Por lo menos tres hechos extraordinarios para la política regional tuvieron lugar en Brasil durante la última semana. Para empezar, el mayor país del continente sumó el domingo 11 elecciones presidenciales consecutivas desde 1985, lo que amplía su más prolongado período de gobiernos elegidos de forma democrática. No es un hecho menor para la historia de Brasil ni para el presente global, en tiempos en que los autoritarismos empujan en varios frentes. Fueron elecciones limpias que transcurrieron con normalidad y arrojaron un veredicto incuestionable, según todos los observadores internacionales.
Fue también extraordinario el resultado de esa segunda vuelta electoral. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva logró ser reelecto a pesar de la desventaja con la que partía y, más allá de que se trata de un hecho sin precedentes –hasta ahora quien terminaba segundo en la primera vuelta perdía en la siguiente–, es destacable que se trataba del candidato más claramente alineado con el Estado de derecho y la soberanía frente a otros actores internacionales de peso.
No menos extraordinario fue lo que ocurrió en las horas posteriores a la votación. Flávio Bolsonaro, el candidato perdedor, se negó a reconocer los resultados, abandonó el país y, desde Miami, difundió un comunicado en el que cuestionaba la legitimidad de las elecciones. La reacción mayoritaria de sus apoyos en Brasil –tanto en el sistema político como en el mediático– fue veloz y contundente: se debe respetar la voluntad popular. También fue amplia la condena a lo que se percibió como una nueva intentona golpista de la familia Bolsonaro.
El gobierno estadounidense decidió no respaldar oficialmente al excandidato. La maniobra de Bolsonaro careció de apoyos explícitos desde el exterior, aunque una sombra de incertidumbre rodea al entorno del presidente argentino, Javier Milei, que había hecho campaña en contra de Lula, no reconoció su triunfo y habría facilitado la fuga de su contrincante, que es investigado por la justicia y eludió los controles migratorios.
Es evidente que esto daña las ya deterioradas relaciones entre los dos vecinos de Uruguay. El gobierno de Yamandú Orsi, que hasta ahora ha hecho notorios esfuerzos para mantener las buenas relaciones con la administración de Milei a pesar de la evidente distancia ideológica, tendrá que ser aún más cauteloso y atender, una vez más, a su rol como mediador en los conflictos regionales. A la vez, deberá mantenerse firme en el respaldo a los valores democráticos y a los principios de no injerencia en la política interna de terceros países.
A pesar de las turbulencias, todo lo que viene ocurriendo en Brasil apunta a un fortalecimiento de la vía democrática en el continente; queda claro que su defensa es una tarea que nos convoca día a día.