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Opinión Posturas

Vigencia de José Batlle y Ordóñez, a 170 años de su nacimiento

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La figura de José Batlle y Ordóñez aparece dominando la vida política en las primeras décadas del siglo pasado, y su influencia se prolonga mucho más allá de su muerte. Es difícil encontrar una figura de esa dimensión en la historia de Uruguay (si juzgamos por sus apariciones en el nomenclátor, solo Artigas parece superarlo), pero también resulta sorprendente para los académicos del exterior. El estudio de su obra ha justificado varias becas de doctorado para investigadores extranjeros, y esto no parece agotar el tema.

Su figura se destaca por la firmeza de sus convicciones (sorprende encontrar en artículos y discursos de la vejez la animosa defensa de los mismos principios políticos que defendía en su juventud) y por la originalidad de sus propuestas: es difícil imaginar el impacto que provocó en la sociedad uruguaya la propuesta del divorcio por la sola voluntad de la mujer, o el monopolio de los seguros por un banco estatal. Si hoy suena extraña la defensa de los monopolios del Estado, en 1910 lo original era el argumento de que algunas empresas debían ser gestionadas por el Estado. Esto sería suficiente para explicar su importancia, si además no sumara la práctica política apoyada en un permanente ejercicio de racionalidad argumental.

1. La política como condición vital

Si bien podría pensarse que por su origen familiar la política era un destino inevitable, la vocación se le despierta a contramano de los deseos de su padre. Este fue presidente de la República en uno de los períodos más intrincados de la historia del siglo XIX, y si bien la perspectiva histórica puede rescatar aspectos valiosos de su mandato, el juicio de la época le fue unánimemente desfavorable: en una etapa que se conoce como de “gobierno de partido” parecía que el único que no tenía un partido era el presidente. Es comprensible que don Lorenzo Batlle tuviera una visión muy negativa de su experiencia, pero Pepe sintió la política desde joven; en su proceso de maduración política y personal estudió derecho natural y anunció su intención de fundar un diario para difundir sus principios y sus propuestas.

Ya como político activo introdujo prácticas modernizadoras en el Partido Colorado; tal vez la más innovadora fue la creación de los clubes seccionales, un original espacio de encuentro de dirigentes y ciudadanos que funcionara como escuela política y cadena de transmisión de demandas populares y de propuestas partidarias. Esta actitud propositiva estuvo acompañada de una mirada crítica sobre su propia experiencia. Puede verse en la comparación entre las iniciativas presentadas en sus mandatos como presidente; muchas de las de su segundo mandato pueden leerse como versiones corregidas de propuestas de su presidencia anterior. Así, por ejemplo, el divorcio por la sola voluntad de la mujer cubre vacíos de la ley de 1907, así como con la ley de ocho horas el Estado equipara la situación de todos los trabajadores a la vez que regula el trabajo infantil y el descanso semanal, que fueron preocupaciones permanentes en su primer mandato. Pero también es llamativa su capacidad para enfrentar situaciones inesperadas, como el repertorio de medidas para enfrentar los efectos del estallido de la Primera Guerra Mundial o las estrategias para superar el cataclismo político que significó en 1916 la derrota batllista en el inicio del proceso de reforma constitucional.

Tal vez sea más valioso rescatar de Batlle y Ordóñez su sensibilidad política y su enfoque humanista para la búsqueda de soluciones a los problemas sociales. Seguramente sean esos los aspectos más perdurables de su actuación.

2. Los fundamentos del batllismo

Es habitual vincular a Batlle y Ordóñez con el estatismo y aun con el socialismo, pero si bien incursionó en estos campos, siempre tuvo muy claros los límites que se había fijado y que no quiso traspasar. Así el estatismo batllista puede verse como la aceptación fundamentada de una realidad ya presente: al momento de asumir la primera presidencia, en 1903, el Estado ya gestionaba dos empresas de gran porte, la Usina Eléctrica de Montevideo y el Banco de la República. El “giro batllista” consistió en demostrar que la propiedad de esas y de otras empresas debía ser necesariamente del Estado, aunque para ser estatizada las empresas debían cumplir condiciones muy concretas.

Igualmente, si bien en muchos casos Batlle apoyó a los obreros en sus reclamos, en general se abstuvo de sancionar a las patronales. En materia económica tal vez el rasgo más sorprendente sea su capacidad para aplicar medidas que iban a contramano de las ideas admitidas: por ejemplo, que el Estado podía mostrar al capital privado el camino hacia inversiones lucrativas, lo que parece a contramano de la acción de la “mano invisible” de Adam Smith. Pero fue el Estado batllista el que inició la producción de soda cáustica y de hipoclorito, que luego fue continuada por empresas privadas. También sorprende su argumentación en defensa del proteccionismo, en una época en la que el librecambio era el dogma económico dominante.

Tal vez su rasgo más sorprendente sea su capacidad para articular estrategias, que le permitió superar dificultades y reveses políticos que parecían definitivos. En 1903 era el presidenciable con menos chances, pero en la elección fue apoyado por todos los colorados y un grupo de nacionalistas. En 1916 el resultado de la elección de la Asamblea Constituyente parecía marcar su declive definitivo, aunque pudo igualmente incorporar el colegiado en la nueva Constitución. Para lograr esos resultados no solo utilizaba la persuasión; sabía mover sus piezas como un ajedrecista avezado para forzar los movimientos del rival.

Todas estas experiencias también implicaron aprendizajes. Como ejemplo, la primera presidencia reveló que no alcanzaba con un Estado “neutral” para modificar la desigualdad social, y en la segunda pudo demostrar que el Estado era mejor gestor que los antiguos propietarios de las empresas nacionalizadas. El proceso de la reforma constitucional también le enseñó que “en política no hay enemigos, sino adversarios”, y que las reformas profundas reclaman tiempo y perseverancia.

Y hoy ¿qué queda?

El talante político batllista impregna la sociedad uruguaya, trascendiendo las barreras partidarias: en los años 30 el herrerista Eduardo Víctor Haedo chicaneaba a sus adversarios en el partido llamándolos “blancos batllistas”, y aun hoy la ubicación de la identidad batllista genera polémicas en el campo político. Cierto que muchas de sus propuestas hoy suenan anacrónicas, pero tal vez sea más valioso rescatar de Batlle y Ordóñez su sensibilidad política y su enfoque humanista para la búsqueda de soluciones a los problemas sociales. Seguramente sean esos los aspectos más perdurables de su actuación.

Carlos Demasi es historiador.