Con el acceso de las socialdemocracias al gobierno en Europa, la revolución cubana, la guerra en Vietnam, el mayo francés y otros acontecimientos del siglo XX, la hegemonía cultural burguesa empezó a desvanecerse y las elites intelectuales de izquierda pasaron a ser el grupo cultural dominante estableciendo otra hegemonía cultural en las democracias occidentales. Un mainstream donde los derechos laborales, derechos en salud, derechos en educación, derechos en vivienda, y más recientemente, derechos sexuales, derechos de género, derechos ambientales se integran al cuerpo original de los derechos humanos.
El advenimiento de esa hegemonía concluyó en que los partidos de izquierda y derecha construyeran sobre esa base una zona de no beligerancia, donde la más amplia aceptación social no ponía en tela de juicio esos derechos. De hecho, se deconstruyeron y volvieron a construir un bloque catch all de centroizquierda y centroderecha, conformando un nuevo establishment donde los relevos nunca eran bruscos o fracturantes y en absoluto desafiantes para el sistema de mercado.
Libertad de expresión y prensa, justicia independiente de acceso universal, lucha contra el abuso policial, defensa de activistas y periodistas, derechos de migrantes, refugiados, comunidad LGBTQ+, protección a los pueblos originarios, igualdad de género, derechos reproductivos, prevención de la violencia contra la mujer, liberalización de las drogas. Son agendas compartidas desde George Soros a José Mujica.
Concomitantemente, esos derechos se afirmaron en la creación de un conjunto de institucionalidades aceptadas por el cuerpo social y el sistema político como una normalidad de la cual no se debía salir: separación de poderes, rotación de los partidos en el gobierno, imperio de las normas democráticas y la presencia de un Estado un poco más o un poco menos regulador del mercado y el reparto de la riqueza, prestando servicios cada vez más extendidos, requiriendo una creciente organización sostenida por un aparato burocrático en aumento.
Para sorpresa de las izquierdas ortodoxas, el muro de Berlín cayó, demostrando que el socialismo real, la única alternativa al sistema de mercado, no era más que un hervidero de desaguisados económicos, estancamiento social y corrupción.
Para sorpresa y desagrado de las nuevas izquierdas de base roussoniana integradas al establishment, Marx tenía razón. La infraestructura, base económica material de una sociedad, esto es trabajo, herramientas, tecnología y relaciones de producción (vínculos entre quienes producen y quienes se apropian del resultado), entró en un esquizofrénico y vertiginoso cambio, que hoy todos llamamos cuarta revolución industrial, feudo capitalismo o revolución tecnológica, lo que determinó un no menos delirante cambio de la superestructura, esto es, un cambio cultural. Buena parte de los derechos de mainstream acordados pasaron a chocar con las nuevas formas productivas y resultaron demasiado caros para las clases medias que debían financiarlos, en buena parte estancadas en sus ingresos reales. La sistemática modificación en las estructuras productivas dejó y sigue dejando afuera del mercado empleos bien remunerados que poseían habilidades calificadas necesarias en un pasado reciente, pero poco y nada competitivas hoy.
La nueva globalización trajo un acelerado progreso, caída global de la pobreza, desarrollo tecnológico y aumento de la desigualdad. La gran perdedora de la globalización resultó ser la base social de las izquierdas. La desindustrialización, el desarrollo de los servicios, el auge del empleo independiente, el peso de las cargas fiscales sobre las clases medias resultó en un rechazo de la globalización para la cual la izquierda no tuvo ni tiene respuestas. O mejor dicho, las respuestas son la profundización de lo que resulta rechazado por su base social y electoral: más derechos, más Estado.
La disconformidad con los gobiernos democráticos de izquierda y el fracaso estrepitoso de los populismos autodenominados de izquierdas dejó expedito el camino para que el cuestionamiento de las derechas extremas se hiciese políticamente viable.
La disconformidad con los gobiernos democráticos de izquierda y el fracaso estrepitoso de los populismos autodenominados de izquierdas dejó expedito el camino para que el cuestionamiento de las derechas extremas se hiciese políticamente viable.
Para sorpresa de las izquierdas, las nuevas derechas usan sus ideas para proyectar el descontento sin saber tal vez el origen de estas. Al mejor estilo gramsciano, las afirmaciones son narrativas construidas para la imposición del poder de otro dominio cultural. Lo que importa, en definitiva, es de quién son las narrativas que obtienen el dominio social. En palabras de un teórico de la derecha norteamericana, David Brooks, “el objetivo principal debería ser la reclamación del poder cultural, la paciente elaboración de una cultura alternativa dentro del régimen, pero contra él: dentro de las entrañas de la bestia, pero indigerible para ella”. Palabras con las que Gramsci dudaría en discrepar.
