En la última semana se han puesto en agenda algunas encuestas de opinión pública que dan cuenta de un proceso de caída sistemática de la aprobación de la gestión del presidente Yamandú Orsi, ubicándolo en el nivel más bajo desde el comienzo del gobierno. La encuesta de Factum muestra que el 29% de la población aprueba la gestión del presidente, el 24% ni la aprueba ni la desaprueba y el 46% la desaprueba.1 Si bien la aprobación presidencial viene en descenso sistemático desde el cuarto bimestre del año pasado, la novedad no radica en la pérdida de apoyo fuera del Frente Amplio (FA). El dato clave es que la caída se explica, mayoritariamente, por la opinión de sus propios votantes: el respaldo interno pasó de un 70-75% estable a un 59% en el segundo bimestre de este año.
Las interrogantes que han rondado están vinculadas a buscar las razones del escenario actual. Someramente repasaremos algunos aspectos a considerar, dado que no existe un hecho aislado que explique la caída, sino que es el resultado de varios factores que vale la pena desagregar.
Primero, el proceso acelerado en que las sociedades están viviendo, que atraviesan la vida cotidiana y su consecuente correlato político, es un elemento que debe tenerse en cuenta. Por un lado, cierta necesidad imperiosa de resultados inmediatos y cambios en lo que se llamó en su momento “luna de miel”. Por otro lado, la dificultad de los oficialismos para generar continuidades, y la alternancia como síntoma de estos tiempos.
Segundo, el juego de contrastes. Por un lado, con respecto al gobierno anterior en términos de construcción de liderazgo (pandemia mediante), comunicación y conformación político-electoral. Por otro lado, el contraste con los anteriores gobiernos del FA, tanto por la capacidad otorgada por tener mayorías parlamentarias propias, como por un contexto económico y político favorable tanto a nivel nacional como internacional, sumado a una agenda de transformaciones llevada adelante.
Un tercer elemento a considerar son las expectativas previas del electorado, especialmente de quienes en 2024 votaron al FA o a Orsi. Antes de la asunción, la mitad de la población y ocho de cada diez votantes del FA declaraban que este gobierno sería mejor que el anterior en la generación de empleo, el ingreso de los hogares, la educación y en atacar la pobreza y el problema de las personas en situación de calle; asimismo, seis de cada diez esperaban mejoras en seguridad.2 Estas altas expectativas estaban fuertemente ancladas en el recuerdo de los primeros gobiernos frenteamplistas, pero también en cinco años de una oposición que señaló errores y prometió, tácitamente, que con el FA la situación sería distinta.
Cuarto punto a tener en consideración: la coyuntura nacional, la región y el mundo. A este escenario se suma una coyuntura internacional convulsionada y una situación económica compleja. Sin señales concretas desde el Poder Ejecutivo, este combo negativo alimenta una percepción pública convergente: la percepción sobre la situación del país, la aprobación presidencial, la evaluación de las distintas áreas de gestión y el cumplimiento de las expectativas sitúan el estado de ánimo de la población en un terreno predominantemente negativo.
Existe también un quinto elemento: la oposición. La estrategia de la oposición, o de quienes llevan la voz cantante desde la oposición, ha sido la de la búsqueda del desgaste. Discursos, entrevistas, posteos en redes sociales, llamados a sala, interpelaciones y denuncias han sido mucho más recurrentes en estos casi 15 meses de gobierno que lo visto en períodos anteriores. Es una estrategia que ha logrado resultados. El electorado de los partidos que conformaron la Coalición Republicana se alineó rápidamente (luego de haber abierto una carta de crédito al presidente) en una visión negativa, en desaprobación a la gestión y también en otros indicadores. Es necesario advertir que la oposición también está registrando niveles de desaprobación entre sus propios votantes respecto de su actuación en el rol opositor. En los próximos años estaremos en condiciones de evaluar si esta estrategia fue efectiva para canalizar votos o solo para desgastar al oficialismo.
Las posibilidades del oficialismo para mejorar los indicadores de percepción y evaluación pasan por cuestiones objetivas y subjetivas, por resultados y esperanzas, por una mayor identificación del modelo de país.
En este panorama quedan planteadas algunas razones que se pueden analizar para buscar comprender el estado actual del vínculo gobierno-ciudadanía. Será tarea del oficialismo (gobierno y partido político) encontrar las formas para recrear confianza, esperanza e ilusión a partir de resultados concretos y también de elementos intangibles.
En este sentido, cumplir con el listado de 48 medidas urgentes anunciadas en la campaña electoral o de los 63 compromisos estratégicos anunciados al mes de asumir el gobierno es una primera parte que será instrumental: cuando se complete se podrá presentar como el cumplimiento de promesas. Pero más allá de ese cumplimiento de promesas, hay cuestiones que están vinculadas a factores simbólicos y discursivos. Hay un reclamo, fundamentalmente entre quienes votaron al FA, que se vincula a la claridad del destino final y la transmisión de firmeza en la toma de decisiones. Que la dirección hacia la que se avanza esté clara, comunicada y permanentemente simbolizada en gestos, decisiones y narrativas. En este sentido, no se trata (solamente) de la velocidad de ejecución, sino también de la transmisión clara del lugar a donde llegar y con qué intensidad se quiere recorrer el camino.
En esta línea, el gobierno comenzó su segundo año de mandato con el planteo de una agenda propositiva, con anuncios de planes, programas y atención a situaciones particulares, pero el anuncio por sí mismo no constituye más que la búsqueda de colocar en agenda y en marcha los programas, planes o decisiones; para que eso efectivamente surta efecto es necesario que haya resultados.
La narrativa de gobierno –su hilo conductor– es otro de los aspectos que el oficialismo no ha logrado articular con claridad: transmitir certeza, confianza y esperanza en un marco de gestión.
El gobierno lleva cumplida la cuarta parte de su mandato. Los indicadores muestran un proceso de desilusión respecto de las expectativas que tiene raíces comprensibles: expectativas altas, contexto adverso, oposición activa. En este contexto, las posibilidades del oficialismo para mejorar los indicadores de percepción y evaluación pasan por cuestiones objetivas y subjetivas, por resultados y esperanzas, por una mayor identificación del modelo de país, la intensidad y velocidad del lugar a donde busca llegar.
Eduardo Bottinelli es magíster en Sociología, director de Factum, docente e investigador en la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República.
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También se conoció una encuesta de Equipos Consultores que mostraba el mismo escenario: 27% aprueba, 23% ni aprueba ni desaprueba y 48% desaprueba. ↩
