En “Canción para mi guitarra”, Osiris recita: “Para que el gaucho no muera, para que nadie (nos) diga que ha muerto hace mucho tiempo crucificado en la risa, con un alambre de púas como corona de espinas”. Con precisión quirúrgica y sin ceder un milímetro de belleza, Osiris ubica el parteaguas histórico del alambramiento de los campos de Latorre en ese “alambre de púas”, momento en que la tierra oriental confirma su destino mayoritariamente privado y excluyente, dejando al gaucho, al campesino nuestro, centauro de mil batallas y labores patrióticas, excluido del acceso a los frutos de la tierra y al trabajo de entonces.
A principios del 900 Uruguay superaba el millón de habitantes y necesitaba más alimentos, por lo que la preocupación agrícola era el sello de la cuestión agraria nacional. “Gobernar era poblar”, poblar con inmigrantes era la manera de entender el problema agrario y el de las capacidades nacionales. Pero el criollo de a caballo siguió siendo el cerno de la patria tierra adentro. Tanto así, que el “hombre disponible”, aludiendo a nuestro paisano, bien distante del agricultor, fue un asunto central en el debate sobre la reforma agraria a mediados del siglo pasado, cuando el estancamiento ganadero y la concentración de la tierra en grandes estancias se ubicaban como el problema y la oportunidad de crecimiento económico para Uruguay.
La historia vino a mostrar que para encarar los desafíos nacionales desde el humilde aporte del Instituto Nacional de Colonización (INC) era tan importante cambiar el uso de suelo para actividades intensivas como avanzar en la democratización de la estancia. Hoy la ganadería ocupa el 50% de la tierra pública, según datos de la Unidad de Seguimiento y Evaluación del INC. Institucionalmente podemos sostener que el INC tiene tanta vocación ganadera como lechera y agricultora en sentido amplio, incluyendo los rubros hortifrutícola y cañero en su interior. Del mismo modo, y no sin conflictos ni dolores, hemos entendido que los modelos de explotación familiar y asociativo conviven y no es necesario ni conveniente elegir un modelo organizativo como superior para toda situación.
Pese al estereotipo individualista y arrebatado del criollo nuestro, ha sido la ganadería la que cobijó el avance más importante de los procesos colectivos de explotación directa de la tierra. Son unos 200 emprendimientos en tierras del INC, conservando para los paisanos la estancia, amortizando mejor las inversiones, permitiendo a los peones el acceso a la tierra con una cantidad de ganado menor, escalando para el acceso a la asistencia técnica, mejorando la capacidad de manejo tecnológico y permitiendo organizar mejor las tareas necesarias.
“Para que el gaucho no muera” es indispensable cultivar la memoria, la sensibilidad y la belleza de la manera inmejorable en que lo hizo Osiris. Pero es también indispensable que el sujeto popular que fue históricamente despojado tenga la oportunidad de acceder a la tierra para reproducir su forma de vida, su hogar, su economía, su cultura y también su trabajo.
La siembra del INC, como la de Osiris, adquiere valor estratégico en un territorio nacional cada vez más vacío, con apenas 4% de población rural, de acuerdo con el Censo 2023 del Instituto Nacional de Estadística. El trabajador rural sigue teniendo una de sus cunas principales en la producción familiar y esta sigue siendo en un 60% ganadera, con énfasis criador.1 Según datos del INC, aportamos 20% de la tierra a ese vientre donde se reproducen una tradición y una capacidad que agrega valor concreto a la riqueza nacional.
Son tristes, pero al mismo tiempo de una increíble torpeza, las repetidas expresiones de las autoridades de la Asociación Rural del Uruguay (ARU) atacando al INC. Pero hay tiempo para corregir esa irresponsabilidad histórica tomando dimensión de la realidad: los emprendimientos en tierras del INC emplean 9.990 personas,2 casi 10% del trabajo rural en apenas 3% de la tierra, triplicando el promedio nacional. Según el Censo Agropecuario 2024, la ganadería ocupa el 66% del territorio nacional y parte de la base empresarial de la ARU sigue necesitando quienes cuiden sus tierras y su ganado. Esa cultura de trabajo no se inventa, se mama, y el INC tiene como una de sus tareas de época, una de sus contribuciones estratégicas al desarrollo nacional, la reproducción del trabajo rural.
Y me voy a permitir una digresión en la medida en que aludimos al aporte del INC al trabajo. Recientemente, Ceres, un centro de pensamiento ultraliberal con llegada mediática, destinó un conjunto de actividades de propaganda programática para atacar al INC. Una de ellas sostenía lo siguiente: “¿Sabías que el INC hace un uso ineficiente de los recursos?”. Entre los datos que decide colocar como respaldo a esa afirmación está la proyección de gasto de funcionamiento del INC de 16 millones de dólares, promediando 42 dólares por hectárea en propiedad pública, y comparan esa cifra con los 40 dólares por hectárea que, según sus referencias, es lo que gasta un productor promedio en salarios. Esa comparativa y la valorización de la tierra que manejamos como patrimonio público acumulado resultan suficientes y concluyentes para su dictamen de que somos ineficientes.
