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Después de Bolívar, Bad Bunny

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La repercusión extraordinaria de la actuación del cantante puertorriqueño Bad Bunny y de otros reconocidos músicos e integrantes de la cultura latinoamericana se presenta hasta ahora como el golpe más radical a la estrategia imperialista liderada por Donald Trump. Es un signo muy propio de estos tiempos que esta estrategia contrahegemónica no sea liderada por la “política”.

El primero en sostener un sueño integrador de nuestro continente y en ver en la concreción de este desafío las posibilidades reales de desarrollo para nuestros pueblos fue Simón Bolívar. Llegó en 1826 a convocar un Congreso Americano, convirtiéndose así en el primer intento de materializar tan anhelado sueño. Al llamado a formar dicha confederación no fue invitado Estados Unidos.

Luego vendrían otras iniciativas: el Primer Congreso Americano de Lima (1847), el Congreso Continental de Santiago de Chile (1856) y el Segundo Congreso Americano de Lima (1864). Ninguno de estos intentos prosperó, hasta que en 1889, liderado por Estados Unidos y su estrategia expansionista continental expresada en la Doctrina Monroe, se convoca la Conferencia Panamericana en Washington. El objetivo era conformar una unión aduanera y crear una moneda común; quien lideró la oposición a dichos objetivos fue Argentina, paradojas de la historia.

De estos encuentros, realizados entre 1889 y 1890, surge la creación de la Unión de Repúblicas Americanas el 14 de abril de 1890, antecedente directo de la Organización de Estados Americanos, creada en 1948 como consecuencia de la nueva arquitectura internacional surgida tras la culminación de la Segunda Guerra Mundial.

Pero el sueño de Bolívar era otro: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos y caracteres desemejantes dividen a la América. ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, para tratar los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo”.

Estamos viviendo un cambio de época más que una época de cambios. El orden internacional de posguerra se desmorona, pero no solo eso. Hay tres fuerzas que se están combinando y que reconfiguran el mundo tal como lo conocemos.

La tecnología es una de esas fuerzas. Si se toma el ranking de las empresas más grandes del mundo, se verá que las diez primeras son tecnológicas. Por ejemplo, el economista griego Yanis Varoufakis habla de “tecno-feudalismo”; según su interpretación, el capitalismo como lo conocíamos está muerto. Los gigantes tecnológicos actúan como verdaderos señores de la “nube”, controlando una infraestructura esencial para la vida económica.

Mientras la política de izquierda parece no terminar de despertar de lo que a veces parece un cómodo letargo, parece ser desde la cultura que las voces se alzan y conectan con las nuevas sensibilidades ciudadanas.

El segundo gran cambio es geográfico. El principal es la emergencia de un mundo posoccidental. Si comparamos el PIB industrial global, China representa el 31%, Europa el 20%, Estados Unidos el 15%, Japón el 6% y América Latina el 5%. Occidente declina, pero Estados Unidos resiste de la mano de su poderío militar.

Otro cambio relevante es el descongelamiento del océano Ártico. El calentamiento global está provocando que una zona que permanecía congelada la mayor parte del año cambie. Así se convierte en una ruta comercial estratégica para conectar Europa con Asia: con una demora de entre 18 y 20 días, frente a los 35 o 40 que hoy insume el Canal de Suez. Esto explica en buena medida la obsesión de Donald Trump con Groenlandia.

Por último, el cambio demográfico. El envejecimiento poblacional en buena parte de Occidente genera desafíos profundos al modelo de Estado de bienestar, consolidado sobre todo a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial. El promedio de edad en Europa es hoy de 44 años, mientras que en África es de 19.

En 1900 Europa tenía 407 millones de habitantes y África, 139 millones. En la actualidad Europa tiene 745 millones y África, 1.500 millones. Para 2100, las proyecciones arrojan 592 millones para Europa y 3.800 millones para África.

La política, y en particular la política de izquierda, difícilmente pueda confrontar los desafíos contemporáneos reproduciendo conceptos y modelos de una época que se termina. Colocar en el núcleo del debate político una posición que ponga en el centro al ser humano como proyecto colectivo se presenta como el principal desafío. Para ello habrá que encontrar nuevos conceptos para nombrar lo que pretendemos, porque las viejas palabras —incluso el propio concepto de “izquierda”— quedan demasiado chicas para los desafíos que enfrentamos.

Probablemente el concepto más apropiado sea el de “humanismo”, donde deberían combinarse valores universales como la justicia, la paz, la cooperación, la ciudadanía universal, la libertad y la ecología en su definición más amplia.

En los últimos años en Uruguay hubo un solo dirigente político que planteó con visión estratégica algunos de estos debates: Pepe Mujica. Y conviene recordar que abrazó con fuerza la necesidad de la unión latinoamericana.

Frente a la reinstalación de la pretensión imperialista liderada por Estados Unidos, las principales potencias comienzan a rearmarse. La lucha es por recursos estratégicos: petróleo, agua y tierras raras. Si América no se une, será nuevamente esquilmada, como hace quinientos años y como lo fue tantas veces a lo largo de la historia. El cambio de nombre del continente por Amazonía, tener un himno y una bandera, estaban entre los últimos sueños manifestados por Pepe.

Mientras la política de izquierda parece no terminar de despertar de lo que a veces parece un cómodo letargo, parece ser desde la cultura que las voces se alzan y conectan con las nuevas sensibilidades ciudadanas.

Pepe, quién iba a decir que iba a ser desde Estados Unidos, núcleo de la actual barbarie imperialista, que comenzaría a escribirse ese himno latinoamericano que tanto anhelabas.

Marcos Otheguy es integrante de Rumbo de Izquierda, Frente Amplio, y presidente del Banco de Seguros del Estado.

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