Daniel Cara es profesor de la Universidad de Sao Paulo especializado en violencia en centros educativos y la semana pasada estuvo en Montevideo, donde fue parte de un conversatorio sobre el tema y participó de la Maestría en Liderazgo y Gestión Educativa de la Universidad Católica del Uruguay.
En el plano político, Cara fue candidato al senado por Sao Paulo en 2018 por el Partido Socialismo y Libertad, más conocido como PSOL, y en 2022 fue parte del equipo de transición para la instalación del gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva. En dicho gobierno, fue uno de los impulsores de un plan para enfrentar la violencia en las escuelas.
Entrevistado por la diaria, Cara habló de la implementación del programa, que encontró más posibilidades de articulación con el Ministerio de Justicia que con el de Educación. Además, se refirió a la militarización de escuelas en su país, política que se impulsó durante el gobierno de Jair Boslonaro, y lamentó que el el gobierno de Lula no se trabajó adecuadamente para erradicarlas. Como politólogo, también conectó el protagonismo de la extrema derecha en las situaciones de violencia y agresiones, que casi siempre tienen como víctimas a mujeres, con el proceso electoral que dejó a Flavio Bolsonaro como el candidato más votado en primera vuelta.
Siempre se dice que la violencia tiene muchas dimensiones a considerar, como lo socioeconómico, lo racial, el género o la diversidad sexual. ¿Cuál de todas estas dimensiones y otras posibles están en juego en el caso de Brasil?
En 2022 yo hacía parte del gobierno de transición, fui escogido por Lula. Ocurrió un ataque en una escuela y a partir de ahí empecé a investigar este tema. El tema clave es la misoginia, el odio contra las mujeres es lo principal. Lo que impulsa este odio es el extremismo, es un extremismo muy fuerte de derecha. En Brasil tenemos casos de violencia contra las mujeres en escuelas desde 1931. Eso no era una cosa que la sociedad debatía, era un dato incluso que no tenía fuerza en la sociedad. Incluso ahora tenemos una epidemia de femicidios en Brasil.
En segundo lugar, el racismo, que es estructural en Brasil. Es estructural en Latinoamérica, pero en Brasil es más fuerte. Es una sociedad que intenta dar una respuesta, pero nunca es suficiente. Para hablar un tema de fútbol, para nosotros es muy duro jugar contra equipos de Argentina y otros países que siempre nos dicen “macacos”. En estos países no hay leyes tan fuertes como las nuestras. Si bien tenemos leyes, no tienen la fuerza suficiente para terminar con este tipo de comportamiento.
En tercer lugar, la violencia de género contra la comunidad LGBTQIAPN+ [lesbianas, gays, bisexuales, trans, queer, intersexo, asexuales, pansexuales y no binarios], basada en el odio. Todos están articulados por el extremismo de derecha.
¿Puede decirse que el gobierno de Bolsonaro legitimó esas prácticas violentas y los discursos de odio contra esas comunidades?
No puedo ser irresponsable y decir que Bolsonaro y las personas de extrema derecha estimulan los ataques, eso no ocurre, pero ellos los legitiman por su comportamiento de odio. Cuando una autoridad pública permite una un discurso machista, racista, homofóbico, eso acaba legitimando al odio como una expresión de violencia. Y ellos hacen un proceso menos fuerte de prevención de esas situaciones y de su posterior investigación cuando ocurren.
Con la tendencia de que Flavio Bolsonaro puede ganar las elecciones se puede volver al crecimiento del fenómeno. Incluso ahora, de cara a la segunda ronda, se han dado incendios en universidades de Brasil. Tuvimos problemas en la Universidad de Pernambuco, en la Universidad de Alagoas, las universidades del nordeste tienen problemas en este momento. Es un momento muy difícil para Brasil.
¿Cómo se abordó el tema en el gobierno de Lula?
Después de la transición yo trabajé con el gobierno hasta 2023 para crear un programa de acción contra los ataques y la violencia en las escuelas. La primera acción fue trabajar con el Ministerio de Justicia, con la Policía Federal, articulando el trabajo con las policías civiles y militares de los estados para un trabajo de investigación y prevención en las plataformas sociales.
Antes el crimen era articulado por la deep web, que es la parte más bruta de internet, pero ahora cambió para las plataformas de uso general: X, TikTok Instagram, Discord, Snapchat. Las policías, articuladas por el Ministerio de Justicia, empezaron a hacer una investigación de las comunidades de odio, que se articulan por internet. Después trabajamos con las plataformas. Tuvimos acuerdos con Discord, TikTok, Meta -en este caso, más o menos-, Google, y eso también empezó a tener muchos resultados. Por último, trabajamos con el clima de la escuela, la gestión democrática y pacífica de los conflictos. Y eso tuvo un resultado muy grande, pero no acabó el proceso de ataques de las escuelas.
