Durante décadas, cada vez que un presidente de Estados Unidos recibió a su invitado de la superpotencia de turno, tomaba nota de sus peticiones y, por sí y ante sí, luego decidía. Ronald Reagan y George Bush padre escucharon a Mijaíl Gorbachov, quien solicitó frenar el rearme o simplemente un préstamo para oxigenar las esmirriadas arcas soviéticas. En 1979, Jimmy Carter se reunió con Deng Xiaoping, que necesitaba la normalización de las relaciones con Estados Unidos para la reinserción internacional e implementar su ambicioso plan de reforma y apertura. Bill Clinton escuchó a Jiang Zemin en 1997, quien buscaba el apoyo que permitiera a China ingresar en la Organización Mundial del Comercio y que se levantaran las sanciones impuestas después de la crisis de Tiananmén. En junio de 2013 fue el turno de Xi Jinping, meses después de ser electo presidente de la República Popular, quien en Sunnylands, California, le planteó a Barack Obama la necesidad de establecer “un nuevo modelo de relaciones” entre las dos mayores potencias del mundo para evitar los conflictos y la rivalidad que, en otras épocas, habían empujado a los grandes poderes a la tensión o a la guerra.
La cumbre de la semana pasada entre los dos hombres más importantes del mundo —la segunda de las cuatro reuniones que podrían celebrarse este año— fue radicalmente distinta. No es el mundo de 2015, cuando Xi visitó por última vez la capital estadounidense. Tampoco es el mundo de la primera presidencia de Trump. La relación bilateral ha cambiado (muchas veces en favor de China) y, con ella, ha cambiado el sistema internacional y la correlación de fuerzas que lo definen.
Hoy Xi llega a Washington con una China distinta. Su país continúa siendo una potencia manufacturera de dimensiones extraordinarias. Su superávit comercial mundial —que contribuyó a desencadenar la guerra comercial durante el primer mandato de Trump— fue de 1,2 billones de dólares, récord histórico que se apresta a superar al cierre de este año. Su control sobre las cadenas de suministro de algunas exportaciones, especialmente de tierras raras, le ha otorgado a Beijing una ventaja única sobre Washington y la guerra comercial de “Estados Unidos primero” de Trump.
En un momento en que Washington antagoniza con sus aliados históricos y aún no ha encontrado la manera de poner fin a su guerra contra Irán, Beijing, en cambio, ha ampliado sus relaciones políticas y económicas con buena parte del mundo.
Frente a la política de fuerza y la bilateralización estratégica promovida por la segunda administración Trump, la República Popular consolida su posicionamiento como actor que prioriza la previsibilidad normativa, la institucionalización del diálogo, el multilateralismo y la desactivación de la lógica de bloques.
Días antes de su llegada a la Casa Blanca, el presidente chino participó en las cumbres de la Organización de Cooperación de Shanghái en Biskek (Kirguistán) y de los BRICS en Nueva Delhi. En ambas, además de alcanzar acuerdos concretos, reforzó significativamente la imagen de China como socio confiable para el Sur global, capaz de tratar de igual a igual a Estados Unidos y ofrecer alternativas políticas, económicas y diplomáticas ante un escenario internacional marcado por la incertidumbre y la soberbia de las políticas de Trump.
Todavía más importante: desde que lanzara hace 11 años el plan “Made in China 2025”, se ha consolidado como una potencia tecnológica. Ha destinado recursos financieros y voluntad política al desarrollo de su propia tecnología en sectores de vanguardia, como la robótica, la inteligencia artificial, la biotecnología, el espacio, las nuevas energías y los chips, y a la aplicación de esa tecnología en la industria. El talento tecnológico local impulsa los modelos de IA chinos, acercándolos cada vez más (y en muchos casos superando) a la vanguardia de Silicon Valley.
Dicho de otra manera, reaccionando a las guerras comerciales y tecnológicas desatadas por Trump (y reforzadas por Joe Biden), la República Popular ha demostrado una extraordinaria capacidad para diversificar su comercio, alejándose del mercado estadounidense, y para desarrollar su autosuficiencia tecnológica.
La reunión de Washington se inscribe en una larga historia de relaciones sinoestadounidenses, pero presenta una característica inédita: los dos países ya no buscan definir si serán adversarios o socios, sino cómo convivir como grandes potencias en competencia y, por primera vez, lo hacen en un pie de igualdad.
Hay encuentros entre dirigentes que pertenecen a la diplomacia ordinaria y otros que adquieren una dimensión histórica. La reunión que Donald Trump y Xi Jinping celebraron en Washington pertenece a una tradición que comenzó con una de las cumbres más trascendentales del siglo XX: el encuentro de Richard Nixon con Mao Zedong, en Pekín, en febrero de 1972.
Aquel viaje fue mucho más que una visita presidencial. Nixon se convirtió en el primer presidente estadounidense en ejercicio que viajaba a la República Popular China. El resultado fue el Comunicado de Shanghái, que abrió el camino a la normalización de las relaciones y modificó el equilibrio de la Guerra Fría. Washington y Pekín seguían siendo sistemas políticos radicalmente diferentes, pero habían descubierto intereses estratégicos capaces de superar parte de sus antagonismos.
Ahí reside la verdadera dimensión histórica de Washington 2026. No es una cumbre más de las 28 que la precedieron desde 1972, tampoco es una repetición de la distensión de la Guerra Fría. Ni tampoco representa el regreso automático a la etapa de globalización en la que el comercio y la cooperación económica parecían capaces de contener las diferencias estratégicas.
