la diaria Posturas

Ilustración: Federico Murro

Contra la ultraderecha, más democracia

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El resultado de las elecciones estadounidenses de mitad de período presidencial es un acontecimiento de alto impacto en el mundo, que corresponde analizar en profundidad. La ciudadanía le quitó al oficialista Partido Republicano la mayoría en las dos cámaras parlamentarias, y hay un amplio consenso para interpretar que hubo un fuerte rechazo al desempeño del presidente Donald Trump, pero es muy importante estudiar los motivos de tal rechazo.

¿En qué medida incidieron el aumento de los precios al consumo y en especial el de los combustibles, la política belicista y en especial la guerra contra Irán, o las políticas violentas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés)? ¿Cuánto pesó que Trump haya eludido los controles y contrapesos institucionales para llevar adelante sus políticas, y cuánto el descontento con la pasividad parlamentaria que le permitió ese desenfreno? ¿El avance de la fracción del Partido Demócrata que se define como socialista es un fenómeno coyuntural o una tendencia firme? Para responder con certeza hay que investigar, y por ahora circulan sobre todo opiniones, que pueden surgir de la mera intuición o de preconceptos.

Incluso con escasez de reflexiones basadas en evidencia sobre los asuntos antedichos, muchísimas personas dentro y fuera de Estados Unidos sienten desde ya un gran alivio y renuevan sus esperanzas políticas. Los resultados del martes 3 de noviembre, como los de la segunda vuelta por la presidencia en Brasil nueve días antes, alejan del horizonte la idea de una “ola azul” imparable de la extrema derecha, asociada con la ley del más fuerte en cada país y en las relaciones internacionales, el aumento de las desigualdades y el ocaso de la democracia. Para que el exceso de pesimismo no sea sustituido a la ligera por un optimismo excesivo, puede ser útil plantear algunas cuestiones de fondo.

Internacionalismo democrático

El editorial de la diaria del 24 de octubre, previo al balotaje brasileño, las elecciones parlamentarias israelíes y las de mitad de período en Estados Unidos, señaló que en los tres casos tendría la palabra el voto popular, y que eso no era “poca cosa en el mundo actual, donde muchas cuestiones relevantes para la convivencia dependen de las decisiones de regímenes autoritarios”. Subrayemos una obviedad que a veces pasa inadvertida: la “ola azul” no ha sido un fenómeno global; se produjo en la parte minoritaria del planeta donde los gobiernos se eligen en forma democrática.

Varios analistas políticos venían afirmando que lo principal era una aceleración de la alternancia. La relacionaban con grandes insatisfacciones, incertidumbres e impaciencias en el cambio de época que vivimos, y con una creciente polarización política en sociedades fragmentadas, potenciada por influencias engañosas cada vez más eficaces en las redes sociales. De todos modos, es notorio que la polarización se configura en el marco de un corrimiento ideológico, con la extrema derecha y la moderación progresista como antagonistas.

En cualquier caso, el descontento existe y no se debe apenas a la manipulación de la opinión pública. Por lo tanto, al progresismo le hace falta mucho más que un manejo solvente de las redes sociales, capaz de contrapesar las artimañas derechistas y el sesgo impuesto por los dueños de las grandes plataformas. Lo que en Brasil ya llaman janonismo (por el diputado federal André Janones, organizador del “Ejército de Lula” para la comunicación digital en la campaña del balotaje) resultó eficaz al combinarse con la movilización presencial masiva, en un contexto de alarma por el avance del bolsonarismo en primera vuelta.

Además, la propia aceleración de la alternancia muestra que para mantener la mayoría social no basta con la construcción de relatos potentes. Es preciso modificar los hechos que generan descontento, y para ello hay que cambiar orientaciones de gobierno, recuperar el contacto cotidiano en territorio y evitar la deriva ideológica de acostumbrarse, como escribió Alfredo Zitarrosa, a “la razón del enemigo”.

De lo contrario, no solo estará en peligro el avance progresista, sino también la democracia misma, y con ella la posibilidad de que las mayorías disconformes decidan cambios de gobierno. Cuidar esa riqueza, aún escasa en el mundo y que tanto costó acumular, es una tarea colectiva internacional.

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