¿Por qué nos cuesta tanto discutir de política sin convertir al otro en un enemigo? ¿Por qué una conversación entre dos personas que se quieren puede terminar reducida a quién dejó pegado a quién, quién es facho, quién es zurdo, quién está defendiendo a los corruptos de turno? ¿En qué momento dejamos de discutir lo que realmente se estaba proponiendo?
Cada vez me interesa menos una forma de discutir política que no pertenece a un partido ni a una ideología determinada. Está por todos lados, pero las redes sociales parecen haber encontrado la manera perfecta de explotarla. Si viene de los míos, busco razones para defenderlo. Si viene de los otros, empiezo a buscar dónde está la trampa.
Después aparecen las etiquetas: facho, zurdo, neoliberal, comunista, populista, vendepatria, lo que toque esa semana. Ya tenemos buenos y malos, ganador y perdedor, y, con un poco de suerte, alguien quedó “domado”. Lo que muchas veces todavía no tenemos es la menor idea de cómo funciona la política pública que supuestamente estamos discutiendo.
No quiero una política sin conflicto. Hay intereses, valores y formas distintas de entender qué debería hacer el Estado. El problema aparece cuando dejamos de discutir esas diferencias y empezamos a consumir política como si fuera un clásico de fútbol. Ahí importa menos entender que ganar. Y ganar en redes tiene sus propias reglas.
Un político puede explicar durante diez minutos los costos y dificultades de una reforma, o puede escribir “el gobierno fracasó”. Puede explicar por qué una medida tiene ganadores y perdedores, o puede decir “el gobierno te mintió”. Puede reconocer que un problema es complicado, o puede encontrar un culpable. Todos sabemos qué entra mejor en un post y qué deja esa pequeña dosis de dopamina cuando alguien del otro lado queda pegado.
Pero cuando uno mira la política real, la cosa es bastante más aburrida. Uruguay, con todos los problemas que pueda tener, no es una democracia rota ni vive algo parecido a la grieta argentina. Acá partidos que durante una campaña parecen incapaces de ponerse de acuerdo sobre la hora después terminan sentados en una mesa negociando.
No quiero una política sin conflicto. Hay intereses, valores y formas distintas de entender qué debería hacer el Estado. El problema aparece cuando dejamos de discutir esas diferencias y empezamos a consumir política como si fuera un clásico de fútbol.
El presupuesto 2025-2029 salió de Diputados con apoyos que fueron más allá del oficialismo. El Plan Nacional de Seguridad involucró decenas de instituciones, cientos de estudios y horas de intercambio. Esa política también existe, pero una mesa de negociación no se viraliza. Un documento técnico no deja a nadie domado. Un acuerdo donde ambos lados ceden algo es muchísimo menos divertido que un video de 30 segundos en el que un político supuestamente destruye a otro.
Ahí aparece el problema. Está la política que tiene que lidiar con presupuestos, leyes, restricciones, técnicos, negociaciones y gente que piensa distinto. Y está la política que consumimos. De esa segunda muchas veces vemos solamente la carrocería: el color, el logo, el conductor.
Yo quiero que levantemos el capó.
Antes de decidir si una política es brillante o una porquería, quiero saber cómo se supone que funciona. ¿Qué problema intenta resolver? ¿Qué tiene que pasar para que produzca el resultado que promete? ¿Quién paga? ¿Quién gana y quién pierde? ¿Y cómo vamos a saber dentro de cinco o diez años si funcionó?
Tampoco tenemos que convertirnos todos en economistas, abogados o politólogos antes de opinar. No soy ninguna de esas cosas, sino alguien que intenta entender qué está apoyando o criticando.
No me digan solamente que una reforma “defiende a los trabajadores”. Expliquen cómo. No me digan que una medida “genera empleo”, “protege a los más vulnerables”, “combate la inseguridad” o “defiende la libertad”. ¿Cómo? ¿Qué pasa entre la propuesta y el resultado?
Ahí es donde muchas ideas hermosas empiezan a complicarse. Una política puede tener un objetivo que me encanta y un mecanismo pésimo. Otra puede venir de alguien que políticamente no soporto y funcionar.
Imaginemos una reforma cualquiera y borremos durante cinco minutos el logo del partido que la propone. ¿Qué queda? El problema. La herramienta que se quiere usar para resolverlo. Los costos. Los incentivos. Los que ganan y los que pierden.
Y queda una pregunta: ¿evaluaría exactamente igual esta política si mañana descubriera que la propuso el partido contrario?
Muchas veces somos muchísimo más exigentes con las ideas que vienen de gente con la que no coincidimos. Cuando gobierna el otro, encontramos rapidísimo el costo escondido, la contradicción, el supuesto dudoso y la cifra que falta. Cuando una propuesta va en la dirección de algo que yo ya quería creer, curiosamente esas preguntas pueden tardar un poco más en aparecer.
Es facilísimo exigir pensamiento crítico a los demás. Lo difícil es aplicarlo cuando la conclusión nos gusta.
¿Estoy pidiendo la misma evidencia? ¿Estoy buscando los mismos trade-offs? ¿Estoy dispuesto a aceptar que los míos pueden estar equivocados? ¿Puedo reconocer que alguien políticamente lejano tuvo una buena idea?
Entender cómo funciona una política tampoco elimina el desacuerdo. Ni debería. La política no es ingeniería. Dos personas pueden entender perfectamente una medida y seguir enfrentadas porque valoran cosas distintas. Podemos discutir cuánto priorizar igualdad, libertad, seguridad, redistribución, derechos o riesgos. Eso es política.
Lo que cuesta aceptar es saltarnos toda la parte del medio y pasar directamente del logo del partido al veredicto. Entonces, la identidad deja de ser información y se transforma en la respuesta.
Si premiamos al político que nos confirma que el otro es idiota, corrupto o malvado, no podemos sorprendernos cuando recibimos más de lo mismo.
Uruguay tiene instituciones fuertes, elecciones confiables y partidos que pueden matarse durante una campaña y después, cuando la realidad los obliga, sentarse a negociar.
No hace falta esperar a tener una grieta para cuidar eso.
Al ver una medida o un posteo político que me indigne, quiero intentar frenar durante un segundo esa reacción que me dice inmediatamente qué pensar. No preguntarme primero quién lo dijo, ni siquiera si estoy de acuerdo. Primero: ¿cómo funciona? Después discutimos todo lo demás.
Adrián Núñez es analista de datos.