El Estado se dedica al negocio de la protección, dice Charles Tilly en Guerra y construcción del estado como crimen organizado (1985). Protege el territorio de los enemigos externos, se protege de los enemigos internos y administra protecciones selectivas que distribuye a sus amigos, internacionales y nacionales. La protección es un negocio puesto que se presenta como una mercancía y, por lo tanto, está sujeta a las reglas de la transacción en un mercado fáctico y simbólico. Por la protección se intercambia confianza y credibilidad a quien la brinda, pero también votos, ingresos y financiamientos.
Ahora bien, la protección está en disputa, tiene competencia, entre quienes se presentan capaces de administrarla. Esta disputa puede ser entre actores legales, pero también contra organizaciones ilegalizadas. Ejemplo de ello es el gobierno de las pandillas en Haití o las relativas gobernanzas criminales que tienen algunos territorios de América Latina.
En este cuadro, siguiendo a Benjamín Lessing en Making Peace in Drug Wars: Crackdowns and Cartels in Latin America (2018), el Estado enfrenta a quienes le disputan el control de la protección de dos formas ideales distintas, aunque pueden sucederse en el tiempo: ofensivas condicionales u ofensivas incondicionales.
La primera se basa en el enforcement medido, aunque poderoso. Es la capacidad real de hacer cumplir la ley y la capacidad de jugar con las creencias espectrales de los otros sobre las verdaderas capacidades estatales para hacer cumplir la ley. En esta forma ideal, el Estado ejerce una violencia progresiva y siempre guarda un margen de su potencia, real y simbólica, para el futuro.
Cuando la forma condicional de la ofensiva no tiene resultados positivos -generalmente por falencias musculares de las burocracias judiciales y policiales, y de la dirección política-, se sientan las condiciones de posibilidad y las demandas de la forma incondicional de la ofensiva. En esta la potencia estatal es total, una reacción desmedida, de aceleración de 0 a 100km/h. La ofensiva incondicional tiene grandes chances de fracasar en los regímenes democráticos puesto que se proponen objetivos absolutos imposibles de concretar en el derecho garantista. A su vez, como los gobiernos democráticos no cumplen con las expectativas máximas (eliminaciones: delincuentes, organizaciones criminales, etc.), se pierde credibilidad y confianza en la autoridad y en la forma de administrar protección. Las (no tan) nuevas derechas proponen una salida chantajista a este bucle. Veamos.
Las ofensivas incondicionales pueden leerse a partir de lo que David Garland llamó “criminología del otro peligroso” en su obra La cultura del control. Crimen y orden social en la sociedad contemporánea (2001). Esta corriente es una forma antimoderna de seguridad que reacciona frente a las políticas liberales del welfarismo penal basadas en la integración social y el correccionalismo del comportamiento. El saber de los otros peligrosos hace eco de la cultura de la guerra imprimiendo el vocabulario del management y la auditoría en sustitución del lenguaje social. Esta corriente neoconservadora es expresiva y pragmática, pero no pierde de vista el razonamiento económico de la política a corto plazo. Los voceros de la criminología del otro peligroso insisten en que los problemas de seguridad han radicado en la falta de coraje moral por parte de los profesionales de las élites liberales y las ideas sociológicas.
Esto resuena un cuarto de siglo después en Uruguay. En la interpelación al ministro del Interior Carlos Negro del 9 de abril, el senador Pedro Bordaberry criticaba las políticas de seguridad de los gobiernos frenteamplistas por sus características marxistas y sociológicas.1 Tal afirmación evidencia un desconocimiento básico acerca de la sociología como ciencia social y sobre cuáles son y qué proponen las corrientes marxistas sobre la seguridad pública que, de paso aprovecho a decir, lejísimos han estado de aplicarse en el país.
Pero este no es el único caso, otros legisladores y figuras mediáticas de la política uruguaya, que se dicen demócratas y republicanos, atacan a la academia, la ciencia e inventan evidencias, al mismo tiempo que coquetean con modelos de seguridad autoritarios que dicen querer replicar (en todo o en parte).
Cruzando el charco, Sabina Frederic, ministra de Seguridad de la Nación Argentina entre los años 2019 y 2021, cuenta en su libro Lo que el progresismo no ve (cuando aborda la seguridad) (2024) que por ser mujer y antropóloga se enfrentó continuamente al prejuicio que exigía la dureza como condición necesaria para ejercer autoridad. Ello no se le cuestionó a Patricia Bullrich ya que aplicaba la performance exigida. El gobierno de la seguridad es profundamente anti intelectual, además de machirulo, y las inclinaciones por la ofensiva incondicional aclamadas por las nuevas derechas lo pueden explicar.
Las ofensivas incondicionales son de distinto tipo y grado. Su extremo pueden ser los regímenes totalitarios del siglo pasado, revisados en anteriores columnas. En la actualidad, en el extremo se identifica a lo que describe Sayak Valencia en Capitalismo gore. Control económico, violencia y narcopoder (2016). La violencia gore es la espectacularización de la crueldad, la insensibilidad cultural sobre lo anormal, lo delictivo y la enemistad. Esta violencia produce contenidos desrealizados en función de satisfacer una demanda colérica que se entretiene y se divierte con la muerte, la crueldad y el sufrimiento.
En el documental Naza, los testimonios de varios de los militares israelíes oscilan entre, por un lado, la inmersión completa del funcionario de la burocracia que cumple con los objetivos de la misión sin cuestionamiento, descritos por Max Weber y luego por Hannah Arendt, y, por otro, el entretenimiento de la muerte como si fuera un videojuego (sic).
Para el goce de la violencia resulta clave la elección de la víctima adecuada de la lista de sospechosos habituales, víctimas que no hegemonizan el sufrimiento, como describe Slavoj Žižek en Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales (2008). A medida que la dolorización va del otro al antagonista y del antagonista al enemigo absoluto, el consumidor de la violencia gore se siente más atraído por la espectacularización de la violencia.
La sobreexposición a la violencia va neutralizando nuestro sentido del horror. Lo que se nombra existe y el crecimiento exponencial de lo nombrado, su repetición hasta el cansancio, alcanza el punto de saturación cuando se invisibiliza e insensibiliza al consumidor, cuando nos resignamos. La espectacularización, la desrealización y la sobreexposición de la violencia logra su cometido cuando se legitima la acción represiva del Estado con irrespeto de las garantías del derecho sustantivo e internacional y, lo que es más importante aún, con violación al respeto de la condición humana. La cruzada internacional contra el llamado “narcoterrorismo” es un ejemplo de todo esto. Esto no quiere decir que los grupos delictivos dedicados al mercado de las drogas ilegalizadas no existan y no produzcan dolor y muerte, sino que se repara en el giro narrativo de lo nombrado. Por su nombre se despliegan un conjunto de medidas que los tratan como vidas desnudas de protección del Estado de derecho: presunción de inocencia, aplicación del debido proceso y el resto de las garantías. La administración de etiquetas no es un asunto para minimizar. Aun cuando los membretes sean ficticios, no se puede desconocer que arrastran consecuencias reales. Ello recuerda a la profecía autocumplida de Robert Merton y al teorema de Thomas: si los hombres definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias.
El trasfondo estructural de lo dicho hasta aquí es espeluznante de plantearlo. La ofensiva incondicional, comprendiendo sus niveles de desmesura, toma como insumo a explotar el vínculo estrecho entre el consumidor y los contenidos de la violencia. Esto es evidente cuando se pone una pausa analítica sobre el mercado cultural de la violencia que nos atraviesa (noticieros, películas series, libros, podcast, videojuegos, deportes, apuestas y un largo etcétera) y el lenguaje cotidiano que utilizamos (por ejemplo: lo “narco” como prefijo y sustantivo hasta el hartazgo que tanto repiten académicos, periodistas, políticos y otro largo etcétera de actores a pesar de su imprecisión y su efecto aspiracional en una parte de la sociedad). La violencia está introyectada en los cuerpos, dice Valencia. Si la consumimos pacíficamente en la cultura, qué podemos esperar en la realpolitik. El propio cuerpo pide su consumo porque la violencia se integra a nuestros gustos y demandas, el mercado sabe hacerlo consumible y de ello depende nuestro deseo de integración. Nos infotoxicamos con guerras que consumimos en vivo por medios de comunicación de cualquier parte del mundo, mientras varios siglos atrás Homero escribía poemas sobre la épica grecolatina con hazañas bélicas para los pocos que sabían leer.
Entonces, ¿cómo esperar que un conjunto amplio de la humanidad no le dé la bienvenida a la violencia? Esto podría explicar, en parte, las actitudes autoritarias de una parte considerable de los uruguayos, como lo dejó en evidencia recientemente el Latinobarómetro: 45% está de acuerdo con que “no le importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si resuelve los problemas”; 67% está de acuerdo con que “un poco de mano dura del gobierno no viene mal al país”. En este panorama, las (no tan) nuevas derechas hacen algo muy bien: gestionan el cólera de la sociedad en un contexto donde, los gobiernos progresistas, en el marco de regímenes democráticos y republicanos, no han ofrecido un modelo de seguridad pública alternativo medianamente exitoso.
Las (no tan) nuevas derechas hacen algo muy bien: gestionan el cólera de la sociedad en un contexto donde, los gobiernos progresistas no han ofrecido un modelo de seguridad pública alternativo medianamente exitoso.
Frente al trampantojo descrito en los párrafos anteriores, podríamos considerar pensar la salida esgrimida por Žižek de modo de imaginar las promesas que están por venir. El filósofo esloveno propone aprender a distanciarse del señuelo fascinante que produce la violencia visible y captar el trasfondo de esa violencia. De manera menos elegante, se trata de capturar las consecuencias no observadas de la violencia fascinante y los mecanismos que la hacen posible, antes de orientar los focos de luz sobre los sujetos (Trump, Milei, los Bolsonaro, etc.) y sus arrebatos. Sostiene que el horror de los actos violentos y la empatía con las víctimas funcionan como un señuelo que nos impide pensar. Hay que ignorar el impacto traumático de la violencia para buscar una salida de resistencia adecuada. Propone otra vía de empatización con las víctimas del horror, un canal ni mejor ni peor, complementario a la reivindicación y la protesta motivada por la ira, que bien supieron utilizar las izquierdas del siglo pasado y que movilizan actualmente a las (no tan) nuevas derechas. La vía de Žižek pide tiempo, resiste a los resortes que claman actuar ahora. Lo hace porque la sensación de urgencia parte del mismo laberinto del que se busca salir, y a razón de que no hacer nada por ahora, en determinados contextos, puede ser mejor que hacer algo. La pasividad es amenazadora cuando significa no implicarse en el dédalo de violencia que nos viene dado como parte de las reglas de juego. Se pide tiempo para pensar y aprender, de modo de reorientar los caminos hacia promesas cumplibles para una política emancipadora, en oposición a estallidos movilizadores pero impotentes.
Gabriel Tenenbaum es profesor adjunto del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.
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Desde el minuto 51 se puede escuchar y ver lo dicho por Bordaberry. La respuesta de Carlos Negro está en la hora 4.09. Ver: https://www.youtube.com/watch?v=x7njEQQcy8w&t=346s. ↩