Ese proceso tiene una articulación internacional. Por ejemplo, ahora en Polonia ha habido muchos ataques. Estados Unidos siempre tiene el liderazgo de este problema. Pero nuestras comunidades de odio están en contacto con las comunidades de odio de Estados Unidos, hacen combinaciones sobre ataques, comparten la información, utilizan la Wikipedia para propagar los ataques y también trabajamos junto a Wikipedia en Brasil. Es un problema estructural que representa una expresión de odio contra la sociedad y contra la institución educativa que es el presente y el futuro.
¿Cómo es la articulación entre las instituciones educativas y, por ejemplo, la policía o el Ministerio de Justicia?
Tuvimos facilidad para la aproximación del Ministerio de Justicia con el presidente, porque Lula hizo parte de este proceso, lo tomó como parte de la agenda de su mandato, y el Ministerio de Educación trabajó también de forma articulada. Al inicio conseguimos hacer una articulación de todos los ministerios, pero con Justicia funcionó más que con Educación. Eso se da por un motivo terrible: el Ministerio de Educación no lo consideraba un tema tan traumático e intentaba bajar su importancia para no tener que enfrentarlo.
El problema es que Brasil es un país federativo, tenemos 26 estados, Distrito Federal y 5.580 municipios. Todos, en términos federativos, tienen poderes y responsabilidades propias. Entonces, la articulación es muy difícil, pero en términos de justicia, de seguridad, en términos de investigación, vamos bien. En términos de educación tenemos que avanzar más, porque la articulación es muy difícil.
¿Los sistemas educativos de cada Estado aplicaron estas medidas de forma uniforme?
Lo que ocurre es que las municipalidades y los gobiernos de algunos estados muchas veces están en contra de decir que la misoginia, por ejemplo, es un problema. Que el odio contra las mujeres es movilizador de una violencia contra la escuela y todas las personas de la escuela. En general, los heridos y los muertos son mujeres. Es una cosa muy clara.
Las investigaciones transcurren con secreto de justicia, pero lo que no es secreto es que los perpetradores, que son los atacantes, buscan atacar mujeres. Y algunos gobiernos dicen que eso no es un problema clave. Es distinto a Uruguay, porque creo que ustedes tienen una sociedad más democrática. Brasil, igual que Argentina o Estados Unidos, están en un momento en el que lo evidente es negado o contradecido.
En términos de justicia, la extrema derecha no hace un bloque contra el combate a la misoginia, por ejemplo, por toda la estructura de leyes, el Código Penal y leyes contra la violencia. Las estructuras policiales son obligadas a actuar y lo están haciendo. Pero en términos educativos estamos mucho más atrasados. Es donde empezó el diagnóstico, pero no conseguimos aún implementar las medidas con la fuerza necesaria.
En Uruguay iglesia y Estado están separados, ¿cómo es la situación de la laicidad en Brasil y cómo ello incide en esa dificultad para tomar medidas?
Brasil nunca tuvo laicidad, en verdad. En nuestro Congreso Nacional, por ejemplo, las sesiones son abiertas con una salvación a dios. Yo soy católico, pero eso para mí es terrible. El Estado tiene que ser laico de verdad.
En Brasil los católicos son fuertes aún, pero los evangélicos son muy fuertes. En términos reales, la cuestión educativa nunca fue laica en Brasil. Es una perspectiva que decimos que tiene que ser, las leyes incluso hablan del deber ser, pero nuestro Congreso Nacional empieza y finaliza todas las sesiones hablando de dios.
Uruguay es más laico que Brasil. En términos políticos en Sudamérica están en una posición más desarrollada: consiguieron hacer una sociedad de clase media, enfrentaron las crisis y la cuestión política es más civilizada que en Brasil.
La militarización de algunas escuelas surgió durante el gobierno de Bolsonaro y generó preocupación en muchos actores. ¿Qué pasó con ese proceso en el gobierno de Lula?
En este momento con mi grupo de investigación llegamos a 1.800 escuelas militares. Eso parece mucho, pero Brasil tiene 185.000 escuelas. El problema de las escuelas que llamamos militarizadas es que no quieren educar, el objetivo es someter a los jóvenes. Dicen que la pedagogía no es tan eficiente como el autoritarismo militar. En general, estas escuelas son localizadas en regiones con mucha desigualdad y mucha violencia.
El objetivo es intimidar a los jóvenes, ponerlos en una situación de autoritarismo y de orden que sea sumisa a las desigualdades de Brasil. Cuando la población mira a la escuela militar ve a su hijo que no tiene un uniforme militar, con el pelo cortado, con una postura firme, porque eso es enseñado en una escuela militarizada, y mucho respeto a las órdenes. Las escuelas militares reciben mucha plata.
¿Son privadas o hay alguna pública?
Hay privadas también, pero en general son públicas, y lo que ocurre es que la secretaría de educación del municipio o del Estado pasa la administración de lo cotidiano -no la administración pedagógica, que continúa con maestros de la red pública-, la administración del espacio, de la disciplina, para los militares. Pero en verdad eso es pasar todo.
