El siglo XXI está atravesando una transformación profunda del orden internacional. Asistimos a lo que el presidente Xi Jinping cataloga como “transformaciones nunca vistas en un siglo”, o lo que Antonio Gramsci, hace ya casi 100 años, definió como interregnum, donde “lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer”.
La arquitectura multilateral construida después de 1945 continúa siendo el principal marco de cooperación internacional, pero sus instituciones reflejan cada vez menos la distribución real del poder económico, demográfico y político mundial.
Durante décadas, la política y la economía globales estuvieron determinadas en gran medida por un sistema en el que un número limitado de países, liderado por Estados Unidos, tenía la mayor influencia sobre las instituciones internacionales, los sistemas financieros y la toma de decisiones globales. Hoy, ese panorama está cambiando gradual pero inexorablemente.
Una de las expresiones más claras de esta transformación es la creciente importancia de los BRICS, que el 12 y 13 de setiembre celebraron su cumbre número 18 en Nueva Delhi, que ejerce por cuarta vez la presidencia desde la creación del grupo, hace 20 años. En la capital india, el primer ministro Narendra Modi reunió a Xi Jinping de China, Vladimir Putin de Rusia, Masoud Pezeshkian de Irán y los demás líderes de los BRICS.
El evento tuvo lugar en un momento particularmente complejo del escenario internacional, con tensiones geopolíticas y comerciales, cadenas de suministro vulnerables, las guerras de Ucrania e Irán, cambio climático, una recuperación económica desigual y una creciente discusión sobre la reforma de las instituciones de la gobernanza mundial.
La fuerza de la heterogeneidad
La fortaleza de los BRICS es la diversidad de sus integrantes. A pesar de sus realidades nacionales distintas, comparten la aspiración común de ampliar la influencia de los países en desarrollo en la gobernanza global.
BRICS no necesita alcanzar una identidad política homogénea para ser relevante. Su potencial podría encontrarse precisamente en demostrar que la cooperación internacional es posible sin exigir uniformidad ideológica.
Una parte importante del discurso de los BRICS se centra no en la desaparición del sistema internacional ni de las instituciones globales que lo han sostenido por 80 años (Naciones Unidas, Organización Mundial del Comercio, Fondo Monetario y Banco Mundial, entre otros), sino en su reforma. La cuestión esencial es quién decide, quién está representado y cómo se distribuyen las capacidades dentro de las organizaciones multilaterales.
El origen del acrónimo “BRIC”, que data de 2001, se debe al economista de Goldman Sachs Jim O’Neill, quien acuñó el nombre para agrupar a los fines del análisis económico a Brasil, Rusia, India y China, países a los que consideraba los principales mercados emergentes.
Los BRICS nacieron como una categoría utilizada para identificar a grandes economías emergentes, pero progresivamente se transformaron en un mecanismo de concertación política y diplomática. La incorporación de Sudáfrica (la letra “S” del acrónimo) en 2011 y, posteriormente, de Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia amplió considerablemente su dimensión geopolítica.
Además, el establecimiento de la categoría de países socios ha permitido ampliar la red sin exigir que todos los participantes asuman inmediatamente el mismo nivel de compromiso. En 2025 fueron incorporados como socios Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Kazajistán, Malasia, Nigeria, Tailandia, Uganda y Uzbekistán.
Esta expansión tiene una consecuencia fundamental: BRICS ya no puede entenderse solamente como un grupo de economías emergentes. Se ha convertido en un espacio de coordinación del llamado Sur global, una estructura mucho más flexible que la de una alianza tradicional con posiciones comunes –aunque no siempre coincidentes– sobre comercio, financiación del desarrollo, gobernanza internacional, energía, tecnología, cambio climático y seguridad.
Y precisamente ahí reside una de las características más significativas de su identidad: no pretende ser necesariamente una nueva organización internacional, sino una plataforma de coordinación entre estados con intereses diversos.
