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Las ambigüedades de la demanda de ruptura entre los franceses

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“Los franceses parecen cada vez más impregnados de sentimientos que los predisponen a un vuelco populista, pero este no es tampoco ineludible”, analiza desde París el politólogo Brice Teinturier, a partir de una encuesta electoral francesa publicada el 13 de setiembre por el diario Le Monde. Los politólogos explican que un vuelco populista surge cuando ciertos factores críticos se conjugan en el presente: la sensación del pueblo de no estar bien representado y la atribución de responsabilidad por esto a las sucesivas élites políticas. De este modo, como último recurso, algunos se inclinan entonces por soluciones extremas que nunca antes habían probado. La tentación de la novedad puede explicar la fuerte demanda de transformación política en un contexto de polarización. El presidente de Argentina desde 2023, Javier Milei, ilustra esta percepción.

El populismo tiene como denominador común, más allá del discurso antielitista, el de preconizar el llamado directo al pueblo en detrimento de los cuerpos intermedios (asociaciones, sindicatos, colegios profesionales, etcétera), un soberanismo de tendencia nacionalista y, finalmente, entra en tensión con el Estado de derecho, ya que la soberanía popular no debería sufrir ningún límite institucional. La retórica denunciadora del “gobierno de los jueces” alcanza así su apogeo, siendo el “todos son unos corruptos” su cúspide.

Según la encuesta mencionada, Francia marcaría numerosas casillas que la predispondrían a un vuelco populista. Así, el 74% de los encuestados considera que la situación del país se deteriorará en los próximos meses, un juicio que ha aumentado 29 puntos respecto de hace cinco años. Para caracterizar su estado de ánimo, el 91% de los encuestados cita al menos un pensamiento negativo y el 68% cita únicamente sentimientos negativos: inquietud, incertidumbre, cansancio, ira, indignación, angustia, depresión. Todos ellos, además, están en fuerte progresión respecto de 2021 y 2024, y se mide aquí hasta qué punto la impresión de un país paralizado, especialmente desde la disolución de la Asamblea Nacional por parte de Emmanuel Macron en junio de 2024, ha tenido un efecto nocivo.

Por último, el 78% afirma que “los responsables políticos han llevado al país a la bancarrota” y el 77% que “el pueblo no está bien representado en la Asamblea Nacional”. La consecuencia lógica es que nunca la demanda de radicalidad y de ruptura había sido tan fuerte: el 71% de los encuestados espera de la elección presidencial “un verdadero cambio político y social”, un resultado que ha aumentado 20 puntos en relación con 2021.

Si bien vivimos un período de repolitización e indignación moral intensas, esto es totalmente incapaz de traducirse en cambios estructurales o victorias duraderas, por falta de organizaciones colectivas sólidas.

Esta demanda de ruptura, más que de simple “cambio” –elemento de lenguaje clásico de toda comunicación política electoral–, se verifica también en el deseo de transformación de la sociedad francesa actual: el 26% considera que hay que transformarla “radicalmente”, lo que supone un aumento de 10 puntos respecto de 2023, y el 54% “en profundidad”, con, también aquí, una evolución de 11 puntos. Hoy, quienes desean “ajustarla en algunos aspectos pero sin tocar lo esencial” (19%) o “dejarla en su estado actual” (1%) representan solo el 20%, frente al 41% en 2023. Por último, el 48% (11 puntos más respecto de abril de 2026) considera que “no hay suficientes ideas y comportamientos radicales que permitan encontrar nuevas vías para hacer avanzar las cosas” frente al 52% que piensa lo contrario.

En estas condiciones, ¿está el vuelco populista y radical definitivamente inscrito en la evolución de las percepciones y expectativas de los franceses? Por un lado, la demanda de radicalidad, ciertamente en aumento, está lejos de ser siempre mayoritaria, incluso en un país tan inquieto como Francia. Por otro lado, si bien Marine Le Pen oscila entre el 33% y el 35% de las intenciones de voto en la encuesta mencionada, su futuro político permanece en suspenso en cuanto a su inelegibilidad, debido a un fallo pendiente de la Corte de Casación que se espera antes de la fecha de la elección presidencial de 2027.

Según Brice Teinturier: “Si bien una cultura populista impregna cada vez más al país, un vuelco no parece ineludible. Esta impregnación obliga, no obstante, a los candidatos tradicionales a proponer medidas radicales para no ser arrasados, y algunos no se privan de hacerlo. Lo cual alimenta a su vez la banalización del populismo en Francia y debilita a los partidarios de la democracia representativa tradicional”. Aquí resuena la tesis del historiador belga Anton Jäger en su reciente libro Hyperpolítique, que se basa en una paradoja contemporánea: si bien vivimos un período de repolitización e indignación moral intensas, esto es totalmente incapaz de traducirse en cambios estructurales o victorias duraderas, por falta de organizaciones colectivas sólidas. Jäger resume esta era como una “politización extrema, pero sin los marcos de la política”.

Alain Garay es abogado de la Corte de París.

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