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Qué esperar de la visita de León XIV a Uruguay como puerta a América Latina

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La visita de León XIV a Uruguay interpela la tensión entre religión, política y cambio de época. En un país secular, su liderazgo ético desafía tanto al gobierno como a la oposición frente a las desigualdades, la democracia y los derechos humanos, y llama a superar la “cultura de los satisfechos” desde un humanismo fraterno e integrador.

En procesos dinámicos de incertidumbre, como los actuales, cobran peso personas e instituciones con acumulación histórica que presentan ciertas certezas. Parecería que el papado desde la década de 1960 ha ido adquiriendo ese rol, a pesar de la caída actual del catolicismo en Occidente. El papa León XIV mantiene la misma referencialidad por encima de la propia institución iglesia, como fue el caso de Francisco. A la vez, la Iglesia católica o la religión cristiana se transforma en referente para algunos como refugio de valores, para otros como timón de orientación, para propios y ajenos en un amplio espectro cultural e ideológico como espacio para transitar el derrumbe de una época y llegar a un tiempo en el que emerja lo mejor de todos los humanismos que han dado sentido de convivencia a la humanidad.

Uruguay es el primer país de América Latina al que llegará León XIV, el estadounidense nacido en un barrio obrero, un matemático que se hizo agustino –con lo que implica hoy, en un cambio de época, el pensamiento de Agustín de Hipona–, que como misionero en Perú se transformó en latinoamericano en la perspectiva de la opción por los pobres, la defensa de los pueblos originarios, la religiosidad popular o el ser parte de la defensa de la Amazonia y la conciencia social ambiental, así como de la lucha contra la pederastia en el clero. Mucho más prudente con las llamadas nuevas agendas que su antecesor.

Llegó a ser papa de la mano de Francisco, pero desde su personalidad que va, cada vez más, transformándose en una singularidad que aportará mucho a las contradicciones de la iglesia, como a los dilemas del mundo actual. Nombrarse como León XIV referencia no solo ser sucesor de León XIII con la defensa del Estado social, los sindicatos, las organizaciones intermedias, el rol de servicio de la propiedad y no reducir a una ideología sus propuestas sociales. En esos antecedentes no se puede obviar al papa León que enfrentó a Atila o al amigo de san Francisco de Asís. Todo un inductor de lectura para el rol que puede adquirir en el momento actual.

Uruguay es un país laico en su Estado y esfera pública, que se separó de la iglesia en 1918, que logró la secularización más exitosa de Occidente renombrando las fechas cristianas y consolidando una “religión republicana” como base de la vida democrática. A la vez, la crisis del país en la década de 1960, junto con el Concilio Vaticano II y la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), produjo la sinergia entre sectores católicos y las izquierdas, dando origen a la tercera fuerza política en el país, que es el Frente Amplio, que hoy gobierna y es la fuerza mayoritaria desde hace dos décadas. Mientras que los blancos, partido conservador-liberal, contenían a la mayoría de los católicos, los colorados, que dieron origen a la ruptura con la iglesia, eran los anticatólicos liberales y masones. Hoy nos encontramos con una iglesia que ha perdido feligresía, pero que tiene más aceptación institucional e interlocución transversal.

En la relación religión-política, política-religión, las institucionalidades partidarias y eclesiales ven un mutuo beneficio en generar sinergias tanto en las derechas como en los centros y en las izquierdas. La actual oposición, bloque conservador liberal de derechas, busca encontrar en el papa el aval al giro disciplinador y moralizante que ven en la diversidad, el conflicto social, la crisis de convivencia y la diversidad de violencias, la pérdida de valores morales tradicionales, y el valor de la vida en sus extremos, relativizando el proceso de vida en sus condiciones, como si estas fueran ideas abstractas y atemporales. Para la izquierda gobernante es aval al Estado social, la tolerancia y la democracia integral, más allá de las discrepancias sobre cómo se valora el derecho a la vida. Para la militancia de izquierda mayor a los 50 años, sea religiosa o no, es la jerarquización de los excluidos, la crítica a la desigualdad capitalista, el derecho al salario digno, el valor de los movimientos y organizaciones sociales, y en lo internacional, la clara confrontación a las lógicas de la guerra y la defensa de la paz, así como la condena a masacres y genocidios, y la defensa del derecho internacional.

La gran pregunta es cómo el papa será visibilizado por la juventud. Para quienes la Pastoral Juvenil fue clave no solo para ser parte de la iglesia, sino para comprometerse por un Uruguay más fraterno, justo y libre, el mensaje que se les dé a las nuevas generaciones es fundamental en la construcción de nuevos liderazgos en el cambio de época.