La construcción de una alternativa al predominio de las grandes economías occidentales no tendría por qué comenzar proclamando una alternativa política al orden existente. Puede empezar creando capacidades propias que reduzcan gradualmente las dependencias. Su fortaleza radica en la diversidad de sus integrantes. A pesar de sus realidades nacionales distintas, comparten la aspiración común de ampliar la influencia de los países en desarrollo en la gobernanza global.
Y quizá ahí esté la cuestión más importante que plantea BRICS: no si sustituirá el orden existente, sino si puede ayudar a democratizarlo.
La fuerza de BRICS, las debilidades del G7
Goldman Sachs argumentaba que el potencial económico de los países de los BRICS era tal que se convertirían en las cuatro economías dominantes hacia 2050: economías ascendentes, una clase media en proceso de expansión, un crecimiento superior a la media global y potenciales herederos del poderío económico limitado a los miembros del llamado “G7” (Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Canadá).
Pronóstico cumplido: de acuerdo con los datos presentados durante el Foro Empresarial de los BRICS, los países que integran el bloque representan más del 40% del PIB mundial (en paridad de poder adquisitivo) frente al 29% del G7; concentraron cerca de la mitad del crecimiento de la economía mundial, mientras que al G7 le correspondió el 18%.
Según un informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, el comercio de mercancías entre los miembros de los BRICS se ha multiplicado por más de 13 desde 2003, alcanzando los 1,17 billones de dólares en 2024 y representando el 24% del comercio global.
Los BRICS abarcan alrededor del 44% de la producción petrolera (y también más de la mitad de la energía solar planetaria), el 72% de las reservas mundiales de minerales de tierras raras y el 36% de la producción mundial de gas natural.
Los mercados domésticos de los BRICS, su población (la mitad de la mundial frente a menos del 10% del G7), el acelerado proceso de urbanización, las inversiones en infraestructuras y la expansión internacional de su comercio explican buena parte del extraordinario crecimiento económico.
BRICS no necesita alcanzar una identidad política homogénea para ser relevante. Su potencial podría encontrarse precisamente en demostrar que la cooperación internacional es posible sin exigir uniformidad ideológica.
Expertos y analistas coinciden en que, a medida que disminuye el peso relativo de las economías de altos ingresos del G7 en la economía mundial, las principales potencias en desarrollo ajenas a Occidente se han convertido en pilares naturales para preservar la estabilidad económica internacional. En el pasado, una desaceleración y la adopción de políticas proteccionistas por parte del G7 habrían provocado rápidamente numerosas crisis en el Sur global y en el mundo no occidental.
En otras palabras: el doble impacto negativo del proteccionismo de sello “trumpiano” y el caos geopolítico provenientes de Occidente se ha visto amortiguado en la economía mundial gracias a la existencia de los BRICS y a la resiliencia individual de sus miembros. Los BRICS se han convertido en una fuerza estabilizadora. Este hecho es verdaderamente notable y refleja la emergente era multipolar.
Un “Gran BRICS”, un gran desafío
Para la cumbre de Nueva Delhi, el primer ministro Modi redefinió el acrónimo BRICS y el lema del encuentro fue: “Building Resilience and Innovation for Cooperation and Sustainability” (construir resiliencia e innovación para la cooperación y la sostenibilidad).
Bajo esa consigna, la cumbre abordó una amplia agenda en la que destacaron temas como la resiliencia de las cadenas de suministro mundiales, la acción climática, la transición energética y el desarrollo de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial y las finanzas digitales. Tras largas consultas, se alcanzó una declaración conjunta de 45 páginas que aborda varios puntos. El tono es firme a pesar de las diversas posiciones que se adoptaron conjuntamente, con India –que mantiene fuertes lazos con Estados Unidos, Rusia, Israel e Irán– inmersa en un delicado equilibrio diplomático.
