En 2013, Uruguay fue la sede de la Primera Conferencia de Población y Desarrollo coorganizada por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA), al calor de los movimientos sociales de mujeres y feministas, los jóvenes, los afrodescendientes, los pueblos originarios y todos los actores sociales que empujaron la agenda por los derechos y la justicia en el contexto de la “ola progresista”. Logramos un consenso histórico, el ya legendario “Consenso de Montevideo”, que incluye, con una visión avanzada, los temas de la agenda de desarrollo social y económico, junto con los temas de derechos sexuales y reproductivos y sostenibilidad territorial y medioambiental.
El pasado agosto, nuevamente fuimos sede de la última conferencia, en la que, lamentablemente, el estado de ánimo fue muy otro que hace 13 años. El avance de las ultraderechas en la región implica el menosprecio de los avances en materia de derechos sexuales y reproductivos, cambiar la prioridad desde la justicia social al combate militar al narco y el debilitamiento del papel de las democracias participativas en función de una subordinación a los designios imperialistas, cuando no colonialistas.
En este marco, el asunto central que sobrevoló todos los temas fue la caída de la natalidad. Las nuevas derechas regionales están promoviendo un relato sin mucha evidencia y con mucha culpabilización contra las mujeres, responsabilizándolas de que si esto sigue, en unos años, nos vamos a quedar sin gente y sobre todo sin trabajadores que les paguen la jubilación. Creo que la centralidad que el tema concitó es una oportunidad para problematizar este tema y abrir un camino, al menos discursivo, en dirección de las ideas de transformaciones de izquierda. Ahí vamos.
Los datos
La fecundidad en América Latina y el Caribe tuvo una reducción del 68% entre 1950 y 2024, la mayor reducción de todo el mundo, pasando de 5,8 hijos por mujer a 1,8. Según datos del UNFPA, esta tendencia se ha acelerado en los últimos años y, por ejemplo, en nuestro país, la natalidad pasó de 58.000 nacimientos por año en 2014 a 28.000 en 2024, casi 50% menos.
Los sectores conservadores en lo político y fundamentalistas en lo religioso se ponen nerviosos; esa condición, a la que se llama “ansiedad pronatalista”, llega a responsabilizar de esta situación a la liberalización de la interrupción voluntaria del embarazo, que, dicho sea de paso, ni siquiera se ha legalizado en la mayor parte de la región. Además, promueven el rol tradicional que a las mujeres impone el modelo patriarcal de relaciones sociales y repiten líneas argumentales de supuestas recetas para aumentar la natalidad que han fracasado con total éxito en todas las latitudes. Llegan al extremo de presentar el envejecimiento como un problema, cuando, en realidad, es un enorme logro como especie en el primer cuarto del siglo XXI.
Las causas
La disminución de la fecundidad/natalidad es diversa, tan diversa como situaciones concretas existen. Sobre lo que parece no haber mucha duda es que está atravesada por la cuestión de la clase social, la vulneración de derechos, en particular los derechos sexuales y reproductivos, y la cuestión generacional, que pesa y mucho en las decisiones reproductivas.
Con respecto a la clase social, por ejemplo, en Uruguay, el comportamiento reproductivo de las mujeres “no pobres” es a la baja, mientras que, contradictoriamente, las mujeres con ingresos más bajos han incrementado la natalidad. Este comportamiento dual no es elegido por las mujeres, sino más bien impuesto por la inequidad social. Muchos estudios señalan que las mujeres de las clases más acomodadas querrían tener más hijos y las clases populares decidirían, si pudieran, tener menos. En lo que refiere al embarazo adolescente, Uruguay lo ha disminuido drásticamente en la última década; sin embargo, persiste una brecha de inequidad, ya que las adolescentes pobres tienen tasas de tres a cuatro veces mayores que las adolescentes no pobres.
A esto se agrega la menor capacidad de gestión de los derechos sexuales y reproductivos desde una perspectiva de género, ya que son precisamente las mujeres más vulneradas en estos derechos, sobre todo, el derecho a la anticoncepción, a una vida libre de violencia, las que tienen más embarazos que no deseaban o no habían planificado.
Por último, los cambios generacionales son, quizás, los más notorios. En los jóvenes se ven comportamientos claros con respecto a una transición desde mandatos biológicos hacia elecciones individuales basadas en la autorrealización. Recientes investigaciones en la región arrojan que más del 90% considera la salud, la seguridad económica, la vivienda propia, el desarrollo profesional y el afecto de los seres queridos como los pilares indispensables para una vida plena. Así, aunque la mayoría de los jóvenes considera importante tener hijos/as, este aspecto queda relegado frente a dimensiones de autonomía y bienestar material. Las mujeres valoran más los logros académicos y el reconocimiento social, mientras que los varones dan mayor relevancia a la vida sexual activa y al matrimonio en comparación con ellas.
La distancia entre los hijos/as deseados y los efectivamente tenidos no responde a una causa única, sino a la interacción entre la postergación de la maternidad y la paternidad, la inseguridad económica y laboral, las dificultades de acceso a la vivienda, las desigualdades en la distribución de los cuidados, las limitaciones a la autonomía reproductiva y los condicionantes biológicos asociados a la edad.
