Es una acusación recurrente tildar de antisemitas a los que criticamos o denunciamos las atrocidades del régimen israelí; en Uruguay o en cualquier país, el uso del significante antisemitismo adquiere significados según quién lo exprese y a quiénes se acuse. Hace poco tiempo, algunos legisladores se reunieron para emprender la tarea de revisar y actualizar la normativa que regula el antisemitismo, así como constituir una “comisión especial parlamentaria de seguimiento, prevención y denuncia del antisemitismo en Uruguay”.
Paralelamente, la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo resolvía la conformación de un “grupo de trabajo para tratar el tema del antisemitismo en Uruguay”. En la exposición de motivos se señala explícitamente “que según se releva desde la Unidad Étnico Racial de esta Institución, diversas organizaciones judías en el Uruguay han reportado un aumento sostenido de expresiones y acciones antisemitas desde octubre de 2023 a la actualidad”.
Ambas iniciativas se enmarcan en similares campañas a nivel internacional, destinadas a contrarrestar los impactos negativos de las “acciones militares” del Estado de Israel a modo de “defensa” a partir del ataque del 7 de octubre de 2023. Desde aquella fecha en adelante, la pérdida de legitimidad del ultraderechista régimen israelí liderado por Benjamin Netanyahu ha ido creciendo en todo el mundo; las manifestaciones multitudinarias, las encuestas de opinión, las movilizaciones sociales y las decisiones asumidas por gobiernos europeos y de otras latitudes conforman un panorama adverso a sus intereses.
Por tanto, es muy comprensible la motivación de las iniciativas reseñadas, es decir, contrarrestar los efectos negativos señalados. Sin embargo, la razón implícita o subyacente reposa en la necesidad de criminalizar la protesta y condenar toda crítica a las prácticas genocidas del régimen sionista. Para eso, la fórmula asumida se funda en la asimilación del antisionismo como nueva modalidad del antisemitismo. Tampoco es novedoso el intento; existen numerosos antecedentes, incluso referidos a ilustres intelectuales de la talla de Hannah Arendt o Albert Einstein, quienes, en su tiempo, fueran acusados de traidores o “antijudíos”.
Una vez más debe clarificarse la antinomia: el sionismo se construyó como ideología de carácter supremacista para justificar un proyecto colonial por asentamiento, por tanto, el antisionismo refiere a su confrontación en el plano de las ideas. Por su parte, el antisemitismo se asoció fuerte y casi exclusivamente al “odio hacia los judíos”. Vale decir que, en el primer caso, se trata de una dimensión político-ideológica y, en el segundo, de raíz étnico-cultural y religiosa. Vale desagregar estos significantes a fin de esclarecer los significados que encierra cada uno. El sionismo emerge como fundamento del “hogar nacional judío” que, a modo de hito, se plasma en el texto emblemático de Theodor Herzl en 1897; no es el único, pero sí el que marca el itinerario del sionismo decimonónico hasta la actualidad. Por otra parte, el antisemitismo se asocia al odio a los judíos, más allá de ser incorrecta –stricto sensu– su aplicación, en especial si se considera que la población nativa de la Palestina histórica es genuinamente semita.
Por propiedad transitiva, si para algunas organizaciones el sionismo equivale al nacionalismo judío materializado en el Estado de Israel, obviamente manifestar el antisionismo supondría un ataque a esa colectividad. Dicha lógica inhibe toda crítica a las políticas públicas de aquel Estado y es, en consecuencia, deslegitimada.
Es una acusación recurrente tildar de antisemitas a los que criticamos o denunciamos las atrocidades del régimen israelí; en Uruguay o en cualquier país, el uso del significante antisemitismo adquiere significados según quién lo exprese y a quiénes se acuse.
La conclusión es absolutamente inverosímil, por cuanto sería prácticamente el único caso en el mundo que no admitiría juicios en su contra, aun cuando despliegue toda su maquinaria con el fin de aniquilar un pueblo en su totalidad. Asimismo, cabe subrayar que no todos los judíos son sionistas y no todos los sionistas son judíos. Para eso, basta con relevar las manifestaciones de los cristianos evangélicos que se autodefinen como sionistas en Estados Unidos, así como muchas organizaciones que representan a la comunidad judía que se declaran no sionistas.
Para profundizar en este aspecto, vale la pena reproducir unos fragmentos de la entrevista al profesor e historiador Omer Bartov, quien imparte sus cursos en la Universidad de Brown y es considerado uno de los expertos más destacados en holocausto y genocidio. Dichas declaraciones emergen de una entrevista publicada por Haaretz el 24 de abril ante una pregunta muy precisa: “¿Qué futuro le espera al sionismo?” He aquí su respuesta: “Israel no puede existir como un Estado normal bajo la ideología sionista. El sionismo debe desaparecer. El Estado permanecerá. No se irá a ninguna parte. La cuestión es qué tipo de Estado será. Debe cambiar radicalmente. Bajo la ideología sionista, eso es imposible”.
Y más adelante profundiza su análisis: “Si no abandona su ideología y se transforma en otra cosa, se convertirá en un estado de apartheid en toda regla, una democracia iliberal en el mejor de los casos, muy violenta, que acabará perdiendo a gran parte de su élite más instruida. La mayor parte de la población permanecerá; las poblaciones siempre permanecen. Se convertirá en un estado paria, aislado. Perderá el apoyo de sus aliados más importantes –Europa, Estados Unidos– y de las comunidades judías de todo el mundo, que cada vez lo ven más como una amenaza para sí mismas que como un protector”.
Precisamente, el citado investigador distingue con claridad el carácter del sionismo como ideología que ha justificado el genocidio en Gaza, siendo en consecuencia invalidada y deslegitimada como tal. En otro pasaje de la entrevista aclara su postura: “No soy antisionista. Crecí en un hogar sionista. Para mí era evidente que Israel era mi lugar. No me opongo a la existencia del Estado de Israel. Pero el sionismo como ideología no solo siguió su curso. Se convirtió en algo que no reconozco. Se convirtió en la ideología del Estado. Y se volvió no solo militarista y expansionista, sino también racista, extremadamente violenta y, en última instancia, una ideología que daña profundamente tanto al individuo como a la colectividad. Una ideología así no tiene cabida”.
No queda mucho por agregar. La contundencia y claridad con las que el profesor Bartov expone su postura desmontan la retórica del actual régimen israelí y, por tanto, la de organizaciones sionistas que intentan –cada vez con menos éxito– la asimilación del antisionismo con el antisemitismo.
Christian Adel Mirza es profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.