“Expresamos nuestra profunda preocupación por la continua escalada de tensiones en Oriente Medio y Asia Occidental y, en consonancia con nuestras respectivas posiciones nacionales, hacemos un llamamiento a la máxima moderación”, reza la Declaración de Nueva Delhi 2026, que no menciona a los países implicados en el conflicto. A continuación, expresa su “profunda preocupación por los ataques deliberados contra infraestructuras civiles e instalaciones nucleares con fines pacíficos” (una crítica indirecta a los ataques estadounidenses e israelíes contra las instalaciones nucleares iraníes).
Al igual que en la anterior cumbre de Río de Janeiro, se mencionó explícitamente a Israel y se criticaron sus acciones en Líbano. El texto también mantuvo el lenguaje contundente sobre Gaza empleado en años anteriores. Se expresó preocupación por “medidas que puedan perjudicar los derechos inalienables del pueblo palestino y legitimar o prolongar la ocupación”.
El texto tampoco ahorró duras críticas a Estados Unidos. Aunque sin mencionarlo, condenó la “imposición de medidas coercitivas unilaterales contrarias al derecho internacional”, subrayando que “las sanciones económicas unilaterales y las sanciones secundarias tienen repercusiones negativas de gran alcance para los derechos humanos –incluidos los derechos al desarrollo, a la salud y a la seguridad alimentaria– de la población general de los estados afectados”. Asimismo, calificó dichas medidas como acciones que “socavan el derecho internacional y los principios y propósitos de la Carta de las Naciones Unidas”.
Uno de los puntos que acapararon la mayor atención fue la cooperación financiera: se esperan avances en los pagos transfronterizos entre miembros, promoviendo el uso de monedas nacionales y reduciendo la excesiva dependencia de los canales financieros tradicionales.
La Declaración de Nueva Delhi aboga por seguir explorando mecanismos de pago transfronterizo que sean rápidos, económicos, más accesibles, eficientes, transparentes y seguros, así como por fortalecer la cooperación en materia de zonas económicas especiales, cadenas de valor y normas.
Los países del bloque acordaron profundizar el uso de monedas locales en operaciones comerciales e inversiones, y mantienen su estrategia para reducir la dependencia del dólar, aunque el documento aprobado no propone una moneda común ni plantea desplazar inmediatamente al billete estadounidense.
A principios de 2026, el 67% del comercio intragrupo se liquidó en monedas locales, y la participación del dólar en reservas cayó al 56,3%, mínimo desde 1995, según datos del Fondo Monetario Internacional.
La expansión de los BRICS refleja el deseo de numerosos países de participar en la definición de las reglas globales y de reducir las asimetrías existentes en la gobernanza internacional.
Sin embargo, su éxito no dependerá de cuántos países entren en el grupo ni de cuánto aumente su peso económico. Dependerá de si consigue demostrar que multipolaridad puede significar cooperación, que soberanía puede convivir con interdependencia y que diversidad puede convertirse en una fuente de legitimidad y no de parálisis.
El gran desafío comienza ahora: pasar de un BRICS ampliado a un BRICS capaz de gobernar la diversidad. Y quizá ahí esté la diferencia entre una simple ampliación institucional y el surgimiento de una nueva pieza del multilateralismo del siglo XXI.
A eso apunta la propuesta del “Gran BRICS” lanzada por el presidente chino, Xi Jinping, en la cumbre india: transformar una agrupación heterogénea –con economías, sistemas políticos, intereses estratégicos y relaciones internacionales muy diferentes– en un mecanismo capaz de producir resultados concretos en inteligencia artificial, comercio e inversiones, economía digital, manufactura inteligente y formación de talento. No se trata de un simple proyecto de ampliación del grupo, sino un intento de convertirlo en una plataforma permanente de articulación del Sur global.
Donald Trump, en febrero de 2025, criticó al BRICS por comerciar fuera del sistema del dólar estadounidense y aseguró que el bloque “está muerto”. Los muertos que vos matáis gozan de buena salud, como dice el proverbio popular.
Daniel Barrios es economista y analista internacional especializado en China, autor del libro Des-cubrir China.
