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Opinión Posturas

Las palabras y la infancia, un atajo moral

“Qué raro que el pedido de un niño a un presidente nos emocione tanto y nos incomode tan poco”, pensé un día mirando las noticias. ¿Cómo las palabras cuando salen de los más chicos se convierten en una forma de hacer visible lo que no está resuelto?

A los dos días volví a buscar la noticia. Era una historia tierna, pero repetida. 42 estudiantes de un liceo rural de Artigas viajan a Montevideo, conocen la Torre Ejecutiva y aprovechan para solicitar mejoras para su liceo. La visita nace de una carta entregada al presidente de la República, Yamandú Orsi, durante una recorrida por Artigas.

El problema estructural entra al noticiero disfrazado de gesto humano. Se presenta con un fuerte componente emocional y no como una nota sobre infraestructura, desigualdad o acceso a oportunidades.

¿Qué hay detrás de esta fórmula? ¿Será solo en Uruguay y porque nos conocemos todos? No, es porque esa fórmula es el match perfecto para televisión y política. Hay emoción inmediata, no necesita explicación. Hay contraste visual y objeto moral. Una carta tiene algo muy difícil de atacar. No es un reclamo sindical, no es una marcha, no es una denuncia. Se entiende en cinco segundos. Desarma defensas, y eso a la política le sirve.

Muestra a un gobierno cercano que responde. Incluso cuando el pedido revela una falla del sistema, la narración se acomoda para que el centro sea la respuesta.

A los medios les sirve. Es contenido barato, visual, emocional, compartible y con final feliz. En 2001, los investigadores británicos Harcup y O’Neill publicaron el artículo “What Is News? Galtung and Ruge Revisited”, en el que revisaron una teoría clásica de 1965 sobre los “valores noticia”. Allí mencionan que la selección periodística se mueve por “impacto, relevancia, emoción, poder, celebridad, sorpresa y posibilidad de ser compartido”.

Al sistema educativo también le sirve. La carta es una herramienta pedagógica real, se puede trabajar escritura, ciudadanía, expresión, vínculo con otros mundos.

Lo interesante es que hay un patrón, no un caso aislado. En 2021, Mariana Melnik, de una escuela rural de Paysandú, le escribió al expresidente Luis Lacalle Pou para pedir la vuelta de la presencialidad; Telenoche elaboró una noticia luego de que el presidente la llamó. En 2020, una maestra rural de Salto escribió otra carta a Lacalle Pou, en la que cuestionaba el reinicio de clases durante la pandemia; la nota subrayaba que la carta se había difundido ampliamente en redes.

En 2018, desde una escuela rural escribieron al presidente Tabaré Vázquez porque tenían columnas de UTE a 40 metros, pero no electricidad. La maestra decía: “Movimos cielo y tierra hasta tener luz”. En 2016, trascendió una carta de agradecimiento a Tabaré Vázquez por un desfibrilador que había sido solicitado y finalmente entregado.

Más recientemente, en junio de 2026, estudiantes del liceo 1 de Montevideo enviaron una nota a Presidencia porque las banderas para la Jura de la Bandera estaban deterioradas y Orsi entregó personalmente los pabellones. La noticia se ordena alrededor del gesto del presidente, no alrededor del derecho vulnerado.

¿Cómo las cartas de estudiantes se transforman en noticias que visibilizan necesidades, pero al mismo tiempo refuerzan una narrativa de empatía presidencial? La palabra en puño por un niño funciona como una forma de saltar la burocracia, producir atención pública y convertir una necesidad en escena moral. Como una película cortita que nos da esperanza, en el caos mediático aparece una cartaseñal de que no todo está perdido.

Ahora un papel escrito a mano es protagonista de un capítulo más en el “camino del héroe” de una persona que, con lo que implica manejar un país, tiene tiempo para un niño y, si es del interior más profundo, más lejano a la capital, mejor.

También se encuentran ejemplos a nivel internacional a lo largo de la historia, como en Estados Unidos, durante la presidencia de Barack Obama, o en la propia Guerra Fría, cuando Samantha Smith, una niña estadounidense, le escribió en 1982 al líder soviético Yuri Andropov y le preguntó por el riesgo de una guerra nuclear. Andropov le respondió y la invitó a visitar la Unión Soviética.

