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Cuando marzo termina, la ofensiva sigue

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Se fue marzo y queda, otra vez, esa incomodidad difícil de disipar. Durante unas semanas se multiplicaron las consignas, los balances, las campañas institucionales y las apelaciones a la igualdad. Se habló más de violencia, de derechos, de cuidados, de desigualdad. Se recordó que falta mucho. Sin embargo, cuando el mes termina, baja el volumen y lo que queda no es calma. No solo porque la violencia continúa, no solo porque las desigualdades persisten, no solo porque los derechos nunca terminan de asentarse del todo. Queda también la sensación de que algo más se mueve, de que el terreno mismo de la disputa se ha vuelto más áspero, más denso, más cargado de agresividad.

Me interesa partir de ahí. No tanto para hacer un balance de marzo, sino para insistir en la pregunta que queda abierta: ¿en qué panorama estamos cuando el “Mes de las Mujeres” se acaba? ¿Qué clima político y afectivo habitamos cuando se apagan las consignas y vuelven a hacerse sentir las fuerzas que trabajan, de forma sostenida, por reactualizar jerarquías?

Hace tiempo vengo pensando e investigando el entrecruce entre sexualidad, política y religiosidad en algunas iglesias de Uruguay. En ese recorrido fui encontrando algo que hoy me resulta difícil dejar de ver: el género y la sexualidad no aparecen en estas tramas como temas secundarios, laterales o meramente morales. Funcionan, más bien, como una clave privilegiada para leer el presente, clasificar enemigos, explicar malestares, ofrecer certezas y producir adhesión. Allí donde hay quienes ven apenas opiniones conservadoras sobre la familia, yo veo –y no solo yo, obviamente– algo más amplio y más inquietante: una forma de reorganización política que hace del género y la sexualidad un campo estratégico de disputa.

Recordemos un evento de derecha llevado a cabo hace menos de un año en un gran espacio religioso de Uruguay. Allí se condensaron con especial nitidez estas dinámicas. Allí confluyeron referentes religiosos, figuras del conservadurismo regional, comunicadores, activistas y públicos movilizados por la cruzada contra la llamada “ideología de género”, la “agenda woke”, el “marxismo cultural” y otras fórmulas equivalentes convertidas en explicación del deterioro social. No me voy a detener en la enumeración de nombres, muchos de ellos ya los conocemos casi que de memoria.

La escena que esa reunión dejó ver es más profunda. Estamos ante una política que ya no se piensa y presenta solo como desacuerdo ideológico, sino como confrontación moral total. “No es batalla cultural, es guerra espiritual”; la frase, además de estridente, condensa y nombra con brutal claridad una operación que atraviesa hoy a buena parte de los neoconservadurismos antigénero en la región: la traducción de conflictos sociales, políticos y culturales a una clave moral absoluta, donde ya no hay adversarios con quienes disputar, sino enemigos a derrotar y hasta aniquilar; donde ya no hay desacuerdo democrático, sino amenaza civilizatoria; donde ya no se discuten políticas, sino que se convoca a combatir el mal.

Uruguay suele narrarse a sí mismo como excepción laica y progresista. Esa autopercepción, en algunos planos, ha tenido efectos históricos concretos y de suma relevancia. Pero también ha operado como punto ciego, de invisibilización y hasta subestimación de ciertos fenómenos. Aquí también se consolidan alianzas entre actores religiosos conservadores, ultraderechas y retóricas antigénero. La laicidad no siempre funciona como límite y puede incluso ser reapropiada como recurso de victimización.

Me interesa detenerme en esto último. Una parte significativa de estos actores no se presenta públicamente como enemigo de la democracia, al contrario. Habla de libertad de expresión, de libertad de culto, de derecho a disentir, de defensa de la familia, de protección de la infancia, de sentido común. Esa es precisamente una de sus mayores eficacias: la capacidad de traducir proyectos autoritarios a lenguajes políticamente circulables, incluso respetables. No irrumpen desde afuera del juego democrático, trabajan desde dentro, desplazando sus bordes, erosionando la legitimidad de la igualdad y reinstalando jerarquías bajo el nombre de la libertad. Cuando eso ocurre, el problema ya no es solo qué derechos se discuten, sino qué idea misma de lo común queda en pie.