Agregamos a esto la segmentación que provocan las redes, con su circulación de información y opinión entre pares que implanta la idea de que la visión de tu grupo explica el mundo más que tu conciencia individual; los grupos “inocentes” son víctimas de los grupos “opresores malvados”. La clave de tu rebeldía es qué tan oprimido está tu grupo. Por tanto, los nuevos “oprimidos” pasaron a ser los viejos “opresores”, la mayoritaria gente de bien que financia la discriminación positiva hacia las minorías postergadas, a través del gasto estatal que los nuevos “oprimidos” financian con los malditos impuestos.
Los primeros movimientos antiglobalización estaban plagados de radicales de izquierda. Su pretensión era destruir el sistema, encarnado en el Estado y las clases dominantes dentro de él. De hecho, para estas izquierdas, las instituciones supuestamente neutrales del Estado no eran más que máscaras que la élite utiliza para disfrazar su dominio del poder. El discurso de las derechas de hoy comparte esa imagen, aspiran exactamente a lo mismo: enfrentar al común de la gente con el Estado y la élite dominante que lo controla, la casta, la clase política, la burocracia, basándose en una apelación a la libertad individual. Esa es la nueva máscara del poder dominante.
Las nuevas derechas y las izquierdas tradicionales, en cierto sentido, ven la sociedad de igual manera: un conflicto entre las masas y las elites, sin posibilidades de un denominador común. Y las tácticas de acción de las nuevas derechas son similares a las de la izquierda radical: el asalto del Estado por las masas oprimidas. La destrucción del mainstream acordado, actuar fuera de la institucionalidad y la ley si se hace necesario. El Palacio de Invierno y el Capitolio o el Planalto tienen sus similitudes. El “vanguardismo militantista” de Lenin, según el cual hace falta un pequeño grupo de élites organizadas, de cuadros revolucionarios para impulsar la historia y liberar a las masas, aplica con nuevos instrumentos: el discurso insultante irracional para escandalizar al establishment, las nuevas iglesias y una granja de bots.
La cancelación se ha vuelto más abarcativa: incluir en tu discurso las palabras antiimperialismo, antirracismo, feminismo, discurso de odio, etc., es imprescindible para ser de izquierda. Incluir en tu discurso libertad, opresión estatal, afán recaudatorio, mano dura, etc., es imprescindible para ser de derecha.
La conflictividad que trajo el advenimiento burgués al poder y la construcción del sistema de mercado innominado, esto es las sociedades anónimas, junto a la institucionalidad democrática, los tres poderes y los derechos ciudadanos, fundamentalmente el de propiedad, no dista demasiado de la conflictividad actual, que también indica un relevo de los sectores dominantes por lo menos, o tal vez un cambio de época.
Sin embargo, ni esta nueva derecha destructiva, ni la izquierda roussoniana, serán capaces de gobernar este devenir histórico. Sin un soporte analítico sólido, que interprete correctamente la realidad actual del sistema económico, ambos gobernarán el descontento social en forma voluntarista hasta el límite de su credibilidad. En otras palabras, la izquierda si pretende serlo, deberá tener un conocimiento acabado de cómo funciona el sistema en la nueva era. Retornar a Marx y analizar en forma científica el mundo que se viene, salir de los ambiguos resultados del leninismo o el gramscianismo aptos para ser usados por cualquier ideología.
Se deberá aceptar que la incidencia estructural de las desigualdades persistentes no puede ser cancelada por la sola voluntad. Los proyectos emancipadores de hoy son pensados dentro del orden mundial de la era que fenece, son reacciones conservadoras pretendiendo mantener en el tiempo lo que ya no funciona o no se adapta a las nuevas formas de creación de riqueza.
Proclamarse antiimperialista abrazando otras aspiraciones imperiales, modelos teocráticos o estatismos disfuncionales no constituye un progresismo aceptable. Suponer que gravar a los más ricos constituye un elemento suficiente, tampoco. La perspectiva de un nuevo progresismo pasa por reconocer que al modelo productivo lo impulsan el conocimiento y la innovación. Que la afectación ambiental de los nuevos modos de vida es grave y que el mero crecimiento no trae la satisfacción de una población culturalmente hiperconsumista.
El nuevo interlocutor de la política es un ciudadano prescindente en quien predomina la narrativa del esfuerzo individual, de la valoración de la “libertad económica” por sobre la política, el pragmatismo, la urgencia y el desapego a lo ideológico. Este ciudadano no se interesa por la vida pública, o por el proyecto colectivo, salvo de un modo extractivista, es decir, en función de su interés privado, su seguridad, que lo dejen vivir “tranquilo”. Ese target es más afín a la derecha y su narrativa drástica y violenta. Aun así, no le cierra la puerta al progresismo, pero le es mucho más trabajoso abrírsela, sobre todo, si este se transforma en una religión sin fe. Este abordaje requerirá un acercamiento menos dogmático para un cambio de realidad global que dejará muchos heridos aun entre los prescindentes.
Lo que mueve al mundo es hoy la innovación y el conocimiento; el progresismo tendrá que innovar y aprender si quiere seguir en la historia.
Raúl Labadia es coordinador del nodo temático Estado y Políticas Públicas de Fuerza Renovadora, Frente Amplio.
