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Las espadas de Damocles

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Damocles era un cortesano adulador en la corte de Dionisio I, tirano de Siracusa en el siglo IV a. C., y no dejaba de alabar al rey, afirmando que su vida rodeada de riquezas, banquetes y lujos lo convertía en el hombre más feliz del mundo.

El rey le propuso que se sentara en su trono. Así lo hizo Damocles, pero miró hacia arriba y vio una afilada espada colgando del techo, sobre su cabeza y sostenida únicamente por una delgada crin de caballo, lo que le provocó pánico y suplicó al rey para marcharse. La historia recogió la anécdota para significar “una amenaza persistente de un peligro”.

Veo a mi país con una decadente cultura política, lo contrario a lo que nos dio mayor prestigio en el continente y en el mundo. Mediocridad de los dirigentes partidarios, una cierta “argentinización” del lenguaje y la mezquina estrategia del “palo en la rueda” que propugnan quienes solo piensan en la próxima elección, ser gobierno y el reparto de cargos públicos. Un escenario muy pobre.

Es cierto también que Uruguay tiene sus fortalezas, que deberíamos cuidar celosamente. Pero en esta nota voy a referirme a las grandes espadas de Damocles que amenazan a nuestro país y que no podemos resolver por sí solos. Son situaciones complejas, globales y peligrosas, porque muchos miran para el costado y no las enfrentan. No dependen de un pequeño país como el nuestro, sino de la sociedad global y de un orden internacional que hoy no tenemos.

El cambio climático ocupa el primer lugar. Ya no hay dudas de sus consecuencias desastrosas para el planeta y su gente. Inundaciones, las danas valencianas, los ríos de barro y piedras en Chile o en Nepal, los desbordes de ríos en Europa y nuestra América, el Mediterráneo con dos grados más de temperatura, tifones y terremotos en zonas no habituales y otros hechos, que directa o indirectamente suceden por el calentamiento global. El mejor ejemplo es el fenómeno climático El Niño (hoy “Superniño”), que afecta nuestra región y que ha obligado a tomar medidas preventivas.

Los negacionistas como el presidente estadounidense, Donald Trump, o los grandes violadores del Acuerdo de París son los grandes responsables de haber perdido el tren y de provocar ahora una delicada y compleja solución. Los planes que existen en algunos países son tímidos y no logran el acuerdo de grandes alianzas nacionales.

Este tema es de previa y especial resolución, y para ello deberíamos tener y consolidar una fuerte unidad nacional promovida por organizaciones sociales de todo tipo, que exija altura y confiabilidad al sistema de partidos políticos ante esta emergencia.

En segundo lugar, la inteligencia artificial, que está instalada y no tiene retorno. Se trata de un avance tecnológico sin precedentes, que permite acciones en tiempo récord sin depender de la inteligencia humana y que va a ir sustituyendo la mano de obra clásica. Pero todos ignoramos sus límites y avizoramos los posibles excesos y su capacidad de fabricar fake news.

Un ejemplo muy cercano y nítido es su utilización en la campaña electoral en las elecciones presidenciales de Brasil, a tal extremo que la autoridad electoral ha exigido aclarar cuando la imagen o el texto es de la IA.

En Europa los estados hablan de la regulación, mientras que Trump y su cortejo de empresarios tecnológicos apuestan a la autorregulación. Ha sido muy oportuna y valiosa –aun para los no creyentes como el suscrito– la encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV, que alude, con mucho criterio, a los impactos de la revolución digital. A modo de resumen, señala que la IA no es neutral y que no debe ser una fuerza descontrolada, que sirva para la desinformación masiva. Advierte sobre el peligro de un monopolio o control tecnológico en manos de pocas corporaciones globales, y propone excluirla con fines bélicos que decidan sobre la vida de los seres humanos. Además, estima que el desarrollo acelerado de la informática y la robótica exige un orden social justo, mediante marcos jurídicos claros y reglas éticas, de fácil protección internacional.

Todo lo expresado es muy plausible, pero choca contra el multilateralismo en crisis y la falta de fuerza coercitiva para aplicar las decisiones de Naciones Unidas. No existe voluntad política en las grandes potencias y la inexistencia de fuertes uniones nacionales complican el camino.

Todo esto sin perjuicio de señalar los avances y méritos de nuestro país en la materia, que no deben admitir un retroceso. Nuevamente, la unidad nacional –de todos– es indispensable para poder ser protagonistas de este desafío.

La doctrina de la dominación

Es impensable cualquier decisión política, social o económica si no entendemos que existe una confesa, expresa y explícita doctrina de la dominación o hegemonía de Estados Unidos bajo Trump. Muchos dirigentes políticos han ignorado históricamente o se niegan a reconocer el imperialismo militar y financiero que asoló América Latina a lo largo de la historia y la intención de Estados Unidos de someter a esta zona de América.

Es impensable cualquier decisión política, social o económica si no entendemos que existe una confesa, expresa y explícita doctrina de la dominación o hegemonía de Estados Unidos bajo Trump.

Ahora la doctrina es expresa y se presenta como una nueva “doctrina Monroe”, para un país como Estados Unidos que no tiene casi aliados europeos confiables, que hace pactos con Rusia y que enfrenta a una China que tranquilamente sigue su camino. El bloqueo a Cuba, la competencia de la seguridad en el canal de Panamá, el secuestro de Nicolás Maduro y la sociedad petrolera venezolana, la intromisión en elecciones de países sudamericanos y, ahora, también Groenlandia solo pueden entenderse con ese afán hegemónico.

Los análisis políticos son coincidentes. En “La nueva era imperialista de Estados Unidos” (la diaria, 19 de enero de 2026), Joseph Stiglitz, de universal prestigio, señala: “Una potencia hegemónica que abusa de su poder e intimida a los demás debe quedarse en su propio rincón. Resistirse a este nuevo imperialismo es esencial para la paz y la prosperidad de todos los demás. Si bien el resto del mundo debe esperar lo mejor, debe prepararse para lo peor; y al prepararse para lo peor, puede que no haya otra alternativa que el ostracismo económico y social, que no haya otro recurso que una política de contención”.

Ante estas perspectivas y con la conformación geopolítica de nuestra América Latina debemos pensar dónde nos ubicamos. No tenemos vocación de colonia y por eso no integramos el Escudo de las Américas, una estrategia estadounidense que con la etiqueta del “narcoterrorismo” pretende tener el derecho de intervenir en los asuntos internos de cualquier Estado. El principio de no intervención es una alegoría del pasado; las tierras raras, los minerales y las fuentes de energía son los objetivos de la nueva hegemonía.

También en este aspecto necesitamos unidad nacional y una política de Estado para una correcta inserción internacional, en un mundo en caos.

El triunfo de Lula abre significativas esperanzas para los que creemos en la no intervención, en la autodeterminación de los pueblos, la defensa de la soberanía y la protección social de los vulnerables, sin subordinación a ningún poder imperial.

Julio Vidal Amodeo es doctor en Derecho y Ciencias Sociales.

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