A veces me quedo pensando en eso. Es algo que ya no nos preguntamos, porque es como el aire: está ahí y listo. Pienso en lo enorme que es que cualquiera de nosotros pueda hablar. Decir algo. Estar ahí, en la pantalla, en el medio de todo ese ruido. Antes no era así. Mi vieja me lo dice, mis profes lo repiten. Antes la palabra tenía dueños claros. Había filtros, gente que te miraba de arriba abajo y decidía si lo que tenías para decir valía la pena o si mejor te callabas la boca. Había que pedir permiso, casi perdón, para existir públicamente.
Ahora agarras el celular, grabás cualquier cosa, lo subís y listo: existís. Un poquito, por un rato, pero existís. Y eso fue una conquista, no digo que no. Fue importante. Durante siglos, tener voz fue un lujo de pocos, de los que sabían, de los que tenían la plata o el apellido o el poder. Hoy es algo que está ahí, siempre, quemándote en el bolsillo. Podés decir “yo también estoy acá”, aunque sea con una foto movida o con una frase suelta que se va a borrar en diez horas. El solo hecho de poder apretar un botón y que alguien, en algún lado, te vea por un segundo, mueve algo, te hace sentir que no sos invisible en este mundo gigante.
Pero el problema no es ese. El problema es lo que vino después. Lo que nos cayó encima sin que nadie nos avisara, sin manual, sin nada. Se nos mezcló todo. En algún punto empezamos a confundir hablar bien con saber. Empezamos a creer que sonar seguros, que poner una frase con tono firme y muchos likes es lo mismo que haber entendido algo. Confundimos tener una opinión con haber hecho el esfuerzo de pensar. Y no es lo mismo. Ni cerca. Pero hoy la opinión es como una remera que te ponés para salir a la calle digital. Te la ponés porque hay que ponerse algo, porque no podés salir desnuda al feed. Opinamos por inercia, por miedo al vacío, no porque estemos convencidos de algo.
Y yo estoy ahí metida. No lo miro de afuera, estoy en el barro igual que todos. Me pasa todo el tiempo y me da una bronca que no se puede explicar. Me escucho hablando con una seguridad que no tengo. Me leo escribiendo cosas contundentes, cerradas, cuando por dentro estoy llena de agujeros, de preguntas que no sé ni cómo empezar a responder. Pero dudar no rinde. Dudar queda mal. Parece que no te da la cabeza, que sos floja, que te quedaste a mitad de camino mientras todos los demás ya llegaron a una conclusión y la postearon con letras de colores. Es mucho más fácil cerrar la idea, poner un punto final y fingir que sabés, antes que bancarte el vacío de no tener nada que decir. Es más fácil mentir que quedarse callada.
Todo va demasiado rápido. Es asfixiante de verdad. Un tema explota a la mañana y para la tarde ya es viejo, ya nadie se acuerda, ya pasó otra cosa peor. Apenas llegás a ver el titular, apenas entendés quién se peleó con quién o qué está pasando, y ya tenés el micrófono en la cara: ¿qué pensás? ¿De qué lado estás? ¿Sos de los buenos o de los malos? ¿A quién cancelamos hoy? No sé. De verdad, no sé. No tengo la menor idea. Quizás estoy exagerando o soy yo la que va lenta, pero cuando me quiero dar cuenta ya estoy adentro. Ya compartí, ya puse un emoji, ya seguí el baile. Hay un apuro, una presión que no tiene nombre, pero que te muerde los talones todo el día. Si no decís nada, parece que no existís, que te da todo lo mismo. El silencio hoy se lee como un error. Como un hueco que hay que llenar con lo que sea, con gritos, con repeticiones, con basura, pero llenar. Siempre llenar.
Entonces hablás. Hablás sin haber leído más que un posteo de otro que tampoco leyó nada. Repetís pedazos de cosas que viste pasar y que te sonaron más o menos razonables en ese momento. Y no es que seas malo o que quieras engañar a alguien. Es que no damos más. Es el cansancio acumulado. Es vivir con esa sensación constante de ir atrás de algo que no alcanzás nunca. De estar improvisando para no quedarte afuera del mundo, para que no te cierren la puerta en la cara. Como si el mundo corriera una maratón a toda velocidad y vos estuvieras ahí, tratando de atarte los cordones mientras la gente te empuja, te pisa y te grita que avances. Y te caés. Y te levantás y seguís repitiendo lo que dice el que tenés al lado porque no tenés ni un segundo para parar y preguntarte: ¿qué creo de todo esto? ¿A mí qué me pasa con esto? ¿O ya no me pasa nada?
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Yo también lo hago. Escribo firme cuando por dentro estoy rota. Releo lo que puse y me odio un poco, me da vergüenza. Suena demasiado prolijo. Demasiado armado. Como si yo supiera algo que los demás no. Y no es verdad. No sé nada. Dudo todo el tiempo. Dudo de lo que leo, dudo de lo que me dicen los que supuestamente saben y, sobre todo, me pregunto por qué siento que tengo que decir algo justo ahora, en este minuto exacto. Pero la duda no tiene likes. La duda no se viraliza. Nadie confiesa estar confundido y no entender nada. Las redes quieren el remate. Quieren la frase que cierra, el golpe, el meme que te explica la geopolítica en dos palabras. Quieren que seas un soldado de una idea, no una persona que piensa y se equivoca.