Es una cumbre de una nueva época: la de dos grandes potencias que necesitan seguir hablando, precisamente porque discrepan y profundamente en algunos temas. Si Nixon y Mao demostraron que una rivalidad puede transformarse mediante la diplomacia, Trump y Xi afrontan el desafío inverso: demostrar que una rivalidad creciente también puede ser administrada mediante lo que Pekín llama la “diplomacia de jefes de Estado”.
La reunión de Washington se inscribe en una larga historia de relaciones sino-estadounidenses, pero presenta una característica inédita: los dos países ya no buscan definir si serán adversarios o socios, sino cómo convivir como grandes potencias en competencia y, por primera vez, lo hacen en un pie de igualdad.
Para China, la cuestión central de este encuentro, y el presidente lo manifestó apenas pisó el suelo de la base aérea de Andrews, era reforzar los mecanismos que permitan gestionar la rivalidad entre ambos países sin que esta desemboque en una confrontación militar o en una crisis de consecuencias imprevisibles.
El principal objetivo que trajo Xi en su maleta, su propositum essentiale, fue consolidar un nuevo paradigma, uno de los intentos diplomáticos más ambiciosos de los últimos años para rediseñar la estructura conceptual, política y diplomática que debería sustentar las relaciones entre las dos mayores potencias del planeta: la estabilidad estratégica constructiva.
La propuesta china parte de una premisa: Estados Unidos y China no necesitan eliminar sus diferencias para evitar que la competencia derive en una confrontación abierta. Necesitan, en cambio, construir reglas de interacción, mecanismos de comunicación y compromisos políticos que reduzcan la incertidumbre y los riesgos para ambas y para el resto del mundo.
La opción entre competencia destructiva y estabilidad constructiva es optar entre que cada parte interprete los avances de la otra como una pérdida propia o, por el contrario, reconocer que la rivalidad puede continuar, pero debe estar acompañada de diálogo, previsibilidad y mecanismos que impidan un deterioro incontrolable de las relaciones.
En palabras de Xi Jinping: estabilidad positiva con la cooperación como pilar fundamental, estabilidad sólida con competencia moderada, estabilidad constante con diferencias manejables y estabilidad duradera con promesas de paz. Esta visión contiene una dimensión política relevante: Pekín busca que Washington reconozca la condición de China como una potencia con intereses estratégicos propios y que la competencia bilateral no se traduzca en una política de contención permanente y mucho menos en una imposición unilateral de sus condiciones.
En esta interpretación, la estabilidad exige que Estados Unidos tenga en cuenta la sensibilidad china respecto a Taiwán, reduzca las medidas que Pekín considera destinadas a frenar su desarrollo tecnológico y evite tratar el ascenso de China como una amenaza que deba ser contenida a cualquier precio. Mientras la Casa Blanca tiende a poner el acento en los resultados económicos, la gestión práctica de la competencia y la diplomacia transaccional, Zhongnanhai concede mayor importancia a las reglas de conducta, el derecho internacional, las instituciones que lo sostienen y el reconocimiento político y el respeto a los intereses esenciales de China.
“Habíamos acordado una relación constructiva de estabilidad estratégica” durante la última reunión de los dos líderes, en Beijing en mayo pasado, expresó el máximo dirigente chino antes de emprender su vuelo de regreso y después del té de despedida ofrecido por Trump y su esposa a Xi y la primera dama china, Peng Liyuan, en la Sala Roja de la Casa Blanca.
“Esta vez le hemos añadido más sustancia. La relación será una relación constructiva de estabilidad estratégica basada en el respeto, la equidad y la justicia”, subrayó el presidente y secretario general del Partido Comunista de China.
El respeto implica reconocer la soberanía y la integridad territorial de la otra parte, respetar la elección de cada país respecto a su sistema social y vía de desarrollo, así como respetar los intereses fundamentales y las principales preocupaciones del otro. La equidad significa buscar una cooperación mutuamente beneficiosa y gestionar las diferencias mediante consultas, rechazando la lógica de suma cero —en la que la ganancia de una parte se produce a costa de la otra— y sin pretender obtener ventajas absolutas unilaterales. La reciprocidad implica que ambos países son iguales en soberanía, que ninguna de las partes se sitúa por encima de la otra, que ninguna adopta conductas hegemónicas o de imposición, que las preocupaciones de cada parte se atienden en pie de igualdad y que ambas promueven la cooperación en diversos ámbitos de manera equilibrada.
La cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump representa un nuevo capítulo en la compleja relación entre China y Estados Unidos, y lo que está en juego es la posibilidad de establecer un marco de convivencia entre las dos principales potencias mundiales, en un contexto de competencia tecnológica, tensiones geopolíticas y profundas diferencias sobre el orden internacional.
Sin embargo, su significado va mucho más allá de la relación bilateral porque la relación entre Washington y Pekín ya no define únicamente el futuro de dos países, define el equilibrio internacional del siglo XXI y proyecta un nuevo diseño de la arquitectura de la gobernanza global.
La verdadera prueba comenzará después de las ceremonias diplomáticas, los agasajos y las fotografías oficiales.
Forjar una relación constructiva de estabilidad estratégica entre China y Estados Unidos no es ni una medida provisional ni algo que pueda lograrse de la noche a la mañana, dijo Xi Jinping antes de emprender su viaje de regreso. Se construye paso a paso. Y el primero fue dado en Washington.
Daniel Barrios es economista y analista internacional especializado en China, autor del libro Des-cubrir China (Fundación de Cultura Universitaria, 2026).