En el siglo XXI, la izquierda gobernante fue la que más buscó la articulación explícita con la iglesia, a diferencia de la distancia que mostró el presidente Luis Lacalle Pou en el gobierno de la Coalición Republicana. El actual presidente, Yamandú Orsi, en su declaración de agnóstico y su apoyo a trastocar la laicidad tradicional, aparece más cercano a las estrategias del episcopado. En ambos bloques, abordar la atención a la pobreza, las adicciones o la atención a los presos ha pasado a ser un acervo común, dado que se ha generado la idea de que las políticas públicas republicanas no pueden hacerse cargo totalmente de los temas de vulnerabilidades.

En Uruguay algunos esperan la llegada del papa como impulso a la moralización en vez de asumir el discernimiento de los signos de los tiempos desde una ética del Evangelio. Algunos creen que si no está de acuerdo con su visión progresista es parte del bloque conservador. El catolicismo se ha resistido a reducirse solo a conservadores y progresistas, la pregunta es cuál es el parámetro de coherencia para la propia comunidad católica uruguaya, pero también para la mayoría de la población que no se identifica como católica en esta visita, y en un momento de incertidumbre y cambio de época.

Es previsible que la visita pastoral y de jefe de Estado tenga lo propio en cada lugar, pero un hilo conductor en los tres países para toda América Latina y también para su relación con Estados Unidos.

Los firmes mensajes planteados en España y Francia marcan un horizonte de defensa de las personas y pueblos excluidos en distintas formas; el valor de la paz y la justicia como parámetro del derecho y la libertad; la laicidad como diversidad y convivencia; la capacidad crítica ante la hegemonía tecnológica. Asimismo, enfrentar la pedagogía de la crueldad y la exclusión del capitalismo desenfrenado, y recrear la empatía y la solidaridad en los “mundos de la vida” cotidiana, así como refundar el derecho internacional para un nuevo tiempo de la humanidad. A la vez, no sucumbir a la lógica de las extremas derechas, que no tendrían nada que ver con el cristianismo, y promover el cultivar un “principio esperanza” con todos los humanismos y religiones.

La historia de la catolicidad es una tensión entre lo institucional y el kerigma (anuncio de Cristo) que le da sentido. Cuanto más se expresa como institución es parte de los juegos del poder de la política; eso, para bien o para mal, tiene un peso en cada momento histórico y hoy, luego del debate de Donald Trump con León XIV, pasa a tener un rol de cuestionamiento ético-político-cultural a la lógica imperial. León XIV pasa a ser un líder moral internacional que no puede fagocitar la lógica reinante, belicista, antimigración, el poder controlador de la inteligencia artificial (IA) y la acción detractora de los derechos humanos. Aunque parezca contradictorio para algunos, es el papa quien defiende lo más sustantivo de la modernidad emancipatoria, humanista y racional que se percibe en un espiral ascendente de la historia, ante la modernidad instrumental que se ha puesto al servicio de la acumulación de poder, la riqueza irracional y antihumanista como reformulación de un capitalismo depredador que destruye el horizonte de igualdad, diversidad y paz duradera. A esto se suma el fracaso de modelos centrados en la autosuficiencia de la cultura de los satisfechos que generaron liberales y socialdemócratas con el límite del socialismo estatal en Occidente, fracaso del que se valen libertarios, extremas derechas, neocolonialismos y neofascismos emergentes en todo Occidente y en la desigual América Latina que el progresismo no pudo trastocar.

León XIV pasa a ser un líder moral internacional que no puede fagocitar la lógica reinante, belicista, antimigración, el poder controlador de la IA y la acción detractora de los derechos humanos.

Uruguay aparece como una excepcionalidad estable y referenciada por lo secular y respetada por lo religioso. Es de esperar que León XIV hable en el marco de ese contexto de fortalecer la idea de democracia, tolerante, negociadora, respetuosa de los derechos humanos y desafiada por la IA, y, a la vez, que fortalezca e impulse a una Iglesia católica nacional a que asuma mayor compromiso en la diversidad de presencias que tiene en el territorio.

La Iglesia católica, que no es solo institución sino comunidad de fe, que encuentra en el mensaje que la moviliza el sentido que la desafía a no quedarse atrapada en las seguridades institucionales y poder terrenal, se aferra a la esperanza de la incertidumbre de seguir las enseñanzas de Jesús de Nazaret, que muestra en el compromiso de tantas comunidades ser testimonio de buena nueva para las personas indefensas, explotadas, colectivos sufrientes por dependencias que violentan. Hoy, en temas como la pobreza de sectores que van quedando fuera del bienestar mayoritario que tiene la sociedad uruguaya y que es donde se reproduce más la población, con núcleos familiares con bajos ingresos, la punta del iceberg que implica las personas en calle, los presos, la salud mental, las violencias de género y del narcotráfico.

