Las recientes declaraciones del presidente Yamandú Orsi sobre la laicidad revelan una confusión conceptual bastante extendida: la idea de que una sociedad secularizada necesariamente empobrece la dimensión espiritual de la vida. En el contexto de una entrevista en el canal Casillero Vacío de Youtube, Orsi calificó a nuestro país como “súper laico”, agregando: “Pero nos fuimos de mambo, me parece”, y que “nos tenemos que hacer cargo” porque “subestimamos la espiritualidad”. Para advertir la confusión conceptual implícita en estas afirmaciones, vale la pena repasar algunas ideas.
La arquitectura del pluralismo
La laicidad no es otra cosa que la condición de neutralidad del Estado respecto a las religiones. No es una ideología antirreligiosa, sino un principio jurídico y político que garantiza dos cosas fundamentales: 1) la autonomía del Estado, porque las leyes y las políticas públicas se basan en la razón y el bien común, no en dogmas religiosos, y 2) la libertad de conciencia: el Estado protege el derecho de los ciudadanos a profesar la religión que deseen, o ninguna.
La laicidad, entonces, es una regla de juego institucional que asegura el pluralismo delimitando los ámbitos de actuación de lo religioso. El Estado no adopta ninguna religión, pero tampoco persigue la fe; simplemente la deja actuar libremente en el ámbito privado y comunitario. El artículo 5 de nuestra Constitución lo expresa con claridad: “Todos los cultos religiosos son libres” y “El Estado no sostiene religión alguna”.
No hay una correlación simple entre la religiosidad social y el grado de cercanía entre la religión y el poder político. Varios países europeos que conservaron iglesias oficiales o fuertes tradiciones confesionales atravesaron procesos profundos de secularización cultural. Eso debería bastar para mostrar que la intensidad espiritual de una sociedad no depende mecánicamente del grado de laicidad estatal. En muchos casos, incluso, ocurre lo contrario: cuanto más asociada queda una religión al aparato político, más corre el riesgo de transformarse en costumbre burocrática antes que en experiencia espiritual genuina. La separación entre religión y Estado no necesariamente debilita la fe; a veces la protege de convertirse en una extensión administrativa del poder.
La propia historia uruguaya debería permitir comprenderlo. El laicismo local surgió en buena medida como un intento de garantizar convivencia en una sociedad cada vez más plural y atravesada por corrientes inmigratorias diversas. El núcleo del proyecto era nítido: construir un espacio público donde la pertenencia religiosa dejara de determinar la ciudadanía.
Por eso resulta extraño escuchar que Uruguay habría ido demasiado lejos en su laicidad, como si la neutralidad estatal frente a las creencias produjera automáticamente individuos espiritualmente vacíos.
El mercado de lo existencial
Vivimos tiempos de hiperindividualismo, fragmentación social, consumismo desenfrenado y disolución de vínculos comunitarios tradicionales por medio de la colonización digital de la vida cotidiana, una serie de patologías muchas veces presentadas como causa de “pérdida de sentido” de la vida. Aunque estas dinámicas responden sobre todo a causas económicas, tecnológicas y culturales, con frecuencia se las interpreta como una crisis espiritual. La oferta contemporánea de espiritualidad se ha diversificado al mismo ritmo vertiginoso de la cultura de consumo. Junto con las religiones tradicionales proliferan nuevas formas de búsqueda trascendente que prometen sentido, pertenencia y conexión con algo que exceda al individuo.
Es precisamente esa lógica –la idea de que el vacío social solo puede compensarse mediante alguna forma de espiritualidad– la que aparece implícita en las declaraciones de Orsi. Para ilustrar su afirmación de que “nos fuimos de mambo”, Orsi se refiere a la gente que “quedó tirada al costado del camino”, víctimas del abandono y las adicciones, y que encuentran en la espiritualidad “la tabla de salvación”. Esta falsa encrucijada plantea, precisamente, una disyuntiva falaz: vacío o misticismo. Algo que en palabras del presidente de un Estado laico abre muchas interrogantes, porque se trata de una idea profundamente religiosa. ¿Habrá allí una tabla de salvación o se trata más bien de un parche indisimulable ante el estruendoso fracaso del Estado? Seguramente el propio Orsi estará de acuerdo con que la condición necesaria para una verdadera “salvación” consiste en asegurar condiciones mínimas para el desarrollo de una vida digna de los ciudadanos.
Atribuir a un exceso de laicidad el desamparo de los más vulnerables es un diagnóstico tan equivocado como peligroso. No nos fuimos de mambo con la neutralidad estatal; en todo caso, nos quedamos cortos en la construcción de justicia social.
El sentido sin dogmas
La palabra materialismo tiene muy mala prensa porque está identificada con su significado vulgar: una persona materialista es la que prioriza el dinero, las posesiones y el estatus por encima de las experiencias, las relaciones sociales o el crecimiento personal. Pero la versión filosófica del materialismo puede resultar una pieza clave en los tiempos que corren para la dichosa búsqueda de sentido. Dejemos de lado la palabreja y vayamos al contenido.
Existen formas profundamente significativas de experiencia humana que no descansan ni en la fe ni en alguna noción sobrenatural de trascendencia. Buena parte del pensamiento humanista, racionalista y materialista contemporáneo construyó horizontes éticos y existenciales completamente seculares que apuestan a recuperar el sentido a través de la razón y el conocimiento. Estar convencido de que todo lo humano –incluidos los fenómenos mentales, emocionales y las experiencias más trascendentales– emerge de procesos neurobiológicos moldeados por cientos de millones de años de evolución, lejos de empobrecer nuestra existencia, la enriquece y profundiza.
Cuando entendemos que lo que tradicionalmente llamamos “experiencia espiritual” es un producto de nuestra mente procesando su propia existencia en relación con la totalidad del universo, la necesidad de creer en un espíritu como sustancia inmaterial desaparece.
La admiración ante el cosmos, la solidaridad humana, la sensibilidad artística, el compromiso con el conocimiento, la conciencia de pertenecer a una historia común y los valores éticos compartidos pueden constituir fuentes genuinas de sentido sin necesidad de recurrir a fundamentos religiosos.
La noción de que “somos la forma en que el cosmos toma conciencia de sí mismo” –propuesta por Carl Sagan– no es solo una hermosa alegoría, es una afirmación técnicamente verdadera, lo cual multiplica infinitamente su profundidad. Lo mismo sucede con la poderosa idea de que “somos polvo de estrellas”. No hay allí solo una lograda metáfora; saber que cada átomo de hierro en nuestra sangre se forjó en la explosión de una supernova hace miles de millones de años genera un tipo de comunión y pertenencia con el universo que es estrictamente material, verificable y, aun así, sobrecogedora. Tomar conciencia de estos hechos no conduce al nihilismo ni al vacío, sino a una ética de humildad, cooperación y cuidado mutuo.
Atribuir a un exceso de laicidad el desamparo de los más vulnerables es un diagnóstico tan equivocado como peligroso. No nos fuimos de mambo con la neutralidad estatal; en todo caso, nos quedamos cortos en la construcción de justicia social. La alternativa al vacío posmoderno no es el retorno a un viejo misticismo, bajo el amparo presidencial, sino el compromiso racionalizador, humanista y materialista de construir un país donde la dignidad humana se garantice en la Tierra para que la búsqueda de significado sea un acto de libertad y lucidez, y no un manotazo de ahogado ante la intemperie social.
