Fin de semana Posturas

La llave del papa

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

En el itinerario de la visita papal a punto de desarrollarse por Uruguay está incluida la clásica entrega de la “llave de la ciudad” por parte del intendente de Montevideo, Mario Bergara, como es tradicional que se haga con todos los visitantes ilustres. Pero no queremos en esta ocasión referirnos a esta llave, sino a otra: a la “llave del papa”. De este papa y de los papas anteriores. Esa que se encarga de abrir puertas o muy bien cerradas o caprichosamente cerradas. Esa llave que permite ver hacia dentro y hacia fuera; esa que genera oportunidades de ver al Santo Padre y muy especialmente de vernos a nosotros mismos.

¿Por qué decimos esto? La manera en que se expresó la laicidad en Uruguay en el siglo XX primero y luego en el actual, entendida muchas y equivocadas veces como laicismo, hizo creer o dar a entender, sin razón, que los uruguayos (y especialmente los montevideanos) éramos la mayoría irreligiosos o ateos y que no profesábamos o exhibíamos ninguna fe, creencias o sencillamente estábamos (o estamos) distanciados de lo religioso.

Por el contrario, las expresiones multitudinarias de las visitas de Juan Pablo, como la que seguramente veremos ahora con León, demuestran todo lo contrario y que puede hasta sorprendernos encontrar una espiritualidad y fe que anida en nosotros, en nuestra formación y en nuestra identidad mucho más de lo que pensamos.

En aquella primera visita, entre el Obelisco a los constituyentes, la plaza de la Democracia con la bandera y la vista en el horizonte de la casa de gobierno, por aquel entonces en el otro extremo de Bulevar Artigas, permitieron que Tres Cruces fuera el escenario y, a su vez, la llave con la que los allí presentes se pudieron ver, ni tan pocos en número ni tan distantes de lo religioso.

Como era de esperar, apareció la polémica relacionada con la conveniencia y la pertinencia o no de dejar la cruz en el lugar de la celebración como recuerdo del momento histórico. Se reiteró la discusión que ya había estado presente 50 años atrás con la cruz en el cerro Pan de Azúcar. Pero otra vez la llave funcionó y se abrió la oportunidad. El presidente Julio María Sanguinetti, agnóstico declarado, entendió que la permanencia de la cruz daba cuenta de la madurez, la tolerancia y el respeto con el que habían logrado convivir los uruguayos.

En otras tiendas, el doctor Héctor Lescano, diputado del Frente Amplio por el Partido Demócrata Cristiano, abogó y así votó en el Parlamento sobre la permanencia de la cruz del papa en el lugar público. La llave abrió la puerta porque rompió con la postura que, hasta el momento, sostenían los legisladores de la izquierda acerca de lo religioso.

En esa oportunidad, Lescano prefirió apoyar la iniciativa no solo por su identidad partidaria y religiosa, sino también para defender una concepción de la laicidad “positiva” y plural, así como dentro de una coalición de izquierda, también plural, debían respetarse las profundas convicciones religiosas de los integrantes que las tuvieran.

Que sean estos tres días de visita una oportunidad para seguir abriendo puertas. Laicidad, libertad, justicia social, soberanía y fraternidad están en el llavero del sucesor de Pedro.

Frente a quienes sostenían que la cruz violaba la debida neutralidad del Estado, Lescano afirmó que la laicidad debe entenderse como un espacio de libertad para todas las manifestaciones del espíritu humano, y no como la prohibición o el ocultamiento de lo religioso en la vida pública. Para él, un Estado laico no es un Estado antirreligioso, sino uno que respeta el sentir de sus diversas comunidades. La llave abrió puertas para el futuro también, pues la defensa de su postura marcó un precedente en la política uruguaya sobre cómo los legisladores cristianos de izquierda articulaban su fe con sus obligaciones partidarias.

También en esta oportunidad, la visita de León al barrio Casavalle nos permite salir de cierta paquetería (¿insensibilidad?, ¿negación?) que solemos tener, y poder mostrar todo lo que tenemos pendiente y por hacer en el territorio por nuestros compatriotas y, a la vez, mucho de lo que hemos hecho, especialmente con la animación que la Iglesia católica tiene allí para llegar a aquellos que como más infelices deben ser los más privilegiados.

La llave de justicia social y amor al prójimo, tan propias de los autodenominados papas León, también había sido utilizada durante la histórica misa campal del 9 de mayo de 1988 en Salto por el obispo de aquella diócesis, monseñor Marcelo Mendiharat, cuando se realizó la segunda visita de Juan Pablo II al país. Monseñor Mendiharat, luego del largo exilio impuesto por la dictadura cívico-militar uruguaya, en aquella celebración se pronunció primero que nada por la alegría que significaba recibir al Santo Padre en el marco del retorno en Uruguay de las instituciones democráticas, tras haber pasado los que llamó los “años de plomo”. Inmediatamente, se refirió a la opción por la justicia, la realidad social, marcada por las dificultades de los trabajadores y los más necesitados, todo esto alineado con las Comunidades Eclesiales de Base y la Pastoral Social que impulsaba en su diócesis con el compromiso vivo con el evangelio y las realidades del pueblo.

Juan Pablo II, en su homilía, respaldó las preocupaciones de la Iglesia local y apoyó así públicamente a Mendiharat ante los miles de fieles que colmaban el predio, legitimando su figura pastoral tras el exilio y respaldando la orientación evangélica de su labor como obispo y de su comunidad. De Salto a Casavalle, “vengan y vean”.

Así, entonces, tendremos como llave muy preciada en esta visita de León la promoción de los individuos y sus derechos, pero también todo lo referido a las libertades de los pueblos, a los falsos profetas y a los nuevos instrumentos tecnológicos del poder. Sobre esto, el papa León se ha plantado con valor (e invita a hacerlo, al igual que su antecesor) en estos tiempos tan inclementes y en este mundo en el que el sueño de convivir en sociedades más justas y fraternas se ve avasallado por fuerzas prepotentes.

Que sean estos tres días de visita una oportunidad para seguir abriendo puertas. Laicidad, libertad, justicia social, soberanía y fraternidad están en el llavero del sucesor de Pedro, en nombre del Nazareno.

Alejandro Sánchez Blanco es integrante de la Junta Nacional del Partido Demócrata Cristiano.

¿Te interesan las opiniones?
None
Suscribite
¿Te interesan las opiniones?
Recibí la newsletter de Opinión en tu email todos los sábados.
Recibir