Hablemos de eficiencia. El INC es un instituto de tierras, de créditos y extensión rural, de fomento del asociativismo, equidad de género, generaciones e inclusión social, de vivienda e infraestructura de producción, de infraestructura estratégica territorial para el acceso a servicios básicos como caminería, electrificación y conectividad, de fiscalización de uso del suelo respecto al interés público. Todas estas aristas las aborda con 240 trabajadores en 14 oficinas en todo el país, la mitad profesionales, porque sin abogados no nos hacemos de este inmueble, sin escribanos no escrituramos los títulos ni los contratos de arrendamiento, sin tasadores no habría derecho de preferencia para comprar campo ni indemnización de mejoras a los particulares, sin arquitectos no hay casas ni radicación en la campaña, sin agrónomos y trabajadores sociales no hay planificación de las colonias ni oportunidad de concurso para acceder a la tierra ni atendemos la realidad de las familias, colectivos y sistemas de producción; sin informáticos no hay sistemas de información, sin administrativos no hay gestión pública, y sin contadores y equipos que monitoreen no hay transparencia hasta para que puedan hacer su propaganda… Y así podríamos seguir explicando cómo lo que ellos ven como ineficiencia, en la Reunión Especializada de la Agricultura Familiar del Mercosur es visto por los movimientos campesinos de la región y por los funcionarios de gobierno que asisten con sana envidia de las capacidades nacionales acumuladas para tener una política de tierras eficaz y sostenida en el tiempo.
En esa proyección burda, Ceres incluye todo el gasto de funcionamiento y lo asemeja a mano de obra: mantenimiento de vehículos, combustible, oficinas, papelería, servicios de seguridad y limpieza, luz, etcétera, etcétera. Pero el rubro 0, que son los salarios por todo concepto, conforma efectivamente la mayor parte de ese monto, alrededor de 80%.3 Es un rubro duro, poco flexible a la gestión, cuyo monto lo definen pautas por negociación colectiva. No viene aumentando y no se proyecta aumentar dicho rubro. Digo más, desde 1996 a la fecha, el número de funcionarios disminuyó 18%, mientras que la tierra pública gestionada aumentó 60%.4
Pero, además, el INC en ese período pasó de vender tierras para poder pagar salarios, de tener los técnicos guardados en la oficina porque no había dinero para movilidad, de aspirantes que tenían que pagar las mejoras (comprar la llave) para poder ingresar a las tierras públicas excluyendo a los de menores recursos, a tener hoy excedentes para indemnizar, invertir en nuevas mejoras y también comprar tierras. Hablemos de eficiencia entonces viendo todo el proceso institucional construido en más de dos décadas: el INC brinda más servicios, cada trabajador atiende más unidades de producción, más hectáreas de tierra, y contribuye a un ingreso económico institucional cada vez mayor.
El INC es el propietario de tierra más barato, más transparente, mejor distribuidor, multiplicador del crecimiento económico, en el podio del dinamismo inversor de cada peso que le entra.
Sepan que difícilmente tengan desde afuera más voluntad que nosotros de que el trabajo, la función pública entregue lo mejor que tiene para entregar a nuestro pueblo. La preocupación socialmente leal por la calidad de trabajo de nuestro equipo es bienvenida y contará con nuestro oído atento.
La gran pregunta que no se hace Ceres y que debiera ser el desvelo de los intelectuales al servicio del interés nacional es la siguiente: si el INC, con un precio promedio de la renta de la tierra a la mitad del mercado,5 multiplica por tres el trabajo rural, representa un 20% de la superficie de la producción familiar que produce en Uruguay un 14% del valor agregado bruto agropecuario6 (proporcionalmente superior a la superficie que gestiona), puebla la campaña descentralizando educación y servicios, genera empleo genuino para profesionales socialmente necesarios, transparenta el mercado de tierras, mantiene una flota de vehículos y 14 oficinas que permiten operar sobre la realidad, otorga unas 60 fracciones por año que benefician a más de 100 hogares, cobija 3.290 unidades de producción familiar y 240 unidades de producción agropecuaria, brinda dos millones de dólares en créditos e invierte siete millones de dólares por año en infraestructura y actividades en las colonias y, según sus estados financieros, ahorra aproximadamente la misma cantidad de dinero para compra de tierras… todo sin pedirle un peso a nadie, ¿qué sería capaz de lograr el INC si controlara una porción mayor que el 26% de la tierra que hoy se arrienda en Uruguay? De esos cuatro millones de hectáreas de las que somos apenas el 10%, ¿no les parece un elemento de comparación más importante?
