Cuando concedí la entrevista que la diaria publicó el 21 de octubre, todo indicaba la derrota de Lula. Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal (PL) y de su coalición de extrema derecha, había ganado la primera vuelta con el 47,03 % de los votos válidos, frente al 45,16 %. El 24 de octubre, Quaest y Datafolha todavía le daban el 51 % en el balotaje. Desde 1989 nadie había dado vuelta una elección presidencial brasileña entre una vuelta y otra.
La primera vuelta fue un plebiscito sobre el tercer mandato de Lula, que fracasó al administrar el conflicto entre el rentismo y los derechos sociales, y Lula lo perdió. El balotaje fue un plebiscito sobre el carácter de los Bolsonaro, con Jair preso por intento de golpe de Estado y Flávio, neofascista, sumiso a Washington y admirador de Milei, prometiendo el regreso del clan.
La política le ganó a la matemática. Los votos de Caiado, Renan Santos y Zema, de derecha, llevaban a Flávio al 51,72 %. Aun con todos los votos de Augusto Cury, de la tercera vía, y la izquierda residual, Lula llegaría al 48,28%. Sin embargo, ganó 10,4 millones de votos entre las vueltas, 1,06 millones más que los de todos los candidatos eliminados juntos, según el Tribunal Superior Electoral.
Lo hizo posible la juventud, movida por el miedo a Flávio. Entiendo que cargó a Lula hasta el siglo XXI y desplazó a la coordinación burocrática de la campaña, formada en la política de los años 80: sindicato, mitin, horario electoral y decisiones desde arriba. Los jóvenes saben que los algoritmos premian lo inmediato y lo que parece espontáneo. El diputado André Janones lideró ese viraje, pese al perjuicio que Meta impuso al alcance de la campaña: su canal “Exército do Lula”, en WhatsApp, pasó de 50.000 miembros a más de 10 millones. Se sumaron páginas de fans de artistas pop y la hinchada Gaviões da Fiel, de Corinthians, que movilizó a otras barras. Así, la disputa llegó al grupo de WhatsApp de la familia, que la extrema derecha ocupaba sola.
Gracias a los jóvenes, que se impusieron a los dirigentes brasileños de izquierda y centroizquierda que, por más que hubieran sido electos en este siglo, todavía no habían hecho una campaña política propia del siglo XXI.
Las redes desembocaron en las calles y dejaron atrás a la coordinación. La campaña pasó de defender al gobierno a exponer los riesgos de Flávio para los derechos y la soberanía. Un millón de personas ocuparon la Avenida Paulista el 11 de octubre y más de un millón volvieron a llenarla el 24. Fue la presencia física la que redujo la abstención y los indecisos.
Dos afectos movieron al electorado. El principal fue el entusiasmo de los jóvenes progresistas por vencer al clan Bolsonaro. El segundo, el miedo: Quaest registraba que el 44 % temía más el regreso de los Bolsonaro, frente al 42 % que temía más la reelección de Lula. El entusiasmo organizó el miedo, y el miedo organizado se volvió voto, sobre todo entre los ancianos. Para los mayores de 70 el voto es facultativo, y su abstención había rondado el 50 %. Nietas y nietos, sobrinas y sobrinos fueron a buscarlos. La abstención cayó del 21,08 % al 19,22 %, la mayor caída entre vueltas, y Lula fue reelecto con el 51,79 %.
El 27 de octubre, tras la orden judicial de incautar su pasaporte, dictada en el marco de investigaciones penales que ya conocía todo el país, Flávio partió a Estados Unidos. Niega que sea una fuga. La prensa atribuye su organización al secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio; el gobierno de Donald Trump confirmó las visas y sus aliados anuncian un pedido de asilo. Quien pide el voto y dos días después de perder entrega su destino a un gobierno extranjero confirma que el miedo era un diagnóstico y que la soberanía brasileña estaba en riesgo. Todavía lo está, pero Brasil tendrá un presidente que debe gobernar mejor y que ha defendido Brasil, al Mercosur y a la unión latinoamericana. Gracias a los jóvenes, que se impusieron a los dirigentes brasileños de izquierda y centroizquierda que, por más que hubieran sido electos en este siglo, todavía no habían hecho una campaña política propia del siglo XXI.
Daniel Cara es profesor de la Universidad de São Paulo, coordinador honorario de la Campaña Nacional por el Derecho a la Educación y fue candidato al Senado por San Pablo en 2018 por el PSOL.