Por ejemplo, tuvimos un caso -de muchos- de un joven que tenía el pelo con estilo black power, que es muy fuerte para los jóvenes en Brasil, y fue obligado a raparse. Se dio un proceso de persecución y fue víctima de violencia física. Con el tiempo, las escuelas militares pierden mucho apoyo, pero al inicio, la población, las madres y padres, quieren eso.
¿Cómo se explica que esas escuelas se hayan mantenido durante el gobierno de Lula?
Yo hablé con integrantes del gobierno de manera muy dura, porque lo que ocurrió es que Bolsonaro tuvo un programa nacional para impulsar las escuelas militares. Cuando Lula asumió, como recomendación de la transición cerró el programa, una cosa que ocurrió muy rápido. Pero no hizo nada para inducir a los estados a cerrar este programa. Incluso, en el estado de Bahía, que gobierna el Partido de los Trabajadores, el partido de Lula, hay un programa que estimula la militarización de escuelas. Eso es una cosa muy loca, porque en términos políticos está alimentando a la extrema derecha.
Hay una especulación electoral. Algunos electores creen que es bueno, entonces, los políticos no piensan y buscan aquello que garantiza votos, también en la izquierda.
¿Cómo analizás esto que hablamos en vínculo con los resultados electorales de la primera vuelta de las elecciones?
La elección en 2022 fue una elección contra Bolsonaro. La mayor parte de la población, pero por una distancia muy pequeña -3 millones de votos para nosotros es 0,9%- optó por Lula contra Bolsonaro. Y solamente Lula le ganaba a Bolsonaro. Tenemos que asumir que Bolsonaro es un líder carismático para la mitad de la población. Y Lula es un líder carismático para la otra mitad.
De la misma forma, esta elección es contra o a favor de Lula. Lo que ocurrió es que el gobierno tuvo una política económica muy débil, que no fue capaz de garantizar mejorías en términos de la calidad de vida, de renta. Creo que es lo mismo que ocurre ahora con el Frente Amplio acá, que está con dificultades en términos de aprobación.
El mundo cambió y las políticas del pasado no tienen el mismo efecto para las personas. En paralelo, el gobierno no hizo nada contra el endeudamiento de la población. Nosotros tuvimos una enfermedad en Brasil que fueron las apuestas. Lula hizo algo más fuerte en el proceso electoral. Las familias apoyan, pero se preguntan por qué no lo hizo antes.
El problema es que se hizo mucho, pero no hizo nada verdaderamente nuevo y nada de lo que ocurrió fue suficiente para mantener la mitad más uno. Flavio está creciendo y es verdad lo del apoyo del trumpismo y una desestabilización [a la campaña de Lula] por las redes sociales, especialmente de Meta, en favor de Flavio. Es muy claro que hay una influencia de Estados Unidos en las elecciones en Brasil.
Lula no hizo un gobierno brillante, su equipo es muy pobre, comparado con los gobiernos anteriores. Las soluciones son las mismas desde 2003, no se actualizó y no se comprendió la complejidad de la sociedad. La extrema derecha es muy fuerte, la izquierda en algunos sitios acaba haciendo políticas de extrema derecha. Es claro que va a tener un problema. Y está la influencia de Estados Unidos. Entonces, podemos ganar por la mitad más uno, pero también corremos el riesgo de perder por la mitad menos uno.
¿Al progresismo y a la izquierda le falta renovar su agenda de gobierno?
Lula entró a la política de Brasil en 1980. Yo soy hijo de eso. Entonces, mi cabeza, la cabeza de Lula y la de todos los progresistas es del siglo XX. Eso es un problema, somos extemporáneos. Lula es muy grande, es la mayor biografía política de Brasil. Yo creo que es el segundo mejor presidente de Brasil después de Getúlio Vargas, en términos de estructuración del Estado y desarrollo económico.
Lula es un hombre del siglo XX y nosotros estamos fuera de época, eso tiene que cambiar, en verdad no comprendemos mucho. Si Lula viene acá y habla con nosotros, no quedamos apasionados por su discurso. Es un lider carismático como [José] Mujica o [Nelson] Mandela, pero en términos de redes sociales, si alguien mira un vídeo de Lula piensa: no es de esta época, es del pasado.
Es un gran líder, yo estoy haciendo campaña, pero tenemos que entrar al siglo XXI. Lula gobernó en el siglo XXI, pero fue una extensión del siglo XX, hasta 2010. Después Dilma tuvo problemas, es una mujer extremadamente honesta, comprometida, pero no supo organizar el gobierno. Lula ganó porque era contra Bolsonaro y era Lula, y ahora es posible que pierda, porque Bolsonaro fue el gran vencedor de esta elección. Consiguió mayoría en el senado, en diputados y, aunque su hijo gane o pierda -lo más probable es que gane-, va a tener un apoyo absurdo de gobernadores, alcaldes, diputados y senadores.
Más que agenda, nosotros tenemos que entrar en el siglo XXI y comprenderlo.
