“If you love someone and you break up, where does the love go?”
Carrie Bradshaw ya se hizo esta pregunta en los años 90 y, al día de hoy, sigue siendo una incógnita. Vivimos en una sociedad donde las redes sociales se llenan de debates como “ser amigo de tu ex, ¿sí o no?”, “hablarle a tu ex, ¿ sí o no?”, “¿perdonarías una infidelidad?”. Estas encuestas, memes y videos cortos están construyendo dinámicas basadas en unas escasas normas sociales que, lejos de fomentar un debate que priorice las necesidades o sentimientos personales, actúan como eslóganes publicitarios que llenan los contenidos del For You Page –el feed personalizado de Tik Tok– para polarizar, otra vez, el debate entre si estás a favor de que el amor lo puede todo o prefieres no volver a enamorarte en tu vida.
A esto se le suma el discurso de supuesto “empoderamiento femenino” que domina los algoritmos hoy en día: “valórate”, “no le hables”, “no te arrastres”… Todo esto crea una estrategia que renueva la propaganda a las mismas premisas retrógradas de siempre, como “no tengas sexo” o “logra casarte con un hombre”. Pero, ¿por qué nos hemos vuelto tan extremistas cuando hablamos de relaciones? La respuesta puede recaer en un nuevo concepto, las relaciones de usar y tirar: si te separas de tu pareja, no debes volver a verla en tu vida. ¿Por qué tiramos la relación tan rápido a la basura? ¿Por qué nos esforzamos tanto en olvidar a nuestra expareja, en no hablar con ella y, mucho menos, en volver? Una respuesta es que ahora, en esta época, muchas mujeres e identidades disidentes somos conscientes de que hay cosas que ya no vamos a aguantar. Así que, tal vez, una pregunta para hacer es: si la relación es de usar y tirar, ¿llegó a haber amor?
Sobre la transformación del amor
La escritora y activista feminista estadounidense bell hooks describía el amor como la voluntad de extender el propio yo para favorecer el crecimiento espiritual de uno mismo o el de la otra persona. Matizaba la definición con el término amor sano, que refiere a una acción constante, una elección que combina cuidado, respeto, responsabilidad, compromiso y confianza. En la era de la inmediatez y el consumo, este amor sano es cada vez más difícil de construir. Sobre todo porque, cuando parece que lo tenemos, una vez termina la relación con nuestra pareja y ese amor y cuidado desaparecen.
Muchas veces hemos escuchado a nuestros padres o a generaciones anteriores decir que el amor tiene muchas formas y que estas van cambiando y reconstruyéndose con el tiempo. Pero, ahora que todo funciona rápido, que la sobreproducción ha vencido a la autenticidad y que los sentimientos quedan apartados por la necesidad de satisfacción inmediata en un mundo que nos mantiene conectados y ocupados a todo momento, tomar el tiempo para amar es cada vez más difícil. La producción constante de capital es la única manera de sobrevivir. Aun así, la sociedad en la que vivimos nos lleva a una vida compartida: los alquileres abusivos nos obligan a compartir casa, los precios de los supermercados a compartir la compra, el precio de la vivienda a compartir hipoteca. Y, aunque la palabra compartir parezca la premisa fundamental para sobrevivir en estos tiempos, la sociedad no facilita una vida en comunidad, sino que nos sigue empujando al individualismo.
Recogiendo las palabras de hooks, cuando la avaricia se convierte en una norma cultural, todos los actos de caridad son vistos con recelo, como si fueran signos de debilidad. De esta manera, ¿hemos traspasado esa avaricia a nuestras relaciones sexoafectivas? Da la sensación de que hoy en día hablamos de nuestras parejas como una inversión: invertí mi tiempo, mi dinero, mis días, le enseñé esto, le presenté aquello… Y no ha servido de nada, porque ha terminado. Este materialismo antepone la posesión y el consumo a cualquier aspecto de la vida, creando una cultura dominada por el narcisismo, en la que el amor no puede prosperar (de nuevo, al decir de hooks). Dentro de este panorama, ¿se puede amar sin reproducir dinámicas capitalistas?
Miedo al compromiso y querer sin sufrir
La escritora española Coral Herrera, en su libro 100 preguntas sobre el amor (2023), afirma que “nuestro sistema está basado en el poder, la propiedad privada, el egoísmo y la competitividad, y todo ello aderezado por la xenofobia, la misoginia, la homofobia, etcétera, de modo que es difícil que podamos practicar el amor libre de prejuicios, jerarquías y discriminaciones”. En este caso, Herrera asegura que para que las mujeres puedan vivir una vida libre de violencia, deben tener relaciones amorosas igualitarias, alejadas de la posesividad y en las que la infelicidad no tiene cabida. La escritora denomina a esta idea la “revolución amorosa”.
Bajo esta premisa de querer sin sufrir, la periodista británica Chanté Joseph revolucionó internet con una simple pregunta: “¿Es vergonzoso tener novio hoy en día?”. La autora cree que las mujeres quieren convivir en dos mundos: uno donde reciban los beneficios sociales de tener pareja, y otro donde no parezca que toda su vida se reduce a ella. Argumenta que incluso las mujeres solteras lamentan las relaciones con hombres, como manera de entrar en solidaridad con todas las mujeres heterosexuales que han sufrido vínculos con ellos. Resulta que, siguiendo las profecías de Herrera, las mujeres ya no están dispuestas a reducir su vida a una pareja y, mucho menos, a una que no cumple con las expectativas. Es decir, se han cansado de perdonar y justificar actos que no deben normalizarse en las relaciones. Pero, ¿por qué sigue habiendo problemas para crear una relación de amor genuino y mantener un cuidado incluso cuando se acaba?
