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Opinión Posturas
Foto principal del artículo 'El descontento frenteamplista y su contexto' · Ilustración: Federico Murro

Ilustración: Federico Murro

El descontento frenteamplista y su contexto

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En la estructura del Frente Amplio (FA) hay una doble preocupación relacionada con el gobierno de Yamandú Orsi. Por un lado, están las encuestas que señalan un marcado aumento de la desaprobación ciudadana; por otro lado, esa desaprobación no es puramente “externa”, sino que incluye a una importante cantidad de personas que participan en la propia estructura o tienen una fuerte identificación de muchos años con el FA.

Por lo tanto, no se trata solo de que la militancia planifique y encare una defensa del gobierno nacional “hacia afuera”; también debe resolver discrepancias con el desempeño gubernamental. Esto implica un debate interno y un intercambio a fondo con quienes ocupan cargos en el Poder Ejecutivo.

Ya hay iniciativas en este sentido. Una de ellas es la reactivación de la Agrupación Nacional de Gobierno del FA, que reúne a integrantes del Ejecutivo, legisladores y dirigentes. Otra es el trabajo hacia el congreso que se realizará en octubre de este año, con un documento aprobado por unanimidad en el Plenario Nacional que registra una “enorme carencia anímica”, “malestar y desorientación” en parte de la militancia y de las direcciones intermedias, señala la necesidad de superar descoordinaciones dentro del gobierno y entre este y la fuerza política, y propone acciones para superar los problemas. Otra es el desarrollo de la segunda edición de “El FA te escucha”.

Para comprender las dificultades que afronta el FA y sus chances de superarlas, es relevante tener en cuenta no solo los hechos recientes que las motivan, sino también su contexto nacional e internacional, así como procesos anteriores.

Diferencias

Este gobierno frenteamplista es muy distinto de los tres que lo precedieron. Entre otras cosas, es el primero sin mayoría parlamentaria propia; el primero desde que la oposición demostró ser capaz de ganar una elección nacional en 2019, con el liderazgo aún vigente de Luis Lacalle Pou; y el primero sin la presencia de grandes referentes del ciclo anterior como Tabaré Vázquez, José Mujica, Danilo Astori y Mariano Arana. Además, vivimos un cambio de época turbulento, con ascenso de las derechas, una tendencia creciente a la disconformidad y la impaciencia con las autoridades, disgregación social, el impacto de las políticas aplicadas durante la presidencia de Luis Lacalle Pou y una coyuntura internacional que hace difícil avanzar hacia los objetivos planteados en el programa y el plan de gobierno del FA.

Todo lo antedicho contribuye a que el desempeño del oficialismo no satisfaga las expectativas y deseos de muchas personas izquierdistas, pero el descontento está presente, con diferentes proporciones e intensidades, en otros sectores de la población. Se extiende entre personas cuya identificación con las propuestas o las candidaturas de la Coalición Republicana en 2024 no determina que se rehúsen a reconocer aciertos en el actual gobierno. También entre quienes no votaron al FA pero podrían haberlo hecho, y quienes votaron al FA pero podrían no haberlo hecho. Y entre gente que se identificó con las propuestas o las candidaturas del FA en 2024 pero no está tan politizada como el núcleo duro frenteamplista que milita. Es evidente que los motivos no son los mismos en todos esos grupos y requieren estrategias diferentes.

Otras diferencias

En lo que tiene que ver específicamente con el malestar militante, la novedad en relación con gobiernos anteriores del FA no es que exista, sino que se manifieste en forma pública y con mayor fuerza. Cabe preguntarse si los gestos e iniciativas del gobierno actual están realmente más lejos de las expectativas ideológicas del frenteamplismo tradicional que el veto de Vázquez a la legalización del aborto o su declaración de servicios esenciales en la educación. O que el intento de firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, la visita de George W Bush o la consulta a este sobre un eventual apoyo si se agravaba el conflicto con Argentina por la planta de Botnia (hoy UPM). O que las posiciones de Mujica sobre los procesamientos por crímenes del terrorismo de Estado, sus afirmaciones chocantes sobre diversos aspectos de la “agenda de derechos” o sus expresiones agraviantes hacia la formación universitaria y las movilizaciones sindicales.

Había una relación de dependencia con figuras como Vázquez y Mujica, por considerarlas indispensables para ganar elecciones. Orsi llegó a la presidencia de la República con mucho menos poder interno, y ahora que tiene importantes índices de desaprobación “se le animan” mucho más.

El lado bueno de esto es que, sin un “jefe máximo”, se abre la posibilidad de un funcionamiento interno más democrático del FA. Para eso no basta con darle mayor protagonismo a la estructura actual, que mantiene carencias importantes de apertura a la participación, al tiempo que el peso de la militancia sectorizada y añosa la hace poco representativa del frenteamplismo actual y muy poco promisoria para el futuro. Superar el descontento exige mucho más que discutir el desempeño de Orsi.