Decir “no sé” se volvió un lujo que no nos permitimos. Decir “lo estoy pensando” suena a que sos lenta o a que no tenés compromiso con nada. Y así estamos, premiando la seguridad de los que gritan más fuerte, de los que menos se preguntan las cosas. Las opiniones se volvieron algo descartable, como los vasitos de café. Hoy decimos algo con una fuerza que parece que nos va la vida y mañana ya ni nos acordamos de lo que pusimos. No porque hayamos cambiado de opinión después de leer un libro o de hablar con alguien que piensa distinto. No. Simplemente porque el tema se murió. Desapareció de la pantalla y fue reemplazado por otro ruido nuevo, por otra indignación de turno. Nadie se hace cargo de lo que gritó ayer. No queda nada, solo el cansancio de haber gritado por nada y para nadie.
¿Cuántas veces por día hablamos solo para que no nos pise el camión? Nos da pánico el vacío. Si no hay una notificación, si no hay nada nuevo que mirar en la pantalla, parece que la realidad se detuvo y nos quedamos a solas con nosotros mismos. Pero ¿qué realidad? Sí, estamos todos quemados. Nadie puede procesar esto. Nadie puede chequear, mirar fijo, dudar y pensar cada una de las mil cosas que te tira el celular por hora. No alcanza la cabeza. No alcanza el cuerpo. No alcanza la vida para estar tan informados de todo y de nada a la vez. Es una saturación que anestesia los sentimientos.
Y ahí es donde usamos los atajos. No nos queda otra, es eso o volverse loca. Miramos quién lo dice. ¿Cuántos corazoncitos tiene? Si el que lo dice suena convencido, le damos el ok y seguimos scrolleando. No somos tontos. No es que hayamos perdido la inteligencia o que no nos importe nada. Es que estamos desbordados, estamos en modo supervivencia. El cerebro busca aire, busca un poco de paz, y agarra lo primero que le dan masticado porque ya no tiene fuerza ni para morder. Estamos alimentándonos de una papilla mental constante porque no tenemos tiempo, ni espacio, ni silencio para cocinar nuestras propias ideas.
Y en medio de todo este desastre aparece la inteligencia artificial (IA). Textos perfectos. Opiniones armadas en un segundo. Respuestas para todo, sin dudar nunca. Pero la IA no inventó el problema, solo nos sacó la ficha. Nos puso un espejo implacable frente a la cara y nos dijo: "Mirá, esto hacés vos todos los días". Si una máquina puede opinar igual que nosotros, si puede escribir una columna que suena igual a la nuestra, es porque nosotros ya estábamos opinando como máquinas hace rato. Frases hechas. Moldes. Palabras que no pasan por el cuerpo, que no nos duelen, que no nos hacen cosquillas ni nos dan asco. Opiniones que son cáscaras vacías, ruidos de fondo para no sentir el silencio.
La pregunta no es si la IA nos va a pasar por arriba o si nos va a sacar el lugar. La pregunta que me da vueltas y me quita el sueño es cuándo empezamos nosotros a renunciar a pensar por nuestra cuenta. Cuándo nos volvimos este eco que repite y repite para no sentirse solo. Da un cansancio que te aplasta. Cansa dudar de todo. Cansa no saber qué es verdad y qué es un invento. Sentir que siempre hay una trampa, que siempre falta algo y vos ya no tenés energía ni para apagar la luz. Ahí es donde aparece el "da igual". El cinismo de decir: "Qué me importa si es verdad, si total mañana ya no le importa a nadie". Eso es lo que más miedo me da. Ese abandono, ese dejar de intentar.
Frenar hoy es un embole, es una tarea pesadísima que nadie quiere hacer. Leer un libro largo, de esos que no te dan la respuesta en la primera página. No entender. Tener que volver atrás y leer de nuevo porque te distrajo una mosca. Bancarse que no tenés una opinión para subir ya mismo. Eso hoy es casi una guerra. Es ir contra la corriente de ese scroll que te lleva suave, que te anestesia, que te hace creer que sabés todo porque movés el dedo rápido. Pensar es áspero. Es lento. Es torpe. Es equivocarse mil veces y volver a empezar. Es algo profundamente humano porque es imperfecto y molesto.
Hay cosas que no sé. Y me la quiero bancar. Quiero poder decir "no tengo la más puta idea" y que no se acabe el mundo. Hay veces que escuchar vale mil veces más que decir cualquier pavada para marcar territorio. El silencio no es un hueco que hay que tapar con escombros. A veces el silencio es lo único que nos queda para rescatar la verdad. No es callarse por miedo, es callarse para ver si, por una vez, aparece una idea que sea de verdad mía. Una idea que tenga sangre, que tenga mi olor, que no sea un pegote de otras cosas que robé por ahí para zafar.
La pluralidad de voces, la democracia de la palabra... todo eso suena lindo en los libros de la facultad. Pero sin tiempo, sin silencio y sin humildad, la pluralidad es solo un griterío que te rompe los oídos y no te deja pensar. Y el ruido no te hace más libre. El ruido te vacía por dentro. Te deja hueca mientras te llena la cara con esa luz azul de la pantalla que no te deja dormir, que te deja los ojos secos y la cabeza dada vuelta.
Pensar es incómodo. Es algo que tenés que hacer vos, sola, en algún momento del día donde no haya wifi ni nadie mirándote. No se lo podés pedir a una red, ni a un hilo de X, ni a un bot, ni a nadie. Capaz por eso nos cuesta tanto. Capaz por eso nos da tanto miedo quedarnos solas con lo que pensamos. Pero ahora que todo se volvió automático, que todo es prolijo y veloz, dudar es lo único que nos queda para no ser una máquina más en la fila. Dudar. Decir "no sé”. Tratar de entender algo, aunque nos lleve toda la vida. Aunque no lo podamos postear nunca. Aunque no nos den ni un solo like. Porque al final, lo que no se postea es lo único que nos pertenece de verdad. Lo único que no nos pueden sacar.
Carla Cassamagnaghi es comunicadora estratégica, consultora organizacional y productora cultural.