Puede que el miedo al compromiso tenga algo que ver. “Codo a codo, somos mucho más que dos” es la frase de época de Mario Benedetti que hizo creer a los hombres no solo en un compromiso político y cultural de izquierda tras las dictaduras cívico-militares del Cono Sur, sino también en un compromiso amoroso. En la actualidad, la palabra compromiso hace que se nos erice la piel y se activen nuestras alarmas. Esta idea de compromiso se ha disuelto ahora que los hombres ya no son los únicos protagonistas en la historia, tal y como explica la periodista y escritora feminista argentina Luciana Peker en entrevista con la diaria: “Los hombres huyen del compromiso no solo por no querer casarse, también por tener una relación con una mujer igual”.
Frente a este panorama, Jean Garnett, periodista estadounidense, describe para un artículo en The New York Times el “heterofatalismo” como “el problema de desear a los hombres”. La autora explica que no son los “hombres malos”, que mienten, manipulan o son violentos, los que preocupan a las mujeres, ahora también son los “buenos”: amables, comprensivos, sensibles, que, aun así, no ofrecen nada, porque demostrar un interés común es como firmar un documento legal y notarial.
No vivimos en un mundo de príncipes azules, y nosotras elegimos al villano; eso es lo que nos quieren hacer creer, pero se trata de todo un sistema que nos empuja a abandonar el amor y buscar la practicidad, un sistema que nos ha hecho creer que la felicidad solo llega con una pareja, que somos mitades incompletas y que hay que invertir tiempo, esfuerzo y dinero en una relación que, si no te da lo que necesitas, debes olvidar lo antes posible para encontrar otra nueva.
Hoy en día, las personas no quieren sentir un peso en sus hombros ni una responsabilidad a la hora de relacionarse, sino que quieren sentirse libres. El problema reside en la construcción de la identidad del yo, un conjunto de normas sociales y contradicciones culturales que nos llevan a un individualismo extremo. Hemos dejado de ver las relaciones como una manera de crecer y hacer crecer al otro, nutriéndonos espiritualmente, y las vemos como una esclavitud que nos aleja de nuestros propios deseos y expectativas individuales. Es curioso cómo, ahora, para conseguir lo que creemos que merecemos en la vida vemos el amor como un obstáculo.
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en su libro Amor líquido (2003), teoriza esta nueva manera de relacionarnos en la era de la posmodernidad. La falta de compromiso, profundidad y solidez, así como la fugacidad y superficialidad de las relaciones, es lo que Bauman llamó “amor líquido”. El autor utiliza la metáfora de la fluidez para explicar las relaciones superficiales y efímeras que se crean actualmente, comparándolas con las duraderas y sólidas de tiempos anteriores. Bauman defiende que la sociedad capitalista en la que vivimos, que nos ha hecho cada vez más individualistas, nos hace ver las relaciones sólidas y duraderas como un ataque contra nuestra libertad.
Este miedo al compromiso y esta dinámica de usar y tirar las relaciones, como si la persona con la que hemos compartido un tiempo e intimidad no significa absolutamente nada una vez que se rompe el vínculo, genera dolor, sobre todo para las mujeres. Eso es, según explica Peker, porque la idea del descarte sistemático erosiona directamente nuestra autoestima, debido a la violencia de género que nos atraviesa como mujeres. Como teoriza hooks, ese dolor también puede relacionarse con los mandatos de género dentro de las relaciones románticas, que provocan una manera diferente de sentirse querido: la mayoría de los hombres sienten que reciben amor y, por eso, saben lo que es sentirse amado. En cambio, las mujeres sentimos a menudo un gran anhelo, una necesidad de amor que no es satisfecha.
En definitiva, hay un problema estructural en las relaciones amorosas. La dinámica de descarte provoca que las relaciones de usar y tirar se conviertan en la norma e incluso las adaptemos para no sentirnos las víctimas de esta nueva dinámica relacional. No construimos los vínculos a partir de un sentimiento y amor genuino, sino que el miedo a estar solos nos domina. A menudo, las mujeres, sentimos que es culpa nuestra no encontrar a ese compañero. Pero no es un problema individual y no es el motivo de nuestra existencia.
No vivimos en un mundo de príncipes azules, y nosotras elegimos al villano; eso es lo que nos quieren hacer creer, pero se trata de todo un sistema que nos empuja a abandonar el amor y buscar la practicidad, un sistema que nos ha hecho creer que la felicidad solo llega con una pareja, que somos mitades incompletas y que hay que invertir tiempo, esfuerzo y dinero en una relación que, si no te da lo que necesitas, debes olvidar lo antes posible para encontrar otra nueva. Como si relacionarse con las personas fuese una práctica de ensayo y error, un consumo exhaustivo de cuerpos y almas.
Laia Fiol es periodista y dramaturga.