Estamos ante una pedagogía afectiva del miedo, del odio y de la amenaza. Un dispositivo, en el mejor sentido, foucaultiano. Un ensamblaje de discursos, cuerpos, escenografías, intensidades afectivas y hasta espirituales que organizan percepciones en torno al conflicto político contemporáneo y vuelve deseables ciertas respuestas. Allí, feminismos, disidencias sexuales, políticas de igualdad y lenguajes de derechos aparecen condensados como signo de decadencia, como amenaza a la infancia, a la nación, a la autoridad y al orden.

Una operación que atraviesa hoy a buena parte de los neoconservadurismos antigénero en la región: la traducción de conflictos sociales, políticos y culturales a una clave moral absoluta.

¿Podremos decir que estamos ante una trama político-religiosa que modela afectos e interpretaciones del mundo y vuelve vivibles respuestas autoritarias? Creo que cabe dejar resonando esa pregunta y evidenciar que, en particular, el género y la sexualidad se han convertido en un lenguaje privilegiado para organizar malestares, producir enemigos y ofrecer promesas de orden. Son dos palabras que reúnen ansiedades dispersas y ofrecen un adversario responsable y reconocible allí donde la experiencia social aparece fragmentada, incierta o herida.

Me pregunto, entonces, ¿seguimos subestimando esa capacidad de articulación?, ¿qué nueva subjetividad está emergiendo?, ¿la militante-creyente-fanática-iluminada-salvadora? Estamos ante un desafío importante, el de la conformación de una subjetividad muy particular: que no se vive a sí misma como obediente, sino como heroica; no como sometida, sino como llamada, convocada; no como disciplinada, sino como valiente. Allí hay una clave importante. Estos proyectos interpelan también desde la épica. Ofrecen una identidad activa a quienes sienten que algo del mundo se les desordena entre las manos. Les ofrecen una misión, una comunidad, una lógica del sacrificio, una verdad clara en medio de la incertidumbre. Hay que preguntarse también qué alivio ofrecen. Qué orden prometen. Qué tipo de reparación subjetiva ponen en circulación, porque allí reside buena parte de su fuerza.

En definitiva, estos discursos dicen qué está bien, qué está mal, quién amenaza, quién salva, qué hacer. Y en esa claridad, ¿se juega una forma de consuelo? O, mejor dicho, ¿sobre qué se construye ese consuelo? ¿Exclusión, disciplinamiento, restauración de jerarquías patriarcales, sexuales, raciales, económicas y políticas?

Marzo, leído desde aquí, no aparece únicamente como un mes de visibilización y lucha feminista. Es también un recordatorio del nivel de reorganización alcanzado por las ofensivas neoconservadoras. La cuestión ya no es si existen sectores que rechazan la agenda de género. Eso lo sabemos hace tiempo. Ya lo dijo Sonia Correa, estamos ante una hidra de múltiples cabezas que atacan por diversos frentes.

Entonces, la pregunta ¿qué nos depara lo que viene? no puede responderse con optimismo vacío ni con fatalismo. Lo que viene, en buena medida, ya está aquí. Está en la capacidad de estos dispositivos para expandirse más allá de sus espacios más visibles. Está en su aptitud para ofrecer coherencia donde hay fragmentación, mandato donde hay incertidumbre, enemigo donde hay complejidad. Y está también, aunque no siempre queramos verlo, en nuestra dificultad para disputar no solo sus argumentos, sino sus promesas afectivas.

Ahí, me parece, hay una tarea política e intelectual urgente. No basta con mostrar la inconsistencia de sus pánicos morales. No basta con defender, una vez más, que los derechos no le quitan nada a nadie. No basta con confiar en que tanto la institucionalidad democrática como la lucha, por sí solas, contendrán el avance de estas fuerzas. Hace falta comprender con más fineza qué experiencias de pérdida, de desposesión, de miedo y de búsqueda de orientación están siendo capturadas por estas nuevas derechas aliadas. Hace falta pensar cómo disputar no únicamente el sentido común, sino también el alivio que prometen. Hace falta, en otras palabras, una política capaz de ofrecer otras formas de amparo, de inteligibilidad y de futuro.

Marzo termina, la ofensiva no.

Laura Mercedes Oyhantcabal es antropóloga y magíster en Estudios de Género.

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