En 2020, durante el velorio de Diego Maradona, uno de los asistentes fue entrevistado y declaró: “Vine a despedir a mi amigo invisible”. Tiempo después, en una entrevista, el futbolista Juan Román Riquelme se refirió a Maradona y lo ubicó como una persona con gran poder, pues “poder es que la gente te quiera”. En la reciente muerte del Indio Solari, un hombre declaró en una nota para un informativo: “Me siento vacío, solo”.
Estos casos son apenas algunos pincelazos de la intensa e importante relación que puede establecerse entre una persona querida popularmente y quienes la quieren. Pero ¿cómo llega una persona a ser querida por tantos? ¿Qué hace que alguien sea elegido para ser defendido públicamente?
En dirección a abordar estas pregunta es que me parece interesante plantear una posible distinción entre esas personas populares de hace unos años y las actuales. Lo que marca la diferencia es la relación que establecemos con ellas. Mi hipótesis es que los sujetos populares antiguos –a los que llamaré ídolos– mantenían un mayor grado de independencia que los actuales –a los que llamaré figuras–. Pareciera ser que, mientras los ídolos eran tan solo influidos por los criterios de quienes los admiraban, las figuras son producidas por esos mismos criterios.
Los ídolos tenían una impronta propia. Quienes los admiraban solían hacerlo a partir de alguna genialidad capaz de eclipsar errores, contradicciones o aspectos cuestionables de su personalidad. La admiración no exigía necesariamente una coincidencia total.
Utilizo el término figura en clave platónica. Las figuras contemporáneas se alejan de la independencia característica de los ídolos, porque intentan ajustarse a las exigencias de su público. En un mundo donde la popularidad parece haberse convertido en un objetivo, quienes logran alcanzarla ya no lo hacen únicamente por una genialidad, sino también por haber superado una serie de exigencias y pruebas impuestas socialmente.
Pareciera ser que, mientras los ídolos eran tan solo influidos por los criterios de quienes las admiraban, las figuras son producidas por esos mismos criterios.
Ahora bien, las figuras no se caracterizan necesariamente por carecer de opiniones propias. Su rasgo distintivo es que la continuidad de la admiración parece depender cada vez más de la satisfacción constante de las expectativas de su público. Hoy la aprobación se ha vuelto inmediata y cuantificable. Esa situación incentiva a las figuras a no alejarse demasiado de las expectativas que la generan.
Tampoco sostengo que los ídolos estuvieran totalmente libres de exigencias sociales. Tanto los ídolos como las figuras responden a expectativas colectivas. La diferencia no está en que unos estuvieran completamente libres de ellas y otros no, sino en el grado de autonomía que conservaban frente a dichas expectativas. Los ídolos mantenían una cierta distancia respecto de su público. Las figuras contemporáneas, en cambio, se encuentran sometidas a mecanismos de retroalimentación constante –redes sociales, métricas y algoritmos– que reducen progresivamente esa distancia.
No pretendo afirmar que los ídolos representaban la forma correcta de esta relación y las figuras la incorrecta. La historia está llena de personas idealizadas que luego fueron nefastas para el transcurso de los acontecimientos. El propósito de este artículo es intentar comprender lo problemático del sistema de admiración actual.
La respuesta permanente a exigencias momentáneas ha alterado una relación que ya existía, reduciendo progresivamente el espacio para la alteridad. Comenzamos a admirar aquello que confirma nuestras expectativas, desplazando lo diferente. El admirado ya no puede confrontarme con algo distinto; simplemente me devuelve una imagen de lo que yo soy.
Esto tiene un efecto en clave social: es un factor más para debilitar la posibilidad de cambio. Podría decirse que la admiración compartida ha sido históricamente uno de los mecanismos de transformación colectiva. Sin embargo, la capacidad de las figuras admiradas para desafiar a su público parece debilitarse, contribuyendo a la conservación del estado de cosas.
No podemos concebir que las figuras no respondan a nuestros criterios, mucho menos podemos concebir algo distinto a nosotros. Un mundo sin un vericueto posible a la alteridad está destinado a no cambiar. El mensaje es claro: el mundo tiene que ser como es.
Tal vez el problema sea que comenzó a transformarse la propia estructura de la admiración. Allí donde el ídolo podía introducir una diferencia, la figura corre el riesgo de devolver únicamente un reflejo. Y si admirar consiste cada vez más en encontrarse a uno mismo, la pregunta deja de ser quiénes son nuestras figuras y pasa a ser otra: ¿seguimos admirando personas o comenzamos a querer representaciones construidas según nuestras propias expectativas?
Nicolás Nogueira es docente de Filosofía.
