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Opinión Posturas

Elecciones en Brasil: no alcanza con tener buenas respuestas, hacen falta nuevas preguntas

“Yo he preferido hablar de cosas imposibles / porque de lo posible se sabe demasiado”. Resumen de noticias, Silvio Rodríguez.

El domingo, Brasil vivió el primer tramo de su proceso eleccionario. Todos sabemos que estas elecciones eran trascendentes no solamente para el país vecino, sino para la región, el continente y el tablero geopolítico mundial. La segunda vuelta estaba dentro de los escenarios previstos, pero la ventaja de Flávio Bolsonaro convirtió una elección, que se anticipaba ajustada, en una verdadera cuesta arriba para el oficialismo.

En las últimas elecciones, 5.498 municipios corrieron sus votos hacia Flávio Bolsonaro y solo 55 hacia Lula. A menor tamaño del municipio, mayor es el caudal de votos perdidos por Lula. Por otra parte, la votación a favor de Lula en el nordeste no logró compensar lo que perdió en el sur y sudeste del país.

El 25 de octubre se terminará de sellar el destino de los próximos cuatro años para Brasil y ese resultado será determinante en dos sentidos potencialmente contrarios: o bien Brasil será un ladrillo más para la consolidación de las derechas y ultraderechas a lo largo y ancho del continente americano o, por el contrario, será, junto con México y Uruguay, un alero para la resistencia a las embestidas más reaccionarias y el reducto para el desarrollo de políticas con sensibilidad social –todo dentro de los márgenes de un capitalismo abrumador–. La decisión del pueblo brasileño y los resultados de las elecciones en Estados Unidos terminarán de configurar las esperanzas de unos y el desasosiego de otros.

Parece una obviedad, pero deberíamos detenernos en el hecho de que las personas votan desde el marco que les proporciona la manera en que viven y experimentan la realidad, en la que transcurre su biografía. Sus decisiones también se construyen en los vínculos, a veces menos perceptibles, donde encuentran reconocimiento, explicaciones simples y algún margen para imaginar algo mejor. Este razonamiento, por muy elemental que parezca, permite buscar razones, comprender y escudriñar los comportamientos, el repertorio de elecciones y los pactos morales que los seres humanos estamos dispuestos a establecer para la vida en común. Lo posible y lo deseable se cimentan en el conjunto de creencias y valoraciones compartidas.

Por estos días se volvieron a presentar los datos del Latinobarómetro. Esta encuesta, que se despliega en una multiplicidad de países, recoge, entre otros asuntos, datos sobre las valoraciones de la ciudadanía respecto de distintos aspectos de la vida política y social. Más allá de gustos o disgustos, el Latinobarómetro tiene la cualidad de la comparabilidad entre países y de los países en su propio devenir. En el caso de Uruguay, el último informe arroja que, en cuanto a la preferencia entre regímenes políticos, el 60% de las personas encuestadas se inclina por la democracia como forma de organización política, mientras que el 13% dice preferir un régimen autoritario y otro 17% se decanta por un régimen con algún componente autoritario en caso de que “se justificara”. La valoración de la democracia por parte de los uruguayos y uruguayas sigue siendo alta en comparación con las valoraciones en otros países; sin embargo, el dato está deteriorándose en relación con mediciones anteriores. La inclinación hacia valores autoritarios no nace de un repollo, sino que se despliega en una superposición de crisis de distinta naturaleza, que configuran una experiencia histórica singular.

La crudeza cotidiana –esa que alcanzamos a conocer y que apenas constituye una pequeña porción de todo aquello que ignoramos– parece instalarse como un horizonte permanente de la experiencia social. Los datos disponibles dibujan un panorama difícil de eludir. La concentración extrema de la riqueza, el agravamiento de las desigualdades, la profundización de la crisis ecológica, la expansión de los conflictos bélicos, los desplazamientos forzados de millones de personas y la creciente vulnerabilidad de amplios sectores de la población mundial conforman un escenario que interpela directamente la posibilidad de torcer un destino ya escrito.

No se trata simplemente de una acumulación de problemas. Lo que parece configurarse es una experiencia histórica particular del presente. Las desigualdades materiales se articulan con desigualdades de género, de raza y de exposición diferencial a las consecuencias del cambio climático. Las guerras dejan de aparecer como acontecimientos excepcionales para convertirse en una presencia persistente. Los desplazamientos humanos alcanzan cifras sin precedentes. La crisis ambiental deja de anunciarse como una amenaza futura para instalarse como una experiencia cotidiana. La humanidad parece enfrentarse, simultáneamente, a límites ecológicos, económicos, políticos y culturales que modifican profundamente las maneras de experimentar el tiempo histórico.

Lo que caracteriza a nuestro tiempo no es únicamente la presencia de numerosas crisis, sino la manera en que ellas terminan componiendo una experiencia común del presente y cómo esas condiciones estructurales de existencia se vuelven vivencia concreta y adquieren un determinado significado político. Hay un espacio de las mediaciones, donde lo macro se vuelve micro, que necesitamos conocer y comprender. Por ejemplo, cómo en apariencia una misma incertidumbre se encarna en demandas y reclamos distintos, y produce distintos responsables de los problemas de la vida cotidiana.

