La desaparición de Agostina: ¿Y dónde están los padres?

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Una nena de 14 años desaparece: Agostina. Miles de nenas desaparecen, pero a esta nena en particular los medios le dedican horas de cobertura. De manera casi ritual, el foco de la búsqueda se corre sin casi percibirlo, y en las conversaciones familiares, como en las redes sociales, las preguntas que más se repiten apuntan, siempre, contra alguna mujer. Cuando no recaen sobre qué tenía puesto la víctima o por qué andaba sola, el cuestionamiento se enfoca en las madres: ¿Y la madre dónde estaba? ¿Por qué la deja salir a esa hora? ¿Qué madre la lleva a esos lugares, la junta con esa gente o confía en ese hombre?

Hace pocos días, en Argentina, se conmemoró un nuevo Ni una Menos en un contexto de violencia de género alarmante, con al menos tres mujeres (dos de ellas adolescentes) asesinadas en un lapso de cuatro días, y otras tantas desaparecidas. Pero hubo un caso en particular que acaparó la cobertura mediática tradicional y en redes sociales, y fue el caso de Agostina Vega. Pero lo que a mí particularmente más me llamó la atención es que, teniendo un sospechoso con antecedentes tremendos, desde el inicio, el foco se colocó del lado de las víctimas.

A Melisa Heredia la condenaron antes que al femicida de su hija, Agostina, de 14 años, a quien encontraron asesinada en un descampado. Horas después, mientras su mamá estaba internada en un hospital, devastada y sin poder sostenerse en pie, se viralizó un video antiguo: Melisa y Agostina en la cancha de Racing, la madre con un vaso en la mano, contenta, antes de un partido. La prueba perfecta. “Alcohol, pucho, cancha, cultura del aguante, todo incentivado por la madre”, escribían los jueces desde el sillón. Una mujer al borde del abismo, cuya hija acababa de ser asesinada, se transformó, en cuestión de horas, en la principal acusada por parte de un tribunal que no necesitó pruebas ni instrucción para juzgar con certeza voraz. El principal sospechoso ya estaba detenido, pero el juicio social era contra ella.

Otra mujer llora en primer plano y mueve las manos como buscando algo en el aire. No le sale la voz, está quebrada. Como puede, con el poco aire que le queda dice que no sabe, que no entiende, que ese no es el hijo que ella crió. Está descubriendo en vivo, delante de millones, que el bebé al que le dio la teta destrozó a una piba de catorce años. El recorte se reenvía en redes con la velocidad de la luz. Abajo alguien escribe “de algún lado salió”. Otro sostiene que “algo habrá hecho”. La madre de la muerta y la madre del asesino, en la misma semana, se encuentran frente al mismo tribunal de vecinos que teclean.

¿Y los padres? La pregunta sería graciosa si no hubiera un femicidio de por medio. Nadie reconstruye los pasos del padre de Agostina esa noche. Nadie le exige al padre de Claudio Barrelier (el acusado de femicidio) explicar cómo se cría a un hijo capaz de abusar y descuartizar a una nena. El padre puede faltar, o ser un deudor moroso, o haberse borrado estoicamente, y sin embargo, nadie lo sienta en el banquillo.

¿Y el Estado que soltó a un hombre con antecedentes graves por violencia de género? ¿Y la policía que tardó días en activar la Alerta Sofía y buscar a Agostina? De eso se habla poco, y tarde. El reflejo más rápido, más económico y más viejo es culpar a una mujer, y si esa mujer es madre, la condena no tiene clemencia. Se vuelve inapelable. A una madre no se le perdona nada, porque se le pide todo. Porque se supone que su cuerpo y su vida entera están para cuidar sin descanso, de manera omnipresente y omnipotente.

A once años del primer Ni Una Menos, todavía nos falta lo más difícil: preguntar dónde están los padres que se borraron sin costo, dónde está el Estado que suelta agresores y tarda días en buscar a una nena, y dónde estamos todos.

La antropóloga argentina Ana María Fernández trabaja el “mito mujer-madre” como un dispositivo, una maquinaria silenciosa que produce dos figuras que vigilamos sin descanso: la buena madre y la mala madre. La buena se sacrifica, anticipa el peligro, está siempre, lo da todo y se borra como sujeto en el camino. La mala es, simplemente, todo lo que no es la otra. Es la falla del sistema, la que se presume culpable antes de que se compruebe si es culpable.

Esa buena madre que flota como vara de medición a todas las demás no cayó del cielo. La filósofa argentina María Lugones mostró que el género es un invento colonial: el ideal de Mujer, con mayúscula, la dama delicada que hay que cuidar, la madre de hogar impecable y dedicación completa, se recortó sobre el cuerpo de la mujer blanca y burguesa. A las otras —las pobres, las migrantes, las que limpian casas ajenas, las que crían sin red y trabajan todo el día— se les exige el mismo molde sin haberles dado nunca las condiciones para habitarlo.

A Melisa Heredia se la midió con esa regla. Lo que se viralizó no fue solo el prejuicio de “una madre descuidada”: fue la cancha, el fernet, el pucho, el aguante. Fue el odio y el asco a lo popular hecho sentencia. Probemos el ejercicio al revés: una madre que trabaja en una empresa internacional y habla inglés, o un ama de casa con un apellido difícil de pronunciar de un barrio cerrado de Córdoba. ¿Le desenterraban un video para escracharla? ¿Le contaban los vasos? La condena por mala madre a Melisa fue, también, una condena por pobre.

Que quede claro: a todas las madres se nos juzga, a todas se nos mide con esa vara imposible. Pero el examen no es el mismo para todas. Cuanto más pobre, más migrante, más marrón, más implacable el tribunal y más corto el beneficio de la duda. La clase nunca está de adorno en un análisis.

Buscar a la madre es la coartada más cómoda porque nos permite no mirar lo otro: que un pibe criado entre todos nosotros, en esta cultura, con estos varones de ejemplo y estos permisos, llegó a adulto convencido de que podía disponer del cuerpo de una nena. No lo fabricó su madre sola en una cocina. Lo fabricamos entre todos, cada vez que dejamos pasar, que minimizamos, que reímos el chiste machista, que decimos que la educación sexual integral es ideología. El femicida no es una falla individual de crianza, sino un producto perfectamente funcional de un sistema patriarcal que continúa intacto haciendo su trabajo.

A once años del primer Ni Una Menos, todavía nos falta lo más difícil: preguntar dónde están los padres que se borraron sin costo, dónde está el Estado que suelta agresores y tarda días en buscar a una nena, y dónde estamos todos cuando hay que desarmar la maquinaria que produce varones que matan. Mientras la única respuesta que sepamos dar frente al horror sea señalar a alguna mujer, vamos a tener que seguir marchando cada año por nuevas muertas, porque sabemos que se van a seguir fabricando, en silencio, los próximos asesinos.

Agustina Kupsch es antropóloga, investigadora especializada en cambios culturales y fundadora de Panóptico Cultural.

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