En Francia empezó a mediados de setiembre, en unos pocos liceos de las afueras de París, por falta de profesores, clases de 35 alumnos y edificios muy deteriorados. El sábado 17 de octubre, según el propio gobierno francés, más de medio millón de personas salieron a la calle contra la desigualdad y el costo de vida y, en más de un cartel, aparecía la misma fecha: 1968. Esa semana también hubo marchas en Lisboa, Milán, Bruselas, Tirana y Santiago de Chile. Un año antes habían sido Katmandú, Lima y Rabat. En estos días, en Serbia, ganó las elecciones la lista que representaba a los estudiantes que hace dos años tomaron las calles.
También hace unas semanas escribí en estas mismas páginas sobre Maricarmen, la mujer de 87 años desalojada de su piso y que lamentablemente murió el 7 de octubre en el hospital al que la llevaron el día del desalojo. Al día siguiente, 20.000 personas caminaron por el centro de Madrid en su memoria; la acampada de la Puerta del Sol, llena de gente joven, ya lleva semanas y España irá a elecciones anticipadas el 29 de noviembre con la vivienda en el centro absoluto de la discusión política.
Hay una diferencia muy impactante con aquellos movimientos del 68. Aquellos jóvenes crecieron en la prosperidad de la posguerra y se rebelaron contra un sistema, contra una vida con el consumo permanente como destino, pero ya tenían más o menos asegurada la posibilidad de acceder a un trabajo, que generalmente era para siempre, y a una casa. Aquellos jóvenes querían salir de la casa de sus padres para cambiar el mundo y el sistema. Los de ahora, parece increíble, sienten que necesitan cambiar el mundo para poder salir de la casa de sus padres.
En aquellos años, en las paredes de París se escribía: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Pero lo que se pide hoy no es lo imposible, es lo que para sus padres era normal: un profesor en el salón, un salario que alcance para el alquiler, una llave propia dentro de un tiempo y un futuro con cierta certeza. Estos jóvenes sienten que hicieron todo lo que el propio sistema les pidió: estudiaron, se formaron, trabajan... y llegan a los 30 años sin poder emanciparse. El problema no es que pidan demasiado. Es que lo normal se volvió muy difícil.
El mundo, o más bien quienes tienen el poder, están forzando un cambio acelerado de reglas. Las guerras encarecen la energía en todo el planeta y los Trump modifican aranceles y reescriben el comercio de un día para el otro. La sensación es que algo se está terminando y nadie sabe bien qué viene. Pero la historia enseña una cosa, y Lula nos lo demostró hace pocos días: cuando un orden se termina, el que sigue no lo decide el destino, lo deciden los que se organizan primero. O mejor.
La indignación de los jóvenes no tiene dueño, y hace tiempo que venimos escuchando las versiones más jodidas: culpar al migrante, enfrentar a jóvenes con jubilados, señalar al vecino distinto. El miedo es un relato de futuro que hoy circula con demasiada fuerza.
La democracia no se cae por un golpe, se vacía por acumulación de problemas sin resolver. Por eso creo que hay que militar y militar para que lo que venga sea mucho más humano y mucho más sensible. Por eso conmueve también cuando en París, en medio de la represión con gases, un grupo de jóvenes se puso a tocar la música de Los juegos del hambre, una saga sobre una generación sacrificada por los que mandan, o “La Marsellesa”. Porque no es una bronca aislada, es una comunidad con referencias propias y simbologías claras. Es una generación que está saliendo a buscar lo que le sacaron, y hay que entenderlo y entenderles.
Soy parte de un gobierno democrático y progresista, jamás celebraré una piedra contra una vidriera ni un saqueo. No construyen nada y casi siempre terminan pagando quienes no tienen con qué, pero prefiero mil veces un país con jóvenes en la calle exigiéndonos a los gobiernos, que un país con una juventud apática que ya no espera nada de la vida. Nadie le reclama a una democracia que ya dio por perdida. Por ende, la protesta pacífica es también una forma enorme de esperanza y de confianza en un mejor futuro posible a construir desde la acción.
Pero la historia enseña una cosa, y Lula nos lo demostró hace pocos días: cuando un orden se termina, el que sigue no lo decide el destino, lo deciden los que se organizan primero. O mejor.
Uruguay también tuvo su 68, con estudiantes en la calle, medidas prontas de seguridad y, en agosto, la muerte de Líber Arce, nuestro primer mártir estudiantil. En diciembre de ese mismo año, en el peor clima político imaginable, se promulgó la Ley 13.728, la Ley Nacional de Vivienda, que tuvo en Juan Pablo Terra a uno de sus grandes impulsores. Su primer artículo se lee aún como un programa: “Toda familia, cualesquiera sean sus recursos económicos, debe poder acceder a una vivienda adecuada”. De esta ley nació el sistema cooperativo de vivienda tal como lo conocemos. Sobrevivió a la dictadura y a todos los gobiernos que vinieron después, y sigue siendo una columna vertebral de la política habitacional del país.
Entonces, en aquel 68, la bronca de la calle encontró algún cauce que todavía hoy les cambia la vida a miles de familias. Esa es la lección que me importa: la indignación y la movilización no pueden dejar solamente consignas. Pepe Mujica nos repetía que el país tenía que ponerse de acuerdo en “cuatro o cinco cosas”. No tendría dudas en afirmar que serían básicamente: vivienda, alimentación, trabajo, salud y educación, lo mínimo para que se pueda vivir, criar y envejecer con dignidad. En lo que me compete, en términos de vivienda, voy a insistir con la urgencia hacia 2030 de un acuerdo nacional para construir un parque público de viviendas que sobreviva a todos los gobiernos.
Hace unos días, a raíz de las declaraciones de la actriz Evitta Luna en un programa de streaming, jóvenes de distintos partidos, incluida la Coalición Republicana, se pusieron a discutir el tema en público. Con esas generaciones, de todos los partidos, quizás podamos acordar lo que las anteriores no supieron o no pudieron.
Pero para que un acuerdo así cambie algo hay que animarse a salir de las respuestas de siempre. En vivienda, por ejemplo, salir de la permanente consigna de aumentar la construcción. Porque construir más es necesario, pero no alcanza. No conozco ningún lugar del mundo donde el mercado, librado a sí mismo, le haya devuelto la llave a una generación entera. Hace falta innovar e imaginar nuevas formas de tenencia, suelo público puesto a trabajar y reglas que no cambien con cada gobierno. Y ese piso tiene que ser también de todos los partidos, para que ningún partido lo perfore cuando le toque gobernar. Especialmente el mío.
Este gobierno y esta gestión ya tiene algunas piezas en marcha: la construcción de vivienda pública, el alquiler social sobre viviendas públicas y privadas y el plan de Ciudad Vieja, con suelo público que el Estado cobra en viviendas. Son pasos en ese sentido; no representan la llegada, pero muestran que lo que suena a utopía puede (y debe) convertirse en una política con nombre, presupuesto y dirección.
En el 68 se escribió en las paredes “La imaginación al poder”. Lo que hoy piden los jóvenes en el mundo es bastante más modesto y, a la vez, más difícil: que la política vuelva a tener imaginación y vuelva a tener poder. Poder para transformar. Militemos con la persistencia, la sensibilidad y el humanismo que el mundo de hoy necesita. Esta generación no pide lo imposible; pide lo que hasta no hace tanto era lo normal. Si la democracia no es capaz de garantizar ese piso, no va a faltar quien le ofrezca otra cosa a cambio. Demostremos como sistema político que estamos a la altura.
Christian Di Candia es subsecretario de Vivienda y Ordenamiento Territorial y fue intendente de Montevideo.
