado de la actividad pública volvió al frente de Vamos Uruguay dentro del Partido Colorado, y capitalizó más de 150.000 votos y 13 de las 17 bancas coloradas en Diputados, recuperando a un electorado de derecha dura.

Un tercer factor, más estructural, que ayuda a explicar esa baja centralidad, es que el Partido Nacional y el Partido Colorado son policlasistas por tradición. Esto hace que reúnan a votantes de distintas clases sociales, y esa amplitud les permitió recuperar en 2024 parte del electorado que en 2019 había migrado hacia Cabildo Abierto, reduciendo así su peso electoral.

Con todo, el recorrido de este artículo deja una idea de fondo. La exaltación de una identidad nacional “oriental”, mediante la figura de Artigas y de las tradiciones como elementos unificadores, la denuncia de un enemigo foráneo que amenaza la soberanía, y la defensa de la familia tradicional y del legado hispánico frente a ese enemigo ya estaban presentes, con sus propios matices, en expresiones de derecha anteriores a lo largo del siglo XX. Entender esa continuidad permite reconocer que, aunque cada expresión se readapte al contexto de su época, hay categorías de fondo que permanecen estables en el nacionalismo de derecha uruguayo. Por lo tanto, las derechas emergentes, como lo fue Cabildo Abierto a nivel nacional, no traen un discurso verdaderamente nuevo para la historia política del país.

Federica Blanco Castiñeiras es politóloga y cursa una maestría en Políticas Públicas Innovadoras en la Universidad de Santiago de Compostela.


  1. Sanahuja, J A, y López Burian, C (2022). Hispanidad e Iberosfera: antiglobalismo, internacionalismo reaccionario y ultraderecha neopatriota en Iberoamérica. Documentos de Trabajo, 69, 2ª época). Fundación Carolina. ↩

  2. Caetano, G (2021). El primer herrerismo. Liberalismo conservador, realismo internacional y ruralismo (1873-1925). Prismas, 25(1), 48-70. ↩

  3. Broquetas, M (2014). La trama autoritaria: derechas y violencia en Uruguay (1958-1966). Ediciones de la Banda Oriental. ↩

  4. Broquetas, M (2024). Ganar la guerra: cultura, política y sociedad en el Uruguay autoritario (1967-1973). Ediciones de la Banda Oriental. ↩

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