En el verano de 1995, Chicago se convirtió durante unos días en una ciudad inhabitable: el calor mató a más de 700 personas. Después vino Eric Klinenberg, un sociólogo,1 y empezó a mirar lo que suele mirarse cuando ocurre una catástrofe: quién murió, quién sobrevivió, dónde, en qué condiciones. Y encontró algo raro. Dos barrios casi idénticos en edad, ingresos y composición social habían tenido tasas de mortalidad muy distintas. La diferencia no estaba solamente en la salud de sus habitantes ni en el aire acondicionado, estaba en la calle. En un barrio había lugares donde entrar, quedarse un rato, cruzarse con alguien. Bibliotecas, negocios, veredas con gente. En el otro, casi nada. Klinenberg llamó a eso infraestructura social. La expresión suena un poco pomposa hasta que uno entiende de qué habla: lugares donde una persona puede estar sin tener que pagar por estar, y donde la posibilidad de encontrarse con otro no depende de haber hecho una reserva, comprado una entrada o pedido un café. Lugares que, en una ola de calor, pueden terminar siendo la diferencia entre que alguien note tu ausencia o que nadie la note. El estudio no demuestra que una biblioteca salve vidas por sí sola, y el propio Klinenberg trabajó con estudios de caso, no con un experimento capaz de aislar variables.
Hace unos días les hice una pregunta algo maliciosa a los jóvenes gestores culturales de la Biblioteca Nacional: ¿por qué deberíamos seguir invirtiendo en su presencia? Hasta ahora, lo habitual era que recibieran al público una bibliotecóloga y dos administrativos; decidimos duplicar el número de bibliotecólogas e incorporar gestores culturales. Primero me respondieron con datos: el público había crecido. Pero después aparecieron los usuarios, sus necesidades, sus gustos y algo más difícil de medir: el sentido de estar ahí. Pero dejó una pregunta que sigue siendo buena: ¿cuántos lugares existen hoy donde uno pueda entrar sin tener que demostrar para qué vino?
Treinta años después de ese verano en Chicago, esa pregunta parece casi antigua y, al mismo tiempo, más urgente. En 1995 todavía era posible pasar varias horas sin que nada vibrara en un bolsillo; hoy la información llega antes de que uno la busque. Llega elegida por algoritmos que saben qué miramos, cuánto demoramos en mirar, qué nos indigna y qué nos hace quedarnos unos segundos más. Y ahora está también la inteligencia artificial, que promete responder antes de que terminemos de formular la pregunta. Frente a eso, la biblioteca parece pertenecer a otra velocidad. Uno podría decir: si todo está en internet, ¿para qué ir hasta una biblioteca? Es una pregunta razonable, salvo por un detalle. Tener mucha información no significa entenderla. Saber buscar no significa saber encontrar. Y encontrar no significa saber qué hacer con lo encontrado. Una biblioteca puede servir, entre otras cosas, para ese momento que viene después del clic. Para detenerse. Para comparar. Para comprobar de dónde salió algo. Para descubrir que una fuente contradice a otra. Internet hizo que la información estuviera más cerca. No hizo desaparecer la necesidad de aprender a leerla.
Lo curioso es que hablamos de la lectura como si fuera una vacuna: una cosa que se recibe al principio de la vida y queda puesta para siempre. A los 6 o 7 años uno aprende a leer y asunto terminado. Pero no funciona así. Las encuestas internacionales sobre competencias lectoras de adultos muestran algo menos tranquilizador: lo que no se usa se pierde. Leer se parece bastante más a hablar un idioma que a andar en bicicleta. Y, además, no aprendemos a leer una sola cosa. Aprendemos a leer palabras, después textos, después diarios, imágenes, documentos, archivos, estadísticas, titulares, promesas, silencios. También aprendemos a detectar cuándo alguien intenta hacernos creer algo. Un chico que mira un mapa antiguo no está viendo solamente un mapa. Está descubriendo que el lugar donde vive alguna vez fue otro. Una adolescente que compara dos diarios que contaron de maneras distintas un mismo acontecimiento está aprendiendo algo bastante más complejo que comprensión lectora. Está aprendiendo que los hechos existen, pero que las maneras de contarlos también importan. Eso que hoy llamamos alfabetización mediática podría empezar perfectamente en un archivo. Con diarios verdaderos. Con documentos verdaderos. Con la incómoda evidencia de que el mundo siempre fue más complicado de lo que cabe en un titular o en un posteo de Instagram.
El problema es que no todos llegan a esos materiales de la misma manera. Hace unos 25 años, dos investigadoras recorrieron cuatro barrios de Filadelfia contando libros para niños.2 Dos barrios eran de ingresos bajos, dos de ingresos medios. La tarea no tenía nada de épica. Contaron libros en casas, tiendas, escuelas, bibliotecas. Y encontraron diferencias enormes. Después aparecieron resultados parecidos en otras ciudades y alguien inventó una expresión eficaz: desiertos de libros. Lugares donde los libros existen, sí, pero lejos. Tan lejos que para algunos chicos es casi como si no existieran. Y ahí aparece otra vieja historia de la psicología de la lectura: el llamado_ efecto Mateo_. Los niños que empiezan leyendo bien suelen leer más; como leen más, leen mejor; y como leen mejor, vuelven a leer. Los que empiezan con dificultades hacen el recorrido contrario. Leen menos, se frustran más, se alejan. “Al que tiene se le dará más”, dice el nombre bíblico que recibió el fenómeno. Es una forma bastante cruel de explicar algo que conocemos bien: las ventajas se acumulan, las desventajas también.
