La llegada a Uruguay del papa católico León XIV, nacido Robert Francis Prevost en Chicago hace poco más de 71 años, tiene significados muy diversos. Para la parte de nuestra población que lo ve como representante de una divinidad, es una experiencia intransferible de cercanía con el orientador de su comunidad cercana y de más de 1.420 millones de creyentes en el planeta. Para otras personas es un hecho sin importancia o incluso molesto. Hay también quienes, con o sin creencias religiosas, valoran el acontecimiento como una posibilidad de que sus propias posiciones resulten fortalecidas por la influencia del visitante y seleccionan del mensaje papal lo que comparten o les conviene.
El catolicismo institucional tiene una configuración ideológica compleja, con componentes conservadores y progresistas, corrientes internas y disputas de poder. Cada papa tiene su forma, en algunos casos más disruptiva y en otros más conciliadora, de conjugar esos factores en interacción con los cambios del mundo.
León XIV, elegido hace apenas un año y medio, reivindica la justicia social, el respeto a la diversidad, el multilateralismo y el cuidado del ambiente, al tiempo que cuestiona el belicismo, el acoso a las personas migrantes, la polarización política y “la falsa visión de la meritocracia”. A la vez, mantiene definiciones tradicionales de la Iglesia católica contra el aborto, la eutanasia y la llamada “ideología de género”, un término acuñado por el propio Vaticano.
Por otra parte, el primer papa estadounidense impulsa un enfoque interesante sobre las cuestiones éticas contemporáneas vinculadas con la inteligencia artificial. En las últimas décadas, además, la incidencia católica en la región, aunque sea menguante y presente las complejidades ya mencionadas, puede considerarse a grandes rasgos más positiva que la de algunas iglesias evangélicas conservadoras en pronunciado ascenso.
Es llamativa la decisión de que el laico Uruguay sea el primer destino en América Latina de León XIV, con una duración de la estadía y una cantidad de ciudades visitadas similares a las de su siguiente escala en Argentina, mucho más extensa y poblada, cuya población católica supera por lejos a la nuestra en términos absolutos y porcentuales. En ausencia de una explicación oficial, cabe especular si esto implica voluntad de respaldo a la Iglesia local en el país más secularizado de la región, si expresa cierta sintonía con las posiciones del Estado uruguayo en el escenario internacional, o si han incidido otros motivos.
Sea por lo que fuere, parece haber un interés especial en nuestro país, y podemos preguntarnos si hay motivos para corresponderlo. En este desconcertante cambio de época, el interés de la visita de León XIV a Uruguay tiene que ver, en buena medida, con la conveniencia de amplios diálogos y acercamientos para defender valores amenazados de convivencia democrática y solidaridad social. En ese terreno hay, por cierto, diferencias relevantes entre la doctrina católica y el común denominador nacional, pero también existen puntos de contacto nada despreciables.