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La limpieza en Montevideo: transformaciones que se ven desde la ventana

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Hay transformaciones que se anuncian con grandes obras y cintas cortadas, hay otras que van entrando, literalmente, por la puerta de casa. En Montevideo está ocurriendo una de las segundas. Un objeto tan poco glamoroso como un contenedor –gris para los residuos mezclados, verde para los reciclables– está protagonizando uno de los cambios de gestión urbana más profundos que la ciudad haya encarado en décadas. Y lo más importante no es el objeto; es lo que ese objeto revela sobre cómo puede y debe gobernarse una ciudad.

Empecemos por reconocer algo que todos sabemos: la limpieza es, desde hace años, una de las principales deudas de Montevideo. El contrato más básico entre una ciudad y su gente, “yo me llevo tus residuos y vos cuidás tu vereda”, está erosionado. Y no por falta de esfuerzo ni de inversión, sino, en buena medida, por un problema de diseño. Aplicábamos un modelo único, el contenedor en la vía pública, a una ciudad que no es una, sino muchas. No genera los mismos residuos ni convive igual con