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Opinión Posturas

La negación de los resultados electorales se ha vuelto habitual para la derecha en todas partes

La serie de elecciones recientes en todo el mundo se ha interpretado –con razón– como una derrota contundente para los autoritarios de derecha. Sin embargo, resulta aún más notable otro aspecto: la negación de los resultados electorales desfavorables, junto con los intentos de revertirlos, parece haberse convertido en una práctica habitual para la derecha transnacional.

En las cuatro elecciones principales celebradas entre el 25 de octubre y el 3 de noviembre, se han observado –o se están observando– esfuerzos por parte de políticos de derecha para sembrar dudas sobre los resultados en los que han perdido (o es probable que pierdan), buscando además la manera de alterarlos a su favor.

En Brasil, el candidato de derecha Flávio Bolsonaro –cuyo padre cumple una condena de 27 años de prisión por intentar organizar un golpe de Estado tras perder las elecciones presidenciales hace cuatro años– reaccionó ante su inesperada derrota anunciando una impugnación legal para anular el resultado, basándose en la ampliación del horario de votación decidida por los tribunales a última hora (a pesar de que su propia campaña había solicitado dicha ampliación). Siguiendo el estilo de Juan Guaidó, Flávio se autoproclamó presidente desde Miami, alegando fraude electoral (aunque, de forma confusa, borró la publicación casi de inmediato y, en su lugar, se declaró el “líder” legítimo del país).

En Serbia, donde el autoritario expresidente Aleksandar Vučić fue desalojado del poder tras 12 años, surgieron indicios cada vez más claros de que se disponía a orquestar un golpe violento tras su estrepitosa derrota electoral; sin embargo, terminó cambiando de opinión y reconociendo la derrota. Según el testimonio de un antiguo alto funcionario serbio especializado en la lucha antiterrorista, Vučić había “desplegado a 4.000 policías y 3.000 matones en el centro de Belgrado”, pero desistió de sus planes tras la intervención de representantes europeos.

En Israel, el primer ministro Benjamin Netanyahu –marcado por escándalos y responsable de actos genocidas– ha impulsado una investigación por parte del Shin Bet, el servicio de seguridad interior del país, sobre el porcentaje de votos, sin precedentes, obtenido por los partidos árabes, acusándolos de haber “robado” las elecciones. Si la oposición a Netanyahu logra superar su reticencia a formar gobierno con los partidos árabes, podrá impedir que este continúe en el cargo de primer ministro.

Y, por supuesto, está el principal artífice de esta estrategia: el presidente estadounidense, Donald Trump. Desde prácticamente el momento en que asumió el cargo el año pasado, Trump ha llevado a cabo una campaña –anunciada y desarrollada de forma gradual– destinada a deslegitimar los resultados de las próximas elecciones de mitad de mandato, un período en el que, por lo general, el partido del presidente suele sufrir un retroceso. Como parte de este esfuerzo, Trump –y, a estas alturas, prácticamente todo el Partido Republicano– ha sembrado incesantemente la idea de que no se puede confiar en los resultados electorales y de que sus oponentes “harán trampas” (a pesar de que él mismo ha instado públicamente a sus propios votantes a “hacer trampas a toda costa”). Asimismo, han recurrido a todo tipo de tácticas: desde intentar depurar el censo electoral y cuestionar de antemano la legitimidad de las elecciones en Alaska, hasta, según se ha informado, plantearse la posibilidad de negarse, sin más, a certificar los resultados electorales.

En el 20% de las elecciones celebradas en el mundo entre 2020 y 2024, los candidatos derrotados rechazaron los resultados; un hecho que el informe califica como un “fenómeno creciente”.

Hace seis años, las afirmaciones de Trump de que su derrota electoral en 2020 había sido amañada, junto con sus intentos por revertirla, se interpretaron simplemente como la reacción irresponsable y resentida de un político particularmente deshonesto y errático. (Aunque, siendo justos, cabe señalar que, en años recientes, otros perdedores se le adelantaron: ocurrió en Indonesia, en Ecuador y, sobre todo, en Bolivia, donde en 2019 la primera administración de Trump respaldó los esfuerzos de la derecha por sembrar dudas –sin fundamento alguno– sobre su derrota electoral y, finalmente, revertirla mediante un golpe de Estado).

Sin embargo, el movimiento de negación electoral que Trump impulsó –y que hoy constituye un fenómeno a escala nacional– se ha convertido en una especie de modelo más allá de las fronteras de Estados Unidos. Esta negativa rotunda a aceptar la derrota, optando en cambio por vivir en una realidad alternativa –una construcción propia donde el perdedor resulta ser el ganador, sin importar lo que digan las cifras–, se ha transformado en el modus operandi habitual de los líderes de derecha.

Según el informe de 2024 del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional) sobre el estado de la democracia a nivel mundial, en el 20% de las elecciones celebradas en el mundo entre 2020 y 2024, los candidatos derrotados rechazaron los resultados; un hecho que el informe califica como un “fenómeno creciente”. Entre estos casos se incluyen los de Guatemala en 2023, Perú en 2021 y Brasil en 2022. (Cabe aclarar que no siempre se trata de figuras de derecha: a principios de este año, el expresidente colombiano de izquierda, Gustavo Petro, llegó a suspender la transición presidencial alegando fraude).

Algunos de los intentos recientes por revertir el proceso democrático han fracasado o parecen inviables, ya que el margen de victoria de los ganadores los hacía insostenibles; al parecer, esa fue la razón por la que tanto Bolsonaro como Vučić abandonaron sus incipientes intentos de manipular las elecciones.

Habrá que ver qué sucede con la maniobra de Netanyahu. La histórica participación del 80% de los votantes árabes dificultará la anulación de votos; además, diversos informes señalan que la supuesta injerencia extranjera –a la que se atribuyó este fenómeno– fue, en realidad, de pequeña escala y “nada que no haya ocurrido en el pasado”. No obstante, es posible que el objetivo de Netanyahu sea utilizar esta situación para impedir, políticamente, que la oposición forme un gobierno con el apoyo de los partidos árabes. Del mismo modo, los esfuerzos de Trump se centrarán en aquellos estados donde se prevé un resultado ajustado; sin embargo, incluso estos intentos podrían verse frustrados si los candidatos demócratas superan las expectativas de las encuestas, impulsados por el descontento generalizado con la presidencia de Trump.

Sea cual sea el desenlace, la negación de los resultados electorales parece haber llegado para quedarse y se ha convertido en un fenómeno global. Es posible que, en esta ocasión, logremos evitar los peores escenarios de fraude electoral. Pero ¿qué ocurrirá cuando, en el futuro, los resultados sean lo suficientemente ajustados –o propicios– para que la derecha denuncie una supuesta ilegitimidad e intente revertir el resultado? Es un desafío ante el cual la izquierda, lamentablemente, debe prepararse y organizarse, independientemente del lugar donde nos haya tocado vivir.

Branko Marcetic es periodista. Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Jacobin.