Ahí la biblioteca reaparece en un lugar inesperado. No como enemiga de internet, sino como complemento. Como una institución que no promete más información, sino mejores condiciones para relacionarse con ella.
Por eso resulta interesante un experimento hecho en Milwaukee.3 Durante cinco años, investigadores repartieron libros infantiles de buena calidad entre alumnos de 60 escuelas primarias de zonas pobres elegidas al azar. Otro grupo de escuelas, igualmente pobres, no recibió esos libros. No hubo una pedagogía secreta ni instrucciones extraordinarias. Los libros simplemente aparecieron. Año tras año. Y al cabo de cinco años, entre los niños que atravesaron toda la intervención, las mejoras en lectura equivalieron a entre medio año y dos tercios de un año escolar adicional.
Conviene no convertir un estudio en una religión. Ocurrió en un distrito determinado y los propios investigadores advirtieron que ese tamaño del efecto no puede trasladarse automáticamente a cualquier lugar. Pero la escena es difícil de ignorar: durante cinco años alguien puso libros al alcance de unos niños y esos niños terminaron leyendo mejor. A veces la evidencia científica llega a conclusiones que nuestras abuelas habrían considerado obvias; lo interesante es que permite demostrar que lo obvio no siempre ocurre si nadie se ocupa de hacerlo posible.
Klinenberg, los desiertos de libros, el efecto Mateo, Milwaukee. Son investigaciones diferentes, con métodos distintos, pero todas rodean una misma idea: el acceso no sucede solo. No basta con que las cosas existan. Hay que acercarlas, sostenerlas, organizarlas, explicarlas. Durante mucho tiempo se creyó que internet iba a resolver buena parte de ese problema. Y resolvió algo enorme: puso cantidades inimaginables de información al alcance de millones de personas. Pero hizo aparecer otra pregunta: ¿qué hacemos ahora con todo eso? ¿Cómo sabemos qué vale, qué es falso, qué está incompleto, qué fue manipulado, qué fue escrito por alguien que sabe y qué por alguien que simplemente escribe con mucha seguridad? Ahí la biblioteca reaparece en un lugar inesperado. No como enemiga de internet, sino como complemento. Como una institución que no promete más información, sino mejores condiciones para relacionarse con ella.
Hay, además, algo casi anacrónico en una biblioteca pública que hoy resulta bastante radical: uno puede entrar sin comprar nada. Puede quedarse. Puede leer un diario, consultar un libro, mirar una computadora, sentarse. No tiene que consumir para justificar su presencia. No hay muchos lugares así.
Eso no convierte automáticamente a las bibliotecas en salvadoras de la democracia ni resuelve la desigualdad. Conviene desconfiar de las instituciones cuando empiezan a atribuirse poderes milagrosos. La evidencia sobre el impacto de las bibliotecas tiene matices, límites, zonas donde sabemos bastante y otras donde sabemos poco. Hay estudios sólidos y otros que no lo son tanto. Hay ideas seductoras, como llamarlas infraestructura democrática, que todavía necesitan más investigación.
Una biblioteca no arregla una sociedad, no convierte a una persona en lectora por el mero hecho de atravesar una puerta. No vuelve verdadero todo lo que guarda. Pero hace algo menos espectacular y quizá más importante. Guarda. Ordena. Describe. Permite volver. Permite comparar una versión con otra. Conserva un diario que alguien escribió hace 100 años sin saber que un día otra persona querría consultarlo. Y, si hace bien su trabajo, permite que esa persona lo encuentre.
Internet nos acostumbró a pensar que todo lo que importa está disponible inmediatamente. Una biblioteca recuerda algo distinto: que para que algo esté disponible hoy, alguien tuvo que decidir conservarlo ayer. Y que para poder entenderlo mañana no alcanza con haberlo guardado, también hay que saber dónde está, qué es, quién lo produjo, en qué contexto y cómo se relaciona con todo lo demás. Por eso quizás la biblioteca no sea una institución del pasado que intenta sobrevivir al futuro, quizás sea exactamente lo contrario: una de esas invenciones antiguas que, de pronto, volvemos a necesitar para aprender a vivir en un mundo nuevo.
Rocío Schiappapietra es directora de la Biblioteca Nacional; licenciada en Psicopedagogía y magíster en estudios organizacionales con énfasis en cambio.
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Eric Klinenberg, Heat Wave (1999); Eric Klinenberg, Palaces for the People (2018). ↩
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Neuman y Celano (2001), Access to Print in Low-Income and Middle-Income Communities: An Ecological Study of Four Neighborhoods. ↩
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Borman y Yang (2026), Cumulative access to print books improves literacy achievement: Evidence from a five-year randomized trial in high-poverty schools. ↩
