La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva, el 25 de octubre de 2026, con una diferencia superior a 4,4 millones de votos, representa un hecho histórico para la democracia brasileña y de América Latina. El resultado electoral demostró que es posible construir alternativas políticas frente a la extrema derecha, incluso cuando las condiciones de visibilidad y distribución de contenidos digitales están condicionadas por intereses privados y por infraestructuras transnacionales.
En este cambio de época acelerado en el que se encuentra Occidente, el embate al que se ve enfrentada la democracia, los preconceptos de un eterno retorno a lo autoritario y la lógica irracional y distópica con la que se van produciendo hechos cada vez más crueles, que violentan las reglas de juego y desestructuran la institucionalidad lograda, dejan a los gobiernos de izquierda a la defensiva o los llevan a perder elecciones recientes, a pesar de sus logros medibles.
Mientras la extrema derecha se nutre de la muerte del argumento, la izquierda ha pasado a una posición defensiva tanto por hacerse cargo de la democracia conquistada como por buscar preservar los avances del Estado social y la inclusión equitativa de sectores históricamente excluidos. A esto se suma el desgaste de las metas del segundo ciclo progresista combinado, así como la falta de claridad de horizontes para la ampliación de la democracia enmarcada en la igualdad social por la diversidad.
La primera vuelta del proceso electoral brasileño expresó el mayor grado al que ha llegado el tecnofeudalismo que busca hegemonizar la reformulación de la economía política del capitalismo anglosajón arrastrando al capitalismo renano europeo a su agotamiento y buscando subsumir a América Latina y el Caribe a una factoría de recursos para Estados Unidos.
Pero queda claro que no solo se percibe el giro geopolítico de búsqueda de apropiación mercantilista y neocolonial. Se fue gestando, a lo largo de más de una década y media, la colonización de los “mundos de la vida” en los que se desarrolla la cotidianidad de la gente, que no necesariamente está centrada en los debates políticos o en las luchas de (y por el) poder ideológico.
Tres factores han sido determinantes en el proceso de colonización o de transformación ideológica. Por un lado, el desembarco del fundamentalismo religioso, que responde a las expectativas emocionales y de creencias relacionadas con los dilemas de la vida tanto material como espiritual. Por otro lado, el alejamiento de las prácticas emancipatorias, de educación liberadora y de ampliación de derechos que les habían permitido a las izquierdas hegemonizar el cambio que llevó a implementar gobiernos progresistas.
Las izquierdas gobernantes comenzaron gradualmente a encerrarse en estructuras de gobierno, del arte de lo posible al principio de restricción, en una creciente falta de comunicación directa y cotidiana con la sociedad en general. Los sectores que se veían beneficiados por los logros de ampliación de derechos fueron testigos oculares del desgaste de la gestión y de la no renovación. La falta de horizontes en la política pasó a contrastar con el arte de lo deseable y la utopía de largo plazo.
Finalmente, y de manera determinante, el cambio tecnológico generado por internet en los últimos 20 años transformó la comunicación instantánea y las redes de socialización, que dieron lugar a burbujas de aislamiento de personas, sectores y colectivos, gestionadas por grandes empresas digitales que vendieron la idea de libertad e igualdad total a quienes forman parte de sus plataformas.
A esto se sumó el salto cualitativo de la inteligencia artificial, que amplió la capacidad de reproducción de algoritmos diseñados y construidos según los intereses comerciales y empresariales de las grandes compañías tecnológicas que rodearon la segunda presidencia de Trump en la Casa Blanca, hace apenas dos años.
El tecnofeudalismo emergente no solo utiliza las redes, los algoritmos y la inteligencia artificial para hacer desaparecer procesos de espacio y tiempo; también alcanza las dinámicas de la vida diaria, reduciendo el esfuerzo de la acción y del pensamiento humano. También utiliza estas herramientas para vender productos y generar consumidores estratificados y dependientes de la adicción digital. Pero su alcance ya ha escalado a la construcción y manipulación política. Esto trastoca la dinámica democrática e institucional que daba a los pueblos una relativa autonomía para elegir gobernantes y consolidar instituciones de control de las acciones del poder.
Abordar las tres esferas en las que se produjo la colonización y manipulación de los mundos de la vida en Brasil, y por extensión en toda América Latina, así como en Estados Unidos y Europa, nos permitirá entender las relaciones de causa y efecto de lo que ha logrado hegemonizar. Este escenario se verá trastocado al salir de una posición defensiva y dejar de permitir que otros dirijan el rumbo político.