Tampoco es potestad de este momento histórico. En México, por ejemplo, Matilde Montoya –quien luego sería la primera médica mexicana– le escribió al presidente Porfirio Díaz para avanzar en sus estudios a pesar de las dificultades que significaba ser mujer. Díaz intervino para que pudiera cursar, y en 1887 Montoya se graduó.

En China, Xi Jinping responde con frecuencia a cartas de estudiantes, tanto chinos como extranjeros. Hay casos de Estados Unidos, Francia, Macao, Hong Kong y Sichuan. En este caso, la carta funciona más como dispositivo de cercanía y educación patriótica.

La palabra infantil es la forma más aceptada de protesta en sociedades que le tienen miedo al conflicto. En estos casos, cuando reclama un sindicato aparece la sospecha. Cuando reclama un partido aparece la grieta. Cuando reclama una institución aparece la burocracia. Pero cuando reclama un niño la demanda queda purificada.

La infancia funciona como territorio moral neutral. Un niño no viene a disputar poder, no viene a hacer carrera, no viene a operar. ¿O lo hace sin saberlo? Esa es la trampa hermosa y triste del tema. Hermosa, porque todavía creemos en la potencia de la palabra de un niño. Pero también es triste, porque muchas veces eso aparece cuando los caminos normales no alcanzaron. Es síntoma de intemperie.

Cuando un niño escribe al presidente, la sociedad no escucha una demanda: escucha una inocencia. Y el derecho no debería necesitar inocencia para ser atendido. Debería alcanzar con ser derecho.

La carta transforma un derecho en una escena, y en esa escena pasa algo delicado, el Estado deja de parecer una institución y se parece a una persona. El presidente como padre, como “alguien que sí nos vio”. Quien entrega la carta al presidente no solo pide una solución: pide ser visto.

Es valioso que el presidente reciba, escuche, conteste, abra la puerta, pero ¿no es preocupante que haga falta ese drama para que las demandas se vuelvan visibles?

Cuando un niño escribe al presidente, la sociedad no escucha una demanda: escucha una inocencia. Y el derecho no debería necesitar inocencia para ser atendido. Debería alcanzar con ser derecho.

Desorden en la polis

¿Qué tipo de sociedades necesitan que un niño le escriba al gobernante para que una necesidad básica sea vista? La forma verdadera del problema está en la desigualdad, la burocracia, el centralismo, la necesidad de ser reconocidos y el sentido de pertenecer.

Que sean los estudiantes quienes tengan que hablarle al poder tiene algo bueno y algo raro al mismo tiempo. Por un lado, quienes están siendo formados por la sociedad le devuelven a la sociedad una pregunta, pero, al mismo tiempo, aparecen como mensajeros de una falla adulta.

Desde el pensamiento de Platón habría que desconfiar del gobernante convertido en solución personal. El bien, para Platón, no dependía del humor, la sensibilidad o la agenda. El bien sería que la ciudad esté ordenada de tal manera que no haya que mendigar atención.

La carta al presidente convierte al gobernante en puerta final, casi en padre de la polis. Y eso es muy potente emocionalmente, pero filosóficamente peligroso. Cuando el Estado se personaliza demasiado, la justicia se parece a un favor. Y la justicia, para Platón, no puede ser favor. Tiene que ser orden.

Una ciudad justa no debería necesitar niños excepcionales escribiendo cartas; debería tener instituciones ordinarias escuchando a tiempo.

Una carta es palabra y es síntoma. Es luz y es sombra.

Platón nos haría mirar menos la ternura de la escena y más la forma de la ciudad que aparece detrás. El problema no es que los niños escriban. Quizás es que los adultos, las instituciones y los sistemas solo parecen escuchar cuando la verdad llega escrita con inocencia.

Seguramente Platón se preguntaría si queremos una ciudad que se conmueve ante la carta, o una ciudad que ya estaba organizada para que esa carta no fuera necesaria. Y, pensando la polis como una familia, si queremos poner a nuestras infancias a resolver estructuras familiares que los adultos no pudimos resolver.

Guillermo Giordano es director creativo de la Agencia Go, socio, docente y director académico de Brother Montevideo, y asesor de comunicación política. Es fundador y único miembro de la Universidad de los Domingos, donde nacen estas reflexiones.