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Algoritmos, ciudadanía y el valor de lo común

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Hay preguntas que, por incómodas, tendemos a postergar. Pero hay momentos en que se vuelven inevitables. ¿Cuál es hoy el rol de los medios públicos en un ecosistema dominado por algoritmos?

Detrás de esa pregunta hay otra, más profunda y más urgente: ¿qué lugar ocupa la ciudadanía en un mundo donde la información ya no se organiza principalmente por decisiones humanas, sino por sistemas automatizados?

Vivimos una transformación silenciosa, pero decisiva. La tecnología ya no solo media la comunicación: la estructura. Lo que vemos, leemos o escuchamos está cada vez más determinado por algoritmos que clasifican, priorizan y distribuyen contenidos en función de nuestros comportamientos. No son neutros. Tienen lógica, objetivos y, sobre todo, efectos concretos: ordenan la conversación pública, definen qué es visible y qué no, amplifican ciertas voces y relegan otras.

El problema no es tecnológico. Es político y cultural. Porque lo que está en juego no es únicamente cómo circula la información, sino cómo se construye lo público.

En ese escenario aparece una tensión cada vez más evidente. Mientras los algoritmos optimizan la atención y segmentan audiencias hasta niveles extremos, los medios públicos tienen una responsabilidad distinta: aportar a sostener la idea de ciudadanía, a reconstruir lo común, a garantizar que la conversación no quede microfragmentada.

Frente a esto, hay una tentación comprensible: competir en el mismo terreno. Ser más rápidos, más virales, más “optimizados”. Pero ese camino, en muchos casos, implica diluir aquello que define la razón de ser de los medios públicos. Porque los medios públicos no existen para maximizar clics. Existen para garantizar derechos: el derecho a la información, a la diversidad, a formar parte de una conversación que no esté regida exclusivamente por la lógica del mercado.

Un ejemplo reciente ayuda a dimensionar este desafío. La decisión de transmitir el Mundial de fútbol por televisión abierta y de forma gratuita no es solo una apuesta de programación. Es una definición sobre cómo se construye una experiencia colectiva en tiempos de consumo fragmentado.

Mientras las plataformas tienden a reducir el evento a clips virales y consumos individuales, la televisión pública propone otra cosa: vivir un mismo acontecimiento al mismo tiempo. Recuperar el sentido de lo compartido. No solo ver un partido, sino comprenderlo en contexto, vincularlo con la cultura, la identidad, la historia de un país. En un mundo que personaliza todo, hay algo profundamente valioso en lo que sigue siendo común.

Mientras los algoritmos optimizan la atención y segmentan audiencias hasta niveles extremos, los medios públicos tienen una responsabilidad distinta: aportar a sostener la idea de ciudadanía, a reconstruir lo común.

Esto no implica negar la tecnología ni el entorno digital. Por el contrario, implica entenderlo mejor. Incorporarlo. Utilizar sus herramientas. Pero desde otra lógica: no la de capturar atención individual a cualquier costo, sino la de expandir experiencias colectivas y fortalecer el vínculo social. Ahí está, quizás, el verdadero desafío: cómo apropiarse de la tecnología aprovechando lo mejor de ella para amplificar lo colectivo.

Porque los algoritmos pueden organizar contenidos, pero no necesariamente construyen sentido y no garantizan pluralidad. No sostienen la memoria. Y, sobre todo, no pueden reemplazar la responsabilidad de decidir qué es relevante para una sociedad. Esa sigue siendo una tarea humana, propia de la gestión política en el sentido más amplio del término. Y, por eso, en gran medida, una tarea de los medios públicos.

Hoy más que nunca, se vuelve necesario innovar y repensar su rol, a partir del reconocimiento de su misión fundacional. Medios que integren televisión, radio y plataformas digitales, que incorporen nuevas tecnologías –incluida la inteligencia artificial–, con un propósito claro: ampliar derechos, generar contexto, hacer comprensible la complejidad del mundo.

En tiempos de fragmentación, lo público no es solo un sistema de medios. Es un espacio de encuentro. Y ese espacio no se construye automáticamente. Se construye con decisiones. Se construye con una mirada sobre la sociedad que no se limite a seguir tendencias, sino que también sea capaz de orientarlas.

Hablar de algoritmos y ciudadanía es, en definitiva, hablar de equilibrio. De cómo convivimos con sistemas que aprenden de nosotros sin dejar de preguntarnos qué tipo de comunidad queremos ser. Porque si la lógica algorítmica se convierte en la única forma de organizar la conversación pública, el riesgo es claro: perder lo común. Y sin lo común, la ciudadanía se debilita.

En ese escenario, el rol de los medios públicos no es accesorio. Es, en muchos sentidos, irremplazable. Ser el lugar donde lo diverso convive. Donde lo relevante no queda oculto. Donde la información no solo circula, sino que se entiende.

Porque mientras la tecnología acelera y el algoritmo organiza el mundo, se necesita ayuda para interpretar, para garantizar que no perdamos el rumbo. Esa es, quizás, una de las tareas más importantes de nuestro tiempo.

Erika Hoffman es presidenta del Servicio de Comunicación Audiovisual Nacional (Secan) y directora de Canal 5.

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