La recuperación del espacio público y de las calles, impulsada por jóvenes y colectivos diversos, restituye el eje del conflicto en torno al empoderamiento emancipatorio, en lugar de lo regresivo que se buscaba instalar con el retorno de la extrema derecha al gobierno. Asimismo, será necesario abordar el debate sobre el rol de la religión como parte de un proyecto de dominación o como elemento de identidad nacional y liberación.
Junto con las otras dimensiones, es determinante el manejo de las redes, los algoritmos y la inteligencia artificial para aplicar la teoría del judo de poner la fuerza de las nuevas tecnologías en favor de preservar logros y sobre todo del imaginario de avance social, autonomía nacional, diversidad y convivencia humanista. En esta tercera esfera es que queremos centrarnos en este artículo, que refleja el análisis que venimos haciendo entre Brasil y Uruguay.
Las claves de la victoria en segunda vuelta en Brasil
Una de las claves de la victoria en segunda vuelta en Brasil fue la estrategia conocida como “redes y calles” (RC), expresión que en portugués se sintetizó como “ruas e redes” (RR). No se trató simplemente de trasladar la campaña electoral a internet, sino de establecer una relación permanente de retroalimentación entre la movilización presencial y la actividad digital.
Las conversaciones directas con los electores, inspiradas en metodologías como el deep canvassing, se combinaron con una intensa producción de contenidos y una articulación de activistas en las plataformas. Las redes dejaron de ser únicamente un espacio de difusión de mensajes para convertirse en un terreno de organización, intervención y disputa política.
En este proceso adquirió un protagonismo singular el diputado federal André Janones, cuya actuación dio origen a lo que comenzó a denominarse janonismo. El propio parlamentario publicó un libro llamado Janonismo cultural. Comunicador político con una amplia experiencia en las redes sociales, Janones se destacó por desarrollar una metodología de movilización digital que buscó comprender y utilizar la lógica de funcionamiento de los algoritmos para disputar un espacio históricamente ocupado por la extrema derecha brasileña.
La principal innovación de la estrategia digital de la campaña de Lula para la segunda vuelta en Brasil fue convertir el conocimiento práctico sobre los algoritmos en una herramienta de organización democrática. En un entorno en el que las grandes plataformas concentran una parte sustancial del poder de definir qué se ve y qué permanece oculto, la experiencia brasileña muestra que la sociedad también puede aprender a actuar colectivamente sobre esos mecanismos.
Su principal iniciativa fue la creación del canal de Whatsapp “Exército do Lula”, que llegó a reunir aproximadamente 10,8 millones de seguidores y funcionó como un centro de coordinación de acciones en distintas plataformas. Más que un ejército de seguidores, se constituyó en una estructura de participación organizada, capaz de distribuir orientaciones, sincronizar iniciativas y transformar a personas que apoyaban la candidatura en agentes activos de comunicación política.
En el ámbito institucional, el Ejército de Lula, fue objeto de varias decisiones judiciales del Tribunal Superior Electoral, incluida una orden de suspensión dictada por otro de sus ministros, tras una solicitud de la campaña adversaria. Las medidas fueron criticadas como restricciones a la organización política digital. La controversia adquirió relevancia por las tensiones entre la movilización en las redes y la regulación electoral. Finalmente, el canal fue mantenido en funcionamiento.
Se generó un punto de apoyo para ejercer un contrapoder que hasta ahora la izquierda no lograba encontrar y que probablemente hizo perder las elecciones en Colombia. La construcción de una visión y apropiación con un sentido político de expresión de ampliación democrática, saliendo de lo conocido y controlado, en la propia batalla electoral permitió canalizar el respaldo en las calles de un sujeto político popular del que parecían haberse apartado las estructuras políticas gobernantes, que solo se centraban en una pulseada de candidatos más que de proyectos y sujetos colectivos de transformación social y política que los llevó a gobernar.
Estrategias de funcionamiento de los algoritmos de recomendación
Como planteamos al comienzo, la colonización de los “mundos de la vida” había reformateado las subjetividades tanto en lo político y lo religioso como en la comunicación. La centralidad de los cambios socioeconómico-culturales llevados adelante por los gobiernos progresistas fue perdiendo perspectiva respecto de las subjetividades que tienen una dinámica más autónoma que el acceso a los servicios públicos que les viabilizan la vida. Lo que muestra que el tema trasciende a una batalla electoral o a un triunfo en el balotaje, que por cierto da margen para repensar la relación de la política con la población.
La batalla cultural que han ido ganando las extremas derechas en varias dimensiones encontraron un límite que debe ser estudiado más sistemáticamente, pero sobre todo visualizar la llamada de atención a lo que se desprende de los cambios de época, la manipulación de las creencias y el nuevo sistema de comunicación digital para las democracias desafiadas en el siglo XXI que no aceptan la destrucción del sujeto político crítico y su ampliación en igualdad social para todas las personas, colectivos y pueblos.
