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Opinión Posturas

El caso de Brasil: las coaliciones sociales en los territorios importan

El bolsonarismo brasileño es mucho más potente que el mileísmo argentino. Mientras el bolsonarismo organiza una coalición social, el mileísmo es una fuerza fluida que marcha hacia su descomposición dentro de una nueva reorganización pendular de la derecha argentina.

Ambos casos ilustran dos modalidades muy distintas de respuestas a problemas de la economía con impacto en la vida cotidiana y crisis de legitimidad de los dirigentes en un sistema de corrupción real, pero sometido a golpes mediáticos que convierten la verdad en mentira para destruir enemigos. Se organizan demandas sociales reales con políticas industriales del algoritmo, pero en Brasil hay aparatos políticos territoriales. La política, la representación de intereses y la construcción o vivencia de los problemas reales siguen mandando.

En las estrategias de algoritmo del bolsonarismo en 2018 el vector fue WhatsApp, mensajería cifrada y privada, mediante la segmentación de redes cerradas, al revés de la dinámica del feed público en plataformas como Facebook, X o TikTok, que implican la circulación de contenido abierto al escrutinio externo, como ha planteado Julián Kanarek. En cambio, el mileísmo joven no pasó por estructuras de movilización, sino por Tiktok y otras plataformas, es decir, por el feed público. El mileísmo sin anclaje organizacional era respuesta a un sistema caduco. Pero esa base inherentemente líquida hacia 2026 se revertía hacia el peronismo en los barrios populares o hacia la izquierda trotskista entre juventud de clases medias.

Cristalizada en alianzas territoriales, Brasil muestra la formación de una nueva identidad política intensa y masiva con base organizativa apoyada en una sólida coalición social construida en la escena del Whatsapp en 2018 y la política de algoritmos del llamado “gabinete del odio” que operó durante su mandato.

El nacimiento del bolsonarismo confirma la centralidad del descontento con la economía real, pero también de imagen pública de la élite que definen medios y redes.

El bolsonarismo germinó –después de Donald Trump– en un poderoso bloque social nuevo ante la unión de una recesión fuerte entre 2014 y 2016 con la operación Lavajato, que tomó la agenda pública provocando una radicalización antipetista de capas medias y sectores productivos del sureste y sur del país. Eso abrió un flanco brutal para la destrucción de Lula.

Lula mantiene una intensa conexión emocional y de representación de grandes sectores populares y emprendedores del nordeste. Pero una mirada sobre el ABC paulista y el estado de San Pablo permite ver la relación del cambio productivo y de estructura de clases con las identidades socioculturales y políticas sin determinación de los algoritmos.

El ABC paulista es el origen del Partido de los Trabajadores (PT) y el cinturón rojo de San Pablo –Santo André, São Bernardo do Campo, São Caetano do Sul, Diadema, Mauá, Ribeirão Pires y Rio Grande da Serra– y espacio de las grandes huelgas de 1978-1980 que rompieron la paz de la dictadura militar de 1964. En particular, dio origen al “nuevo sindicalismo” anticorporativo y al nacimiento del PT en febrero de 1980.

El PT fusionó la clase obrera paulista, nuevos movimientos sociales con el liderazgo de Lula, el apoyo de las comunidades eclesiales de base de la Iglesia Católica progresista y grupos universitarios e intelectuales. No obstante, durante los últimos 45 años hay un declive sistemático de la clase obrera industrial. En el pico de industrialización, la industria concentraba entre 60 y 62% de los empleos formales del Gran ABC. La clase obrera industrial (especialmente metalúrgicos) tenía un peso social y político desproporcionado: grandes concentraciones fabriles, salarios relativos altos dentro de la industria brasileña y fuerte organización sindical de base. Entre 2010 y 2017 el peso cayó a 25 o 30% y entre 2022 y 2024 era de entre 22 y 24% de los empleos formales. Los servicios pasaron del 25% en los años de las huelgas al 50% en la actualidad.

En los años 90 se produjo la desindustrialización y la informalidad, pero la formalidad se recuperó en los 2000 hasta estabilizarse en torno al 65-70 % en la actualidad, según distintas fuentes oficiales y académicas.

En Brasil hubo fallos de conexión y también de alcance y potencia de políticas macro y meso con abandono de los territorios por gran parte de la izquierda ante los nuevos competidores.

El sector informal sigue siendo relevante (especialmente en servicios, comercio y trabajo por cuenta propia), pero el ABC nunca llegó a los niveles de informalidad del norte o nordeste del país. La transición hacia servicios ha traído tanto empleos formales de menor calidad promedio como formas más flexibles y precarias, pero el stock formal total es hoy mayor que en la época de las grandes huelgas metalúrgicas.

