El colectivo Montevideo Más Linda adquirió visibilidad mediática a partir de sus acciones voluntarias en la ciudad, como las recientes pintadas en el pasaje de la Universidad de la República. Según lo expresado en los medios por representantes del colectivo, pretenden destacar la iniciativa ciudadana en la limpieza y el mantenimiento de fachadas en zonas céntricas de la capital.
Más allá de las intenciones del colectivo por acentuar el carácter positivo de sus tareas, no tardaron en activarse intercambios en las redes sociales digitales sobre el rol de la ciudadanía en los espacios públicos y los debes de las instituciones estatales en esta materia. Entre estos intercambios virtuales predominaron agravios estigmatizantes sobre los supuestos autores de los reiterados grafitis en los muros del pasaje en la calle Emilio Frugoni.
Allí es cuando vemos que el concepto de ciudad “linda”, usado además como sinónimo de ciudad “limpia”, se plantea en conflicto con la presencia de determinados sujetos en las calles. Cuatro días después de la limpieza y pintada voluntaria de vecinos y vecinas sobre el callejón aparecieron algunos grafitis en el muro; uno incluía la firma de un usuario de Instagram. Los usuarios no demoraron en activar una cacería del presunto autor de las nuevas pintadas y, bajo el prejuicio racial sobre el autor del hecho, dejaron como comentarios una ola de amenazas e insultos racistas.
Si bien las motivaciones del colectivo Montevideo Más Linda lejos estaban de provocar este tipo de reacciones, las respuestas racistas han sido los principales efectos, al generar una canilla libre de discursos violentos. El mantenimiento estético de un inmueble devino en pretexto para ir contra los subalternizados de siempre.
“El odio atrae odio”, proclama uno de los afiches pegatineados esta semana en la misma pared que fue firmada/grafiteada días atrás. Otros afiches, en hojas A4, tienen una serie de capturas de pantalla con los comentarios. Entre los agravios predominan insultos tales como “negro de mierda tenías que ser” o “siempre es un marrón del cante, no falla”.
Por más que parezca ajeno a nuestras coordenadas, ya no es novedad el uso del término marrón como insulto en Uruguay, especialmente en redes sociales como X. La identidad marrón es una categoría reivindicada por comunidades indígenas, afrodescendientes y afroindígenas de la región, una manera de honrar ancestralidades presentes y de potenciar la agencia política. Por ejemplo, en Argentina existe desde hace años el colectivo Identidad Marrón, que denuncia el racismo en ese país. Hace pocos días, el cantante Milo J también se reivindicó marrón ante quienes creían insultarlo llamándolo así en Instagram y X. En Uruguay la tendencia es el uso despectivo de este término.
¿Qué es un muro limpio? ¿Un muro pintado de gris? ¿Quiénes tienen potestad de dibujar las paredes y quiénes no? ¿Por qué algunos trazos son “arte” y otros son “mugre”?
A simple vista, la conservación patrimonial no parece tener que ver con el racismo; sin embargo, está recubierta de moralidades que la transversalizan y el descontento se tradujo inmediatamente en clave racial. Ese marronaje acusado refleja la construcción de otredad, un supremacismo frente a esos “otros” que representan un estorbo, una presencia indebida en la ciudad; los supuestos “incivilizados”. El ensañamiento así lo manifiesta, a través del prejuicio racial, dígase, asignar atributos, características intelectuales o morales inherentes a los cuerpos racializados, lo que conlleva mecanismos de exclusión. Lo que comenzó como un movimiento de concientización de los espacios públicos desembocó en una cacería motivada por la discriminación.
¿Qué es una ciudad limpia? Hablar de limpieza, de limpiar la ciudad –como sinónimo de dejarla “linda”–, en simultáneo al Operativo Calle, aplicación de la Ley de Faltas focalizada de Cordón a Ciudad Vieja, con policías, oficiales de la Guardia Republicana e incluso bomberos, junto a trabajadores del Ministerio de Desarrollo Social, levantando a personas en situación de calle de sus “campamentos” improvisados ante la falta de soluciones habitacionales y de otras respuestas estatales más estructurales, como trabajo, salud, atención en salud integral –básicamente, la falta de garantías para tener una vida digna–, no es usar cualquier adjetivo ni apoyar cualquier acción ciudadana.
Hablar de limpieza de la ciudad y que el trazo de una firma de Instagram se traduzca rápidamente en amenazas de muerte virtuales contra quien aparentemente hizo esas líneas en la pared recién pintada de gris, mientras nos horrorizamos por el avance de las patotas de ICE en Mineápolis, dice mucho de nuestra hipocresía.
Hablar de que una ciudad es linda pintando sus muros de gris nos aleja del latinaje colorido del que somos parte.
¿Qué es un muro limpio? ¿Un muro pintado de gris? ¿Quiénes tienen potestad de dibujar las paredes y quiénes no? ¿Por qué algunos trazos son “arte” y otros son “mugre”? ¿Cómo hacer para que cuidar la ciudad y construir ciudadanía, actuando juntos como vecinos y vecinas que somos, no sea un chispazo de encuentro y se transforme rápidamente en una llamarada de odio que, sin titubeos, deriva en estigmatización y racismo?
El afiche “El odio atrae odio” interpela la reacción violenta. Los periódicos murales siguen informando. Aparentemente, el grafiti en un muro se resuelve con pintadas. Pero ¿cómo se resuelve el racismo estructural, que excluye, amenaza y mata?
Azul Cordo es periodista y productora, colaboradora habitual de la diaria Feminismos. Valentina Febrero es antropóloga social, investigadora del Laboratorio de Arqueología del Paisaje y Patrimonio del Uruguay de la Universidad de la República.