La política, que a todas luces sigue siendo la mejor herramienta para salvaguardar la vida en común, necesita entender los comportamientos públicos de los sujetos —también los electorales— y para eso necesita hacerse otras preguntas.

Frente a esta realidad que abruma, tenemos que preguntarnos cuál es el diferencial de la política y cuál es en concreto el diferencial de una política a contramano de las tendencias reaccionarias, conservadoras y opresivas para la mayoría. Hay una porción de la vida de las personas con la que la política en el sentido tradicional no está pudiendo dialogar, no solamente por impotencia y por falta de imaginación, sino porque la gestión de la agenda anímica está en manos de las grandes corporaciones. El desborde de información con un alto porcentaje de información falsa –mejor dicho, tergiversada intencionalmente– coloca a los sujetos en un plano de impotencia e incertidumbre que debilita las posibilidades de elaborar respuestas compartidas.

Hoy es el tiempo de las implosiones. El malestar consume la vida social sin articularse como fuerza colectiva de transformación. Pero los seres humanos seguimos necesitando creer, depositar confianza en algo y en alguien, seguimos necesitando darles sentido a nuestras decisiones, nuestros sacrificios y nuestros deseos. Las promesas electorales no alcanzan porque lo que falta son promesas existenciales. En definitiva, algo que dé indicios de que nuestra vida no se va a consumir administrando sufrimiento.

Volviendo a Brasil, si atendemos los datos que mencionamos sobre las votaciones en los municipios, Lula y su equipo deberían estudiar las razones que han debilitado los vínculos territoriales con la fuerza política del Partido de los Trabajadores (PT), y también cuáles fueron las razones que fortalecieron la relación entre el conservadurismo y esos lugares concretos. Del mismo modo, hay que entender que la proximidad pierde espesor y verosimilitud cuando solo se convierte en una técnica de campaña, porque la confianza necesita experiencias de reciprocidad y de construcción sostenidas en el tiempo.

Todo indica que, a contrapelo de esa idea transnacional y global, la política debería prestarle una atención particularmente seria a la ecuación de las emociones. Estos aspectos inciden cada vez más en el menú de virtudes —no solamente de valores— que una sociedad decide promover o hipotecar. Si bien esas emociones se juegan en el terreno digital y del big data, también ocurren en el encuentro mano a mano y en lo poco o mucho que en cada lugar quede de comunidad. Eso lo saben de sobra las multinacionales del marketing político, los gestores de bots y los patrocinadores de candidatos que rompen los márgenes establecidos que, además, suelen ser las figuras nuevas que desafían a los liderazgos tradicionales por derecha, que es donde ahora anida la audacia.

Pero también lo saben las iglesias, sobre todo, como en el caso de Brasil, las iglesias evangélicas pentecostales, que no solo proveen liderazgos carismáticos, sistemas de creencias sólidos y promesas de futuro exitoso, donde, en apariencia, nadie vive a costa de nadie, sino que están en el mano a mano, sosteniendo sufrimientos e incertidumbres de forma cotidiana, aun cuando esto no sea en un marco de relaciones horizontales o democráticas. Mientras tanto, los partidos políticos progresistas y de izquierda parecen incómodos en lugares y narrativas que antes les eran propios y propicios.

La política, que a todas luces sigue siendo la mejor herramienta para salvaguardar la vida en común, necesita entender los comportamientos públicos de los sujetos —también los electorales— y para eso necesita hacerse otras preguntas. En vez de subestimar o desdeñar las decisiones de los votantes, parece imprescindible volver a pensar sobre lo que todavía nos distingue como especie y plantear una ética anclada en la interdependencia entre los seres humanos y de estos con la naturaleza. Un revés en toda regla que ponga en jaque las lecciones recibidas y repetidas hasta el cansancio. De lo contrario, seguiremos preguntándonos por qué la ciudadanía no parece apreciar las diferencias entre políticas que promueven la concentración de la riqueza y políticas con sensibilidad social. Y así podríamos seguir afinando las respuestas sin ir a las entrañas del asunto.

Hay indicios para pensar que hay que cambiar las preguntas. Si los datos de desempeño de los gobiernos de distinto signo político y de radical diferencia ideológica no son suficientes para renovar la confianza política, ¿no deberíamos preguntarnos dónde pueden encontrarse las diferencias? ¿No deberíamos pensar que frente a lo inmenso, inconmensurable e impersonal quizás sea hora de volver a lo próximo y lo pequeño, no necesariamente simple, que busque subvertir un destino, en apariencia, obturado? ¿No sería deseable que la política aspirara a ser algo más que consuelo? ¿No será hora de que empecemos a hablar de otras cosas porque de lo posible ya sabemos demasiado?

Angélica Vitale Parra es socióloga.