El problema no es la natalidad baja, es la inequidad alta, la inequidad con vulneración de derechos y sin sistema de cuidados.
La caída de la natalidad: del problema a la oportunidad
Pensando en términos de la actual estructura económica, las desigualdades, la precariedad laboral y la apropiación por cada vez menos ricos de los excedentes de la fuerza de trabajo de cada vez más pobres (la famosa plusvalía) sí es un problema. En términos del actual modelo productivo extractivista, hegemónico en la región, sin mucha incorporación de la ciencia, tecnología e innovación, se afirma que se acabó el bono demográfico, el trabajo tradicional va a tener menos empleados, precisaremos más fondos para seguridad social y salud de los futuros ciudadanos envejecidos y reenvejecidos. ¡Mal negocio!
Como forma de evitar discutir el tema de fondo de la transformación socioeconómica imprescindible, se busca imponer la trasnochada idea de que se puede obligar a las mujeres y familias a reproducirse. Es importante saber que ni programas de apoyo, ni becas, ni asignaciones por hijo tienen impacto en el aumento de la natalidad. Por otro lado, estas visiones violentan el derecho de las mujeres, las que tienen oportunidad de, en el pleno ejercicio de sus facultades, decidir conscientemente si procrear o no.
Para hacer del problema una oportunidad, debemos cambiar el foco que nos es impuesto y mirar la realidad desde otra perspectiva. Así, las cosas cambian si pensamos en transformar la realidad socioeconómica como prioridad y, en ese contexto, analizar nuevamente la baja de la natalidad.
El razonamiento ultraesquemático y, reconozco, un tanto naíf se puede dar en una realidad alternativa a la actual. Imaginemos que no estamos en la región más inequitativa del mundo y donde más violencia y crispación política existe, imaginemos un contexto de equidad social y económica.
En este “universo paralelo”, la disminución de la natalidad generaría una enorme oportunidad para la mejora de la educación y la salud de las infancias. Con los mismos recursos, se tendrá menos niñeces y se podrá invertir más y mejor en ellas. Estas infancias más saludables y educadas tendrán más chance, en la medida de que haya una fuerte apuesta a la ciencia, tecnología e innovación, de poder desarrollarse, obtener mejores empleos y condiciones de vida. En fin, esto propiciará condiciones para una mejor calidad de vida, mejor convivencia y seguridad, y pública felicidad. Probablemente eso finalmente generará las condiciones para que la apuesta a la natalidad vuelva a ser atractiva como proyecto de vida.
Así, por lo anterior, el problema no es la natalidad baja, es la inequidad alta, la inequidad con vulneración de derechos y sin sistema de cuidados. Desde esta perspectiva, la necesidad de un cambio social en dirección de izquierda no solo es una opción política, es la única posibilidad de convertir un problema en una oportunidad.
Relato con dato
Hemos aprendido, al haber fracasado el modelo de derechos en contextos de neoliberalismo económico, que los derechos solo se pueden asegurar en contextos de equidad. Más claro: lo que se debe es generar políticas públicas “pro condiciones” para entornos maternos y paternos, y crianzas saludables y elegidas. Nuevamente, naíf: Si se logra construir equidad con desarrollo sustentable y medioambiente adecuado, nuestros países tendrán más hijos, pero no como en el pasado, a expensas de fallos en los derechos sexuales y reproductivos y por falta de educación, falta de anticoncepción, etcétera, sino por decisión consciente.
Las nuevas generaciones no quieren solo mejores condiciones económicas, no quieren más dinero. Necesitan tranquilidad en la vida, calidad y equilibrio. Con eso seguro se puede pensar en un rebote de la natalidad… o no. Debemos trabajar en esta dirección.
Desde esta perspectiva, la tarea es construir cuidados con derechos o el derecho a los cuidados como garantía para el presente y reaseguro para el futuro. Por primera vez en la historia humana, seis generaciones convivirán por períodos prolongados: primera infancia, infancia y adolescencia, edad adulta, adultos mayores y envejecimiento en el envejecimiento. La única manera de abordar los desafíos que esto genera es con más derechos y más cuidados. Este escenario exige políticas públicas capaces de reconocer la diversidad de proyectos familiares y, al mismo tiempo, reducir las barreras que restringen la posibilidad de decidir libremente si tener hijos/as, cuántos y en qué momento. El desafío no consiste en promover un determinado modelo de familia, sino en generar las condiciones para que las decisiones reproductivas puedan materializarse de manera informada, autónoma y libre de desigualdades.
La decisión es política y en un contexto democrático lo que se debe hacer es seguir enarbolando utopías posibles para que los proyectos políticos de izquierda sean los que vuelvan a inspirar a los jóvenes, y promover la rebeldía desde el sur. Sumamos así un nuevo argumento para nuestro futuro de izquierda, el argumento demográfico. En eso estamos, y seguimos apostando a la equidad, la justicia social, la libertad y la participación popular desde cada acción, desde el gobierno, la sociedad civil organizada, la academia, en fin, en el lugar que nos toque, formando parte del denominado “bloque social” de transformaciones.
Leonel Briozzo es subsecretario del Ministerio de Salud Pública y profesor de Ginecotocología de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República. Fue el presidente de la Primera Conferencia de Población y Desarrollo en 2013.