Cada terrateniente cuesta en promedio unos 130 dólares por hectárea,7 mientras que un productor promedio, de acuerdo con Ceres, gasta alrededor de 40 dólares por hectárea en salarios. La retribución terrateniente triplica la masa salarial productiva.
Nosotros somos capaces de defender qué le aporta al país cada peso que se gasta en el INC. Es menos evidente cuál es el aporte para el desarrollo nacional de los propietarios rurales que viven de rentas sin agregar valor ni trabajo. ¿Saben de qué cifra hablamos? Entre 500 y 600 millones de dólares por año. Podría preguntarse un Ceres popular: ¿vale la pena? Si la tierra es producto de la naturaleza y la propiedad se constituye para cumplir una función social...
En donde me tocó estudiar eso es, en términos de gestión, comparación horizontal, y el INC es el propietario de tierra más barato, más transparente, mejor distribuidor, multiplicador del crecimiento económico, en el podio del dinamismo inversor de cada peso que le entra, en el podio de la promoción del cambio técnico, la conservación de los recursos naturales y la multiplicación del empleo.
Pero Ceres se preocupa por los 16 millones de gasto de funcionamiento proyectados por el INC, que son ingresos genuinos provenientes de sus propios arrendamientos y que vuelven en servicios a los territorios, a los colonos y a las comunidades rurales. El desprecio de su propaganda es a la propiedad pública, a nuestras empresas públicas, refugio de las generaciones que vienen para definir soberanamente su porvenir y democratizar las oportunidades de acceso al trabajo, la riqueza y el territorio.
Para que el gaucho no muera hace falta “aire libre y carne gorda” bajo su control, y eso es tierra, tierra pública, la que no se reconcentra y vuelve a estar siempre al servicio de las familias rurales y lo que necesite la nación.
En tiempos de ansiedad sistémica, donde todo debe ser inmediato, Osiris viene a recordarnos con su “Forastero” que esto viene de lejos, y que, aunque galopemos, no vamos a demorar menos, porque hay un statu quo que conoce las trampas tanto como las leyes. La paciencia histórica para ejercer el derecho a la tierra donde nacimos ha sido de nuestro pueblo, de todas y todos nosotros.
Versa Osiris: “Una vez formé una tropa/ Grande; vacaje franquero/ Como el aparte jué bravo/Dentró un refugo... de sueños… /(Suelen ganarse en el lote/ Cuando es muy mozo el tropero...)/ No hay tropa que marche bien ansí/... Ganao desparejo;/ Las vacas van más dispacio…/ Los sueños... van más ligero/ (...) Quise ganarles a las horas/ Pero el tiempo es parejero”.
Hay que sabernos herederos de una lucha y, ante cada conquista de una hectárea de tierra, sentir una responsabilidad individual y colectiva con los que quedaron atrás. Una lucha dada a punta de lanza y de pluma, a punta de ganado en las calles tanto como a punta de impuestos a las transacciones de tierra, una lucha de campo y ciudad para que sea posible esta victoria.
Tenemos una tarea histórica. Cada uno de nosotros desde su lugar. Con valentía, con orgullo, sin escurrir el bulto en la defensa de la noble misión del INC. Con paciencia y constancia, con eterna vocación de servicio. Hacer lo que nos toca, en el día a día del predio, de la oficina pública, del trabajo profesional, de la conducción política de cada institución del Estado.
Ramón Gutiérrez Salgués es director del INC en representación de las instituciones educativas. Este artículo está basado en un texto titulado “Palabras a los nietos gauchos”, leído por el autor en el marco de la inauguración de la Colonia Osiris Rodríguez Castillos del INC, en Durazno, el 5 de agosto de 2026.
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DGDR-MGAP 2024. Estado de los registros de la producción familiar en Uruguay. ↩
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Unidad de Seguimiento y evaluación del INC con DIEA, MGAP-2026. Censo Agropecuario 2024. ↩
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INC, 2026. En base a datos promedio de presupuesto operativo ejecutado y proyectado. ↩
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Evolución según datos de la Oficina Nacional del Servicio Civil y de los balances económicos recientes del INC. ↩
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Elaboración propia, renta aplicada 2025 comparada con contratos de arrendamiento. ↩
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Ackerman, Aguirre, Cortelezzi, Gorga, Mila y Sanguinetti, 2024. Estimación de la participación económica de la producción familiar 2018-2022 en Uruguay. Anuario Opypa, MGAP. ↩
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DIEA-MGAP. Serie precio de la tierra. Primer semestre de arrendamientos 2025. ↩