No es caridad como dádiva, sino amor al prójimo, hacernos cargo de los pobres y superar desigualdades que los marginan y explotan o mantienen sumidos en la precariedad, recibir al migrante, asumir las diferencias y diversidades que se expresan en la dignidad humana que reclaman las mujeres, los afros y pueblos originarios, los migrantes, las personas trans o la diversidad sexual.

El Uruguay que ha construido instituciones democráticas fuertes, estables y extensas reclama trastocar las inequidades existentes en un amplio espectro. Que el papa dé mensajes a las distintas opacidades que quedan en el punto ciego, entre ellas, poder aportar a la búsqueda y encuentro de las personas desaparecidas en la dictadura. Que relance el compromiso de los obispos uruguayos sobre que “la verdad nos hará libres”, dando un paso hacia la reconciliación definitiva de los orientales.

Se espera que el papa cuestione la cultura de los satisfechos que culpabiliza a los pobres por su situación y que visibilice lo que la historia les sacó o las oportunidades y, sobre todo, las posibilidades para desarrollar sus capacidades que no tuvieron. Que convoque a la sinergia y cooperación de los humanismos que confluyen en este Uruguay republicano, democrático y tolerante, que se compromete con acrecentar los derechos humanos de todas las personas, colectivos y pueblos.

Que el tema de la inseguridad se pueda abordar desde la seguridad humana integral y no desde la falsa idea lineal de represión-encierro. Que se aporte a crear tejido social comunitario que fortalezca las organizaciones sociales intermedias como sindicatos, cooperativas, organizaciones ciudadanas centradas en valores sociales, comunitarios y colectivos.

Si la visita tendrá momentos específicos relativos a lo pastoral, social, educativo y político, es de esperar que la jerarquía en cada caso dé la posibilidad de dejar cuestionados, incómodos y desafiados a quienes tienen mayor responsabilidad en cada uno de esos espacios.

Que, en definitiva, ir al altar de la Virgen de los Treinta y Tres en Florida es un punto común para las diversas corrientes en las que se pueden autoidentificar las personas y comunidades católicas, pero no es lo mismo que se fortalezca una religiosidad popular desvinculada de la realidad y, por tanto, poco coherente con el dogma de la encarnación a que se centre la devoción a la Virgen María en el canto del Magníficat, que dice: “Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

Lo sincrético del catolicismo y la religiosidad popular que da base social a la Iglesia católica no debería disociarse de la centralidad del mensaje evangélico y del propio magisterio de la iglesia; la visita del papa puede ser una gran oportunidad para mostrar esa integralidad que se ve, por ejemplo, en la dinámica católica argentina.

Se esperaría que fortalezca el compromiso de una comunidad católica ecuménica y parte de la sociedad, no fuera de ella con religiosidades intimistas, abstractas y desvinculadas de los desafíos existenciales, culturales, psicológicos, sociales, económicos y políticos en el que son parte las personas que vivimos en Uruguay. Que la importancia de la confraternidad judeocristiana permita visibilizar la condena al genocidio que vive el pueblo palestino y que desde aquí se promueva la existencia y convivencia pacífica de dos estados entre Israel y Palestina. Asimismo, que fortalezca la unidad latinoamericana, como demandaba Francisco y pidió también Juan Pablo II; que se bregue, como es política del Vaticano, por el derecho a la autonomía del pueblo cubano y que termine el bloqueo, sin por ello justificar las lógicas de un régimen en decadencia, como lo han hecho todos los papas desde Juan XXIII a la fecha.

Salirse de lo cíclope y mostrar un catolicismo que, como parte del mundo, tiene un mensaje que trasciende y que es capaz de interpelar, como san Agustín en la “Ciudad de Dios”, que en este cambio de época cae una civilización y no la humanidad. Que es posible la esperanza de “otro mundo posible”. Que la lucha por una paz basada en la justicia y la fraternidad es ecosistema para un nuevo orden mundial.

La expectativa de su visita es que logre mostrar, para propios y ajenos, que ser creyente, cristiano y católico es reivindicar que todos somos humanos y que no hay religión que pueda o deba justificar la guerra, la explotación, la dominación o la violación a los derechos humanos de las personas y los pueblos, y que eso reclama cambiar el paradigma social, económico, cultural y político hegemónico que se ha ido instalando. El valor integral de la democracia. No solo en la pluralidad y tolerancia, sino en el debate crítico con fundamentos para superar inequidades y construir convivencia donde la espiritualidad y la trascendencia pasan a ser también fundamentales.

Nelson Villarreal Durán es filósofo, cientista político, docente de la Universidad de la República y de la Universidad Católica. Este artículo fue publicado originalmente en 4palabras.com.

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