En las elecciones presidenciales, el PT es fuerte en el ABC a nivel presidencial y Lula gana la mayoría del ABC en 2022, pero pierde en el estado ante Bolsonaro. Para la gobernación, Fernando Haddad (PT) ganó en seis de las siete ciudades del ABC. Lula obtuvo el 51,97% y Haddad aproximadamente el 52,27%, mientras que Bolsonaro alcanzó el 48,03% y Tarcísio de Freitas, su candidato a gobernador, el 47,73%. Esto contrasta con el resultado estadual global, donde Bolsonaro obtuvo 55,24% en la elección presidencial y Tarcísio 55,27%. Es decir, el ABC volvió a mostrarse como una isla de resistencia petista dentro de un estado de San Pablo mayoritariamente bolsonarista.

El PT está en caída libre a nivel municipal. Contra la rápida desindustrialización de los años 90, los municipios del ABC forman el cinturón rojo de San Pablo.

En 2016, con la ofensiva nacional antipetista en ascenso, la caída de Dilma Rousseff y la prisión de Lula, el PT perdió São Bernardo do Campo, la joya de la corona roja del ABC, porque Luiz Marinho (PT) dejó la alcaldía. El Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), con Orlando Morando, se quedó con la ciudad y en 2020 fue reelecto en primera vuelta con un aplastante 67,28%, mostrando que el giro de 2016 no fue accidental, sino una recomposición sólida del electorado local hacia la centroderecha.

En 2024 el resultado fue el más contundente de todos: el PT ganó una sola de las siete ciudades del ABC. En São Bernardo, el candidato petista ni siquiera llegó a la segunda vuelta. En Diadema, bastión histórico, ganó Taka Yamauchi (Movimiento Democrático Brasileño) con 52,59%, terminando cinco mandatos consecutivos del PT.

El voto disociado entre lo nacional, lo estadual o provincial y lo municipal es el patrón clásico de un partido que retiene lealtad ideológica-nacional, pero pierde la capilaridad de la gestión local y próxima a la sociedad civil. Pero ¿qué sucede en el gran interior paulista de ciudades intermedias, ciudades pequeñas y prósperas cadenas agropecuarias densamente poblado?

Hay un sistema territorial de poder local real de la derecha, una coalición social operacionalizada: el bolsonarismo en San Pablo y otros estados anexó las máquinas territoriales del PSDB –no las cúpulas– en alianzas con parte de las iglesias evangélicas, las fuerzas de seguridad y las cadenas del agronegocio.

La estrategia polar de BBB –bala, biblia, buey–, que nació como minoría en el Congreso, finalmente se expresó en un movimiento político de masas en todo Brasil. El PT perdió los municipios dinámicos y la capilaridad con los poderes y comunidades locales del sureste. Mientras tanto, en todos los barrios populares de América Latina y occidente el narcotráfico controla territorios sin el Estado y ofrece compensaciones de la precarización y ausencia de futuro en los barrios pobres segregados. Además, disputa la socialización en territorios populares con organizaciones de la sociedad civil y la izquierda con éxito y aporta un nuevo canal de financiación potente de la política.

Los conservadores disputan el sentido en el lazo social contra las alternativas emancipatorias. Las políticas públicas son fundamentales y es un grave error confundir la gestión de las ciudades, aunque sean megalópolis como Nueva York, o la “mamdanización” con “giro a la izquierda” en el modelo de desarrollo.

La gobernanza de las ciudades puede formar laboratorios de legitimidad y capacidad estatal mostrando que es posible gobernar de otra manera en escalas concretas, generar resultados visibles en asequibilidad y articular lo micro, lo meso y lo macro. En Brasil hubo fallos de conexión y también de alcance y potencia de políticas macro y meso con abandono de los territorios por gran parte de la izquierda ante los nuevos competidores.

Regiones de punta mundial en calidad de vida e innovación como Emilia Romagna –con 80 años de gobiernos de la izquierda– o Kerala siguen mostrando que el desarrollo local basado en redes de pequeñas y medianas empresas, cooperativismo eficiente y productivo y asociacionismo emprendedor puede ser insuperable electoralmente. La batalla es arriba, en el medio y abajo. A la hora de la verdad todo se resuelve y condensa en la capacidad de la izquierda para retomar la iniciativa de formación del capital social en los municipios y barrios en disputa.

Eduardo de León es sociólogo.