Ingresá
la diaria Posturas

El cansancio que no se va después de dormir

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Hay un cansancio que no se cura acostándose temprano, ni durmiendo ocho horas, ni tomándose un fin de semana largo. Es un cansancio que no responde a la lógica del cuerpo, aunque se sienta en él. Aparece en la dificultad para levantarse, en la lentitud de los movimientos, en esa sensación difusa de que todo pesa un poco más de lo que debería.

A primera vista, solemos explicarlo rápido: estrés, burnout, agotamiento. Palabras que circulan, que sirven para nombrar algo, pero que muchas veces se quedan en la superficie. Nombrar no siempre alcanza para entender. Y mucho menos para transformar.

Ese cansancio tiene otra textura. No viene solamente de hacer mucho, sino de cómo se hace eso que se hace. No es simplemente una cuestión de cantidad, sino de sentido.

Durante mucho tiempo se pensó el trabajo como un esfuerzo necesario: algo que cuesta, pero que tiene una recompensa, un reconocimiento, una inscripción en el mundo. El problema es que, para muchas personas, hoy ese lazo se ha vuelto frágil. Se trabaja mucho, sí, pero no siempre se sabe bien para qué. O peor: se sabe, pero no alcanza para sostener el desgaste que implica.

Ahí empieza a aparecer una diferencia importante. No es lo mismo cansarse por algo que tiene sentido, que agotarse en algo que se vuelve vacío. El esfuerzo, cuando está ligado a un propósito, puede incluso vivirse como vital. Pero cuando ese propósito se diluye, el mismo esfuerzo empieza a sentirse como una carga.

Desde cierta mirada filosófica, podríamos decir que el ser humano no solo necesita hacer cosas, sino también reconocerse en lo que hace. No alcanza con cumplir tareas: hace falta que haya una mínima conexión entre lo que uno hace y lo que uno es, o al menos con lo que uno puede llegar a ser. Cuando esa conexión se rompe, aparece una forma de extrañamiento. Uno sigue trabajando, pero como si estuviera un poco por fuera de sí mismo.

En ese punto, el cansancio ya no es solo físico. Es existencial.

El psicoanálisis, por su parte, ha insistido en algo que puede ayudar a pensar esto de otra manera: no somos máquinas de rendimiento. No funcionamos bien cuando todo se mide en términos de productividad. Hay algo del deseo, de eso que nos mueve, que nos interesa, que nos implica, que no puede ser forzado sin consecuencias.

El esfuerzo, cuando está ligado a un propósito, puede incluso vivirse como vital. Pero cuando ese propósito se diluye, el mismo esfuerzo empieza a sentirse como una carga.

Cuando el trabajo se vuelve un espacio donde el deseo no tiene lugar, o donde queda reducido a cumplir expectativas ajenas, el malestar empieza a filtrarse. A veces en forma de desgano. A veces como irritabilidad. A veces como ese cansancio persistente que no se va.

No se trata de idealizar el trabajo. Ningún trabajo está libre de momentos tediosos, exigencias o frustraciones. Pero hay una diferencia entre tolerar ciertas incomodidades y quedar atrapado en una dinámica donde no hay margen. Ahí aparece una pregunta clave: ¿qué lugar tiene uno en su propio trabajo?

No es lo mismo trabajar en un lugar donde hay algún espacio para decidir, aunque sea en pequeñas cosas, que hacerlo en un entorno completamente rígido. No es lo mismo sentirse escuchado que ser simplemente una pieza reemplazable. No es lo mismo recibir algún tipo de reconocimiento –no solo económico, también simbólico– que moverse en un vacío donde nada de lo que uno hace parece importar demasiado.

Cuando esas dimensiones faltan, el trabajo empieza a erosionar. De a poco. Sin grandes estallidos. Sin escenas dramáticas. Simplemente se va instalando una sensación de desgaste constante. Lo más complejo es que ese malestar muchas veces no se reconoce como tal. Se naturaliza. Se vuelve parte de la rutina. Uno se acostumbra a estar cansado, a no tener ganas, a ir “cumpliendo”. En ese acostumbramiento hay algo inquietante: lo que duele deja de percibirse como problema. Pero que algo se vuelva habitual no lo vuelve saludable.

Desde afuera, puede parecer que todo está en orden. La persona sigue trabajando, cumple con sus responsabilidades, no hay conflictos visibles. Sin embargo, por dentro, algo se va apagando. Y ese apagamiento no siempre se traduce en un colapso inmediato. A veces es más silencioso. Más lento. Más difícil de detectar.

En ese sentido, quizás una de las tareas más importantes sea volver a hacerse preguntas. No necesariamente para tener respuestas rápidas, sino para abrir un espacio distinto. ¿Qué de lo que hago tiene sentido para mí? ¿Qué cosas me están desgastando más de lo que puedo sostener? ¿Dónde siento que no tengo margen? ¿Qué necesitaría que fuera diferente?

No son preguntas cómodas. A veces incluso generan más inquietud que alivio. Pero también pueden ser un punto de partida para salir de la inercia. Si todo se reduce a “aguantar”, el costo suele ser alto.

Esto no significa que siempre sea posible cambiar de trabajo, ni que la solución esté en una decisión radical. Las condiciones materiales existen y muchas veces imponen límites reales. Pero incluso dentro de esos límites hay pequeños movimientos posibles. A veces tienen que ver con poner un borde, con decir que no en alguna situación puntual, con encontrar un espacio donde algo del deseo pueda volver a aparecer, aunque sea por fuera del trabajo.

También puede implicar hablar. Nombrar lo que pasa, pero no como etiqueta, sino como experiencia. Encontrar palabras propias para ese cansancio, para ese malestar. Cuando algo puede decirse de otra manera, también puede empezar a pensarse distinto. El riesgo más grande no es estar cansado. Es dejar de preguntarse por qué.

Ese cansancio que no se va con dormir, no es un error del cuerpo. Es, muchas veces, una señal. No siempre clara, no siempre fácil de descifrar, pero señal al fin. Escucharla no garantiza una solución inmediata, pero ignorarla, casi seguro, profundiza el desgaste. Tal vez ahí, en ese gesto mínimo de detenerse a pensar lo que pasa, ya haya algo que empieza a moverse.

José de Souza es psicólogo.

¿Te interesan las opiniones?
None
Suscribite
¿Te interesan las opiniones?
Recibí la newsletter de Opinión en tu email todos los sábados.
Recibir