En el plano operativo, el llamado janonismo desarrolló una verdadera pedagogía algorítmica: un conjunto de orientaciones prácticas para que miles de personas comprendieran cómo sus interacciones podrían influir en la circulación y recomendación de contenidos.
El llamado janonismo desarrolló una verdadera pedagogía algorítmica: un conjunto de orientaciones prácticas para que miles de personas comprendieran cómo sus interacciones podrían influir en la circulación y recomendación de contenidos.
Esa metodología puede organizarse en ejes como diversificación de actores y canales; reconocimiento de la no neutralidad del terreno digital; multiplicación coordinada de interacciones en las redes; alfabetización política sobre el mecanismo de funcionamiento de los algoritmos de recomendación y orientación para la inanición de la atención a contenidos de la extrema derecha en las plataformas.
El primero fue la diversificación de actores y canales. En lugar de concentrar toda la comunicación en los perfiles oficiales de la campaña, se estimuló la producción descentralizada de contenidos por parte de militantes, artistas, dirigentes, ciudadanos y referentes sociales. Videos, memes, testimonios, comentarios, fragmentos de discursos, publicaciones y fotografías permitieron multiplicar los emisores y alcanzar públicos diferentes. La diversidad de voces y formatos ampliaba las posibilidades de circulación y reducía la dependencia de los canales institucionales.
El segundo eje partía de un reconocimiento fundamental: el terreno digital no es neutral. Las plataformas tienen reglas propias de distribución, jerarquización y recomendación de contenidos. Comprender sus patrones estadísticos, observar qué publicaciones alcanzaban mayor circulación y reconocer los efectos de las interacciones se convirtió en una tarea política. La estrategia no consistía solamente en publicar más, sino en aprender a intervenir en las condiciones que determinan qué contenidos aparecen, a quiénes llegan y durante cuánto tiempo permanecen visibles.
El tercer eje fue la multiplicación coordinada de interacciones. Se incentivaron acciones simultáneas de publicación, comentarios, visualizaciones, compartidos y reacciones recíprocas. La participación colectiva buscaba activar los mecanismos de recomendación, ampliar la circulación de determinados mensajes y generar señales de interés para los sistemas algorítmicos.
A ello se sumó la sincronización de búsquedas y el uso articulado de hashtags, con el propósito de aumentar la presencia de determinados temas en las tendencias y en los resultados de búsqueda. La acción individual adquiría así una dimensión colectiva: cada publicación podía formar parte de una intervención más amplia sobre la economía de la atención.
El cuarto eje fue la difusión masiva de protocolos de actuación, una verdadera alfabetización política sobre los algoritmos. Los participantes recibían orientaciones sobre qué publicar, cómo interactuar, cuándo compartir y de qué manera contribuir a la circulación de los contenidos. La coordinación centralizada no anulaba la iniciativa individual, sino que ofrecía referencias comunes para que miles de acciones descentralizadas pudieran producir efectos convergentes.
También se desarrollaron estrategias de lo que podríamos denominar inanición de la atención. Frente a determinados contenidos de la extrema derecha, se orientaba a los participantes a evitar comentarios, respuestas o interacciones que pudieran aumentar su circulación, desplazándose rápidamente por las publicaciones. La lógica era sencilla: en plataformas donde la interacción puede funcionar como señal de relevancia, incluso una reacción negativa puede contribuir a amplificar un mensaje. No alimentar determinados contenidos se convirtió, por lo tanto, en una forma de intervención política.
La dimensión colectiva de esta metodología quedó particularmente visible el 17 de octubre, cuando Janones, a quien Lula llamó “general del Ejército”, convocó a una publicación coordinada de fotografías de simpatizantes con camisetas de la selección brasileña y símbolos nacionales. La iniciativa buscaba disputar la apropiación de los colores verde y amarillo, la bandera y los símbolos patrios por parte del bolsonarismo, y recuperar su significado como patrimonio común de la sociedad brasileña. Miles de personas participaron en una acción sincronizada que combinó identidad política, producción de imágenes y circulación algorítmica.
En la recta final, las transmisiones en vivo, incluida una maratón de comunicación que se extendió durante 24 horas en la víspera de la votación, buscaron mantener la movilización y la atención de los participantes hasta el momento decisivo.
El resultado fue una forma de hackeo de la economía de la atención. No se trató de alterar técnicamente los sistemas de las plataformas, sino de comprender sus incentivos, reconocer sus patrones y organizar acciones colectivas capaces de disputar la visibilidad. Las redes alimentaban las movilizaciones en las calles, mientras que las imágenes, experiencias y conversaciones presenciales regresaban a las redes como nuevos contenidos y motivos de participación.
