El 1° de octubre se cumplieron 56 años del fallecimiento del Rais Gamal Abdel Nasser. Rescatar su legado en estos tiempos conduce a una resignificación de su impronta personal, pero, sobre todo, de los ideales que encarnó desde la revolución de los coroneles libres, en 1952, acto fundacional de la nueva República Árabe de Egipto, hasta el último día de su vida, la misma noche en que firmó el Acuerdo con Arabia Saudita, en 1970.
Mucho se ha escrito acerca del líder egipcio; ha sido criticado por su impronta autoritaria o ensalzado por sus ideas de avanzada o su visión geopolítica en un contexto de posguerra. Como sea, no cabe duda alguna de que su postura panárabe despertó a las multitudes en todas las naciones del Asia occidental, así como en el Magreb africano. Su convocatoria –anclada en convicciones anticoloniales y anhelos de independencia, justicia social y bienestar para el pueblo árabe– resonó con fuerza e impactó en los pueblos allende fronteras egipcias. Más aún, junto con Tito, en la antigua Yugoslavia, y Nehru, en la India, fundaron el Movimiento de Países No Alineados, acaso antecedente o precursor de los BRICS. En otras palabras, el tercermundismo se configuraba como alternativa de no alineamiento en la confrontación bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Panarabismo y liberación fueron para Nasser dos proyectos políticos indisolublemente unidos. La apelación a los lazos comunes y pertenencia a una misma comunidad, a la nación árabe en toda su extensión y diversidad (aun reconociendo sus contradicciones), se articulaba con la forja de la liberación en un sentido amplio y profundo.
En 1952, la revolución incruenta de “los coroneles libres” (Nasser, Naguib y Sadat) derrocaba al rey Faruk e iniciaba una nueva etapa en la vida política en Egipto. Unos años después, Nasser nacionalizaba el Canal de Suez (1956), lo que provocó el ataque conjunto de Gran Bretaña, Francia e Israel, que finalmente tuvieron que retroceder y reconocer el derecho al control total de Egipto sobre aquel paso clave en las rutas comerciales. También el apoyo a la revolución argelina, la fusión con Siria en un intento fallido de construir la gran nación árabe, el respaldo y solidaridad con la causa palestina, fueron señales inequívocas –entre tantas– de la vocación de independencia en el sentido más pleno.
En la actual coyuntura mundial, marcada por el recrudecimiento de la voracidad imperialista de Estados Unidos, la incapacidad de Europa de resolver sus guerras y conflictos, la exaltación de la barbarie sionista en la Palestina histórica, el avance de formaciones políticas de ultraderecha (neonazis y fascistas de nuevo cuño), así como la instauración de neoprotectorados en Latinoamérica y Medio Oriente, la reivindicación del anticolonialismo se resignifica. Las luchas por la independencia a lo largo de la historia –en general– han tenido fases de diferente carácter y envergadura, casi siempre culminando con proclamaciones y retóricas nacionalistas.
Las utopías soñadas por Nasser junto con muchos más en aquellos tiempos son reformuladas y acordes a los contextos contemporáneos, sin embargo, preservan su esencia: liberación y emancipación, anticolonialismo y autodeterminación, justicia social y democracia.
Desde la perspectiva nasserista (secular y peculiarmente socialista), las luchas por la emancipación estaban profundamente arraigadas en una concepción internacionalista, en la que el panarabismo le asignaba estatura continental y las luchas de unos y otros, absolutamente entrelazadas. Rescatar su visión estratégica nos exige una actualización y, simultáneamente, imaginar sus implicancias para los movimientos populares, los partidos políticos progresistas y todos aquellos actores sociales que defienden la independencia respecto a los centros imperiales o neocoloniales. Y ello conduce inexorablemente a la convergencia de las luchas, al reforzamiento de la cooperación multilateral y el reconocimiento de la pluralidad en la construcción de un gran frente mancomunado.
Sea en el mundo árabe, todavía dividido y fragmentado, o en Latinoamérica, pretendida –una vez más– por Estados Unidos, las lógicas siguen siendo las de hace 56 años: unión en la igualdad y fortaleza en la convergencia de las luchas anticoloniales. Por cierto, las circunstancias son diferentes, pero similares son algunas de las lógicas: el expansionismo colonial y el control de los recursos naturales, la maximización de las ganancias de las corporaciones ligadas a la guerra, la disputa por la hegemonía en el orden mundial.
Las utopías soñadas por Nasser junto con muchos más en aquellos tiempos son reformuladas y acordes a los contextos contemporáneos; sin embargo, preservan su esencia: liberación y emancipación, anticolonialismo y autodeterminación, justicia social y democracia. En un mundo multipolar, nos encontramos con naciones, estados o pueblos en procesos de “desarrollo”; pero con millones de seres humanos padeciendo extremas necesidades y otros tantos víctimas del exterminio genocida. La riqueza se acumula y concentra cada vez más en menos manos, exhibiendo de manera impúdica los valores sagrados del capitalismo y los paradigmas que lo alimentan.
Recordar a Gamal Abdel Nasser es necesario. Releer sus análisis y notas, revisar y examinar sus decisiones políticas, reflexionar acerca de la vigencia de sus postulados y sueños, resulta altamente estimulante y sugerente.
Christian Adel Mirza es profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.