Hace nueve días Ignacio de Posadas publicó una nota de opinión muy interesante sobre la orientación que propone para los partidos de la Coalición Republicana. En ella combinó, a mi juicio, un criterio político muy acertado y un enfoque ideológico muy conservador. El criterio es que no se trata solo de ganar elecciones y hay que tener claro para qué. Lo conservador es que considera evidente cuáles son los problemas de Uruguay y qué se debe hacer para resolverlos, como si el programa y el plan de gobierno se dedujeran a partir de premisas indiscutibles.
Hace dos semanas tuve el gusto de participar en la presentación del valioso libro Cruce de épocas. Brújulas perdidas y futuros desafiantes, de Enrique Rubio, que también jerarquiza el “para qué” pero asume un enfoque ideológico muy distinto, marcando diferencias de fondo entre el pensamiento conservador y el progresista.
Cruce de épocas resume, ordena y amplía reflexiones publicadas en varias obras anteriores, de 1992 a 2025. Durante ese período de más de tres décadas, Rubio puso su notable capacidad intelectual al servicio de un compromiso ético. Se esforzó por enriquecer a otras personas con un relato didáctico sobre lo que veía, lo que comprendía y lo que consideraba valioso al estudiar enormes cambios en nuestro país, nuestra región y el mundo entero, con miras a construir nuevos rumbos colectivos.
El libro nos recuerda la dimensión de esos cambios, identifica tendencias, señala dilemas y plantea posibilidades políticas. Es una tarea tan titánica como indispensable, que ha sido abandonada por muchas personas en la izquierda uruguaya y mundial.
Hay quienes se aferran a una concepción del socialismo falsamente “científica”, que no acepta convivir con la incertidumbre, la revisión ni las exigencias de verificación, y no distingue las diferencias entre ideología, teoría, programa y planes de gobierno. Lo programático se desvincula de un pensamiento estratégico basado en el estudio de la realidad, y se confunde con un imperativo ético inmutable.
Otras personas, sin ciencia ni teoría ni programa ni estrategia, se dedican a la navegación de cabotaje, en lucha por poderes pequeños y victorias menudas que llevan al fracaso histórico.
Rubio elige y propone una navegación distinta que, como la de Odiseo, afronta crisis, retrasos, incertidumbres y terrores, pero conduce más lejos, hallando recompensas en el camino. Una que exige estar atento a todo lo que cambia e inventar rumbos, para construir una visión sistémica y propuestas integrales, pero sin pretensión de instalar un modelo definitivo y universal.
Pasado reciente
Tras el derrumbe de la Unión Soviética y el llamado “bloque socialista”, se proclamó el advenimiento de un mundo globalizado y unipolar, con Estados Unidos como potencia hegemónica, e incluso “el fin de la historia”, pero ya estamos viviendo una segunda transición con declive estadounidense, ascenso de China y grandes incertidumbres sobre la configuración de un nuevo orden multipolar.
En el comienzo de ese período era notorio el impacto de una revolución científico-técnica que siguió traspasando fronteras. El desarrollo de esa fuerza productiva central transformó profundamente las relaciones sociales y la subjetividad individual mientras crecían, en “la economía del conocimiento”, la concentración de la riqueza, las desigualdades y el refinamiento de los dispositivos de control.
La pujanza de las empresas transnacionales rediseñó la economía y acotó el poder tradicional de los estados, con una trama densa que la resurrección del proteccionismo comercial no puede deshacer a cañonazos. A la vez, en Asia emerge una configuración novedosa y potente de relaciones entre el Estado y el sector privado.
Los modelos de desarrollo económico se acercaron al límite de lo sustentable en términos ambientales y colocaron al planeta en una situación muy riesgosa, sin que esté claro aún si la humanidad logrará superarla.
En la parte del mundo que llamamos Occidente no solo hay un ascenso de las derechas y las ultraderechas, sino que son amenazadas violentamente las tradiciones democráticas, una herencia que, en el pensamiento de Rubio, es también el horizonte perpetuo de los proyectos socialistas.
Futuro abierto
El libro no desemboca en respuestas, sino en diez potentes preguntas para seguir pensando. De ellas surgen, entre otras inquietudes profundas, algunas que están apenas esbozadas, sobre las consecuencias que puede tener el ascenso chino en la civilización mundial. ¿Cuánto podrá influir la cultura occidental en la inmensa sociedad asiática? ¿Surgirá un híbrido capaz de reproducirse? Esto tiene implicaciones de una relevancia crucial para el futuro de la democracia y de los derechos humanos, desde los que han reivindicado los feminismos hasta los vinculados con la participación política, y también –disculpen la deformación profesional– los que tienen que ver con el periodismo independiente.
Ante desafíos de este calibre, también hay en la izquierda quienes creen, como De Posadas, que la senda ya está trazada. Parece poco probable.
