El resultado de las elecciones brasileñas del domingo pasado ha dado mucho que hablar en Uruguay. Es lógico, porque Brasil es el país más poderoso del Mercosur y de América Latina, y porque la orientación ideológica de su actual gobierno, hoy jaqueado por el avance opositor, es la más cercana a la del oficialismo uruguayo en una región con creciente peso de corrientes derechistas y ultraderechistas, alineadas con el presidente estadounidense Donald Trump.
Fue muy exitoso el desempeño de las fuerzas que apoyan a Flávio Bolsonaro, quien quedó ubicado como favorito para la segunda vuelta por la presidencia con el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva. Aun si este lograra la hazaña de ser reelecto el 25 de este mes, su margen de maniobra quedaría muy acotado. Además de consternarnos por el futuro de la población brasileña, debemos prever los posibles efectos en nuestro país.
Es muy poco probable que las relaciones comerciales con Brasil cambien, o que las de Uruguay con otros países mejoren si el Mercosur se debilita. En el mundo actual no hay grandes oportunidades para nuestro país obstaculizadas por el bloque regional o por el gobierno brasileño. Si Argentina y Brasil coincidieran en la voluntad de dejar sin efecto normas del Mercosur, disminuiría la capacidad de negociación internacional de Uruguay, por la escasa relevancia de nuestro mercado interno y nuestros recursos estratégicos.
Probablemente, deberíamos volver a la estrategia pendular entre nuestros grandes vecinos, cuyos históricos conflictos de intereses no van a desaparecer, y estaríamos más lejos de una integración productiva que potencie las capacidades locales.
Por una parte, si se extendiera a Uruguay el predominio regional de orientaciones derechistas, favorables al aumento de la desigualdad social, decrecerían nuestras posibilidades de lograr un salto cualitativo en términos económicos y de desarrollo humano.
Por otra parte, si el próximo gobierno brasileño cediera a las presiones de Trump en materia de recepción de personas deportadas, ruptura con la Corte Penal Internacional o apoyo al actual gobierno israelí, a Uruguay le sería más difícil resistir esas presiones. De todos modos, resulta fundamental comprender que doblegarnos no tendría contrapartidas beneficiosas relevantes, sino que devaluaría nuestra posición internacional.
Un riesgo especialmente grave tiene que ver con la estrategia estadounidense de control militar hemisférico, invocando la excusa de un presunto “terrorismo” en el que incluye a las fuerzas de izquierda. Los antecedentes golpistas del clan Bolsonaro y del propio Trump, de cuya voluntad intervencionista no caben dudas, aumentan las alertas en este sentido.
Sea cual fuere el resultado de las elecciones brasileñas, todo lo antedicho depende en buena medida de las que se realizarán en Estados Unidos el 3 de noviembre. En ellas puede verse impulsada o frenada la capacidad de Trump para postergar el ocaso del imperio estadounidense. En cualquier caso, las tareas de construcción democrática en Uruguay y en nuestra región serán las mismas, y a ellas tendremos que dedicarnos con más o menos vientos en contra.
