La discusión sobre los ovinos suele concentrarse en costo país, precios, industria, exportación en pie, depredación, bichera, abigeato y mano de obra. Pero una pregunta casi no aparece: ¿cuánto depende de factores externos y cuánto de lo que nosotros mismos hacemos o dejamos de hacer?
Uruguay perdió 20 millones de ovinos en 30 años sin transformar suficientemente su productividad. Seguimos con problemas históricos: más de dos ovejas para vender un cordero al año, hembras jóvenes que ingresan tarde a la reproducción y un peso de canal que no supera los 17 kilos.
Australia y Nueva Zelanda también redujeron drásticamente sus stocks, pero aumentaron fuertemente su productividad. Uruguay hizo la primera parte: perdió ovejas. La segunda –producir mucho más con las que quedaron– sigue pendiente. Resulta difícil explicarlo porque el país no careció de conocimiento, técnicos ni instituciones dedicadas al rubro.
Sabemos cuánto puede cambiar el resultado
Si se mira el ingreso bruto por oveja según precios y adopción tecnológica, con precios malos, adoptando medidas que implican el trabajo en campo natural (niveles 2, 3 y 4) y sin incorporar pasturas sembradas masivamente (característica del nivel 5), se puede obtener más de un 40% de ingreso que con precios excelentes. No es solo eficiencia: puede determinar la viabilidad del sistema. El análisis también muestra que las tecnologías de proceso (nivel 2) son de muy bajo costo y generan un alto impacto relativo, y que la correcta elección de la raza (nivel 4) es la de mayor impacto en el ingreso por oveja.
La Encuesta Ganadera Nacional, un relevamiento impulsado por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, muestra que herramientas conocidas y disponibles desde hace décadas siguen teniendo baja adopción, como el diagnóstico de gestación y tecnologías que permiten obtener información sobre la carga parasitaria. Pero no sería serio reducirlo a que “el productor no adopta”. También hay que preguntar cómo fue transferida, por quién y con qué seguimiento.
En tanto, la cuarta Auditoría de Calidad de la Cadena Cárnica del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria y el Instituto Nacional de la Carne muestra avances en manejo, sanidad y proceso, pero también problemas persistentes de peso, conformación y engrasamiento de canal. El frigorífico recibe el producto que construyó el sistema primario. Si queremos mejores canales, debemos discutir genética, alimentación y edad de faena.
Productores y gremiales: una responsabilidad que también está porteras adentro
No parece suficiente reclamar mejores precios si una parte importante de los productores no utiliza un paquete tecnológico disponible y validado localmente hace décadas. Tampoco es suficiente reclamar a la industria si la auditoría muestra que algunos problemas del canal se construyen antes que el animal llegue a planta.
Australia y Nueva Zelanda también redujeron drásticamente sus stocks, pero aumentaron fuertemente su productividad. Uruguay hizo la primera parte: perdió ovejas. La segunda —producir mucho más con las que quedaron— sigue pendiente.
Defender al productor no significa decirle que todo lo malo viene de afuera. También implica ayudarlo a identificar qué puede mejorar dentro de su propio sistema.
En lana existe una definición relativamente clara del camino productivo. Pero la transformación racial de la producción lanera no tuvo equivalente en carne, pese a que su correcta elección es la decisión de mayor impacto en el ingreso por oveja.
Una institucionalidad que también debe rendir cuentas
Uruguay construyó institucionalidad específica sobre el ovino. En 1966 los productores impulsaron la creación del Secretariado Uruguayo de la Lana (SUL) y en 1967 una ley estableció una prestación sobre las exportaciones de lana para financiarlo.
Durante décadas, el SUL contó con investigadores, técnicos y recursos para generar conocimiento, capacitar, transferir y promover el mejoramiento. Esquila Tally-Hi, acondicionamiento, mediciones objetivas, mejora genética y cordero pesado forman parte de esa historia. No corresponde negarlo. Pero una innovación puede ser importante sin producir una transformación estructural.
Mientras el stock ovino se redujo en 20 millones, agricultura, forestación y ganadería vacuna incorporaron tecnologías, escala e intensificación y transformaron profundamente sus sistemas.
La pregunta es: ¿por qué el ovino, que durante décadas contó con una institución especializada, financiada por el sector y dedicada a investigación, transferencia, extensión y capacitación, no logró una transformación productiva comparable?
La elección racial no ocurre en el vacío. Si las decisiones quedan en organizaciones en las que históricamente predominan determinados perfiles de productores y cabañeros, la gobernanza real puede no coincidir con la formal y la participación estatal quedar reducida a una presencia decorativa. Es una hipótesis que merece ser discutida.
Un dato obliga a hacerlo: al menos ocho de los 15 presidentes y 37 de los 60 años de existencia del SUL estuvieron bajo la conducción de dirigentes vinculados a la raza corriedale.
Esto no demuestra que las decisiones hayan respondido a intereses particulares de la raza, pero sí plantea una cuestión objetiva de gobernanza y representatividad: ¿hasta qué punto una conducción históricamente tan vinculada a una misma raza pudo separar sus intereses particulares del interés general?
Universidad, investigación y pérdida de masa crítica
La Universidad de la República tuvo durante años formación específica en ovinos dentro de Agronomía. Al perderse como formación obligatoria, el país dejó de garantizar ese expertise a sus futuros agrónomos. Menos formación significa menos profesionales especializados y menor masa crítica para la extensión.
La investigación también pierde masa crítica. La Estación Experimental Doctor Mario Cassinoni desarrolló capacidades importantes de investigación ovina; perderlas significa perder capacidad para formular preguntas, validar tecnologías locales y formar investigadores. Sin investigación local fuerte tampoco hay docencia ni transferencia fuertes.
La especialización es necesaria; el problema aparece cuando queda desconectada del sistema productivo. Necesitamos especialistas capaces de integrar conocimiento y producción. Existe una paradoja: podemos conseguir recursos para estudiar nuevas herramientas mientras muchos productores todavía no utilizan tecnologías básicas disponibles desde hace décadas.
La memoria también es una capacidad productiva
Un país tampoco debería desperdiciar el conocimiento acumulado: técnicos e investigadores con trayectoria aún pueden formar jóvenes, revisar proyectos, interpretar resultados y evitar errores. Una persona puede retirarse de una institución. El conocimiento que acumuló no debería retirarse con ella.
Es necesario reconstruir una agenda nacional de investigación ovina que integre carne y lana, investigación de frontera, aplicada y validación local, y recuperar la formación ovina agronómica para reconstruir masa crítica.
También crear un programa nacional de mentores con técnicos de trayectoria como revisores, formadores y evaluadores; no como sustitutos, sino como memoria activa. Cambiar la extensión: menos actividad por la actividad misma y más campo, demostración, seguimiento, medición y registro de productores multiplicadores.
Además, se deberían revisar las actividades del SUL y el uso de sus escasos recursos técnicos, priorizando el valor colectivo y evitando tareas de interés particular o que pueda realizar el productor. Revisar también la gobernanza para que el interés general esté por encima de intereses particulares y el Estado tenga verdadera capacidad estratégica.
Gianni Bianchi Olascoaga es consultor en producción ovina, ingeniero agrónomo con maestría y doctorado en Calidad de Carne.