La dispersión y adicción que generan las redes reproducidas en las burbujas, en las que se unidimensionaliza a las personas, reducen la capacidad de atención a los procesos que den autonomía crítica y condición de sujeto político no solo al consumidor, sino sobre todo al ciudadano. En tal sentido, trastocar esa lógica adquiere centralidad política para dar otra perspectiva al proceso electoral.
Eso abre otra mirada a la comunicación política como a los sentidos ideológicos que subyacen en los procesos políticos actuales que quitan autonomía crítica al ciudadano. Tema, por cierto, que siempre existió, pero que hoy se hace dilemático ante las tecnologías de byte y el instante de su difusión. Por eso el giro generado en el manejo de las redes debe superar la tentación de un uso solo para otros fines, pero manteniendo al ciudadano dependiente, para que sea una palanca para mayor conciencia política en el cambio de época.
Las lecciones de la experiencia brasileña para otros países
La dimensión de la victoria es aún más grande si se considera el escenario de intensa polarización, expansión internacional de la extrema derecha y creciente poder de las grandes empresas tecnológicas sobre la circulación de información y la formación de la opinión pública.
En pocas semanas vimos el desarrollo de lo que podemos llamar una praxis política, que logró a la vez tener una comprensión de cuáles eran las contracciones que impedían incidir en el proceso electoral para convocar a un apoyo que sostuviera la reelección, identificar dónde estaba la centralidad del sujeto político democrático y emancipador, que había reconquistado tanto las calles como parte de los mundos de la vida, de sectores aún no plenamente colonizados por una perspectiva reactiva y sumisa a una lógica que profundiza la alienación social, cultural y política, y el rol que jugaban las redes, algoritmos y mensajes en su socialización al instante que la dinámica actual reclama.
Esto implica que la cuestión no parece ser solo el manejo de las redes, como muy rápidamente se comenzó a difundir y buscar imitar en otras realidades en proceso, como España, sino que requiere una intuición, análisis y propuesta integrada de cómo se vinculan y relacionan las dimensiones que conforman una población en su diversidad, subjetividades y miradas de sentidos, demandas y cosmovisiones que son amplificadas o jerarquizadas en una perspectiva electoral.
El haber trastocado una tendencia que para muchos analistas parecía “inevitable” genera una gran lección sobre que todo escenario político es abierto dependiendo de cómo se logren articular virtud y fortuna, al decir de Maquiavelo, pero no como una casualidad, sino como una causalidad de otra forma de ejercer la política que permite sostener un poder que se conserve como más democrático y emancipatorio en una nueva economía política.
Pero eso abre la necesidad de abordar cuáles son los desafíos de la izquierda y los progresistas en el cambio de época, para recobrar sentido y propuesta de futuro que dinamice en el presente un “principio esperanza”, de otro mundo posible, que no se agote en temas instrumentales, sino que repiense la política como el arte de lo deseable, del bien común, para sociedades más equitativas, justas y libres a pesar de la andanada de las extremas derechas.
Pasar de las pedagogías de la dominación, manipulación y crueldad a las pedagogías algorítmicas de la esperanza y la participación constituye procesos de ampliación democrática que reclaman sostener un vínculo e involucramiento con los mundos de la vida de la población que permitan dar sentido a las políticas por una sociedad distinta.
Asimismo, la democracia reclama un debate sobre su ampliación en el siglo XXI, dado que se ve desafiada desde su caducidad, formas autoritarias y el límite de las formas liberales, con una perspectiva más social o de mercado, pero que no pueden trastocar ni la matriz productiva, ni las relaciones de poder fáctico e histórico en la relación entre representación, participación y deliberación para un ecosistema más reflexivo que dé autonomía crítica al ciudadano.
Abordar la relación con los algoritmos es un paso sustantivo para que el ciudadano esté menos manipulado y sea sujeto político para las consecuencias de las nuevas tecnologías en nuestras sociedades.
La estrategia de redes y calles deja una lección relevante para las fuerzas democráticas de Brasil y de otros países: la disputa por la democracia también se libra en la arquitectura de la atención, y ese terreno no tiene por qué pertenecer a la extrema derecha. Democratizar la democracia hoy adquiere una nueva perspectiva, en la que los algoritmos pueden ser una dimensión para la expresión crítica de la ciudadanía y no un instrumento de dominación y alienación.
Atahualpa Blanchet es investigador en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de San Pablo (IEA/USP). Nelson Villarreal es docente e investigador del Instituto de Historia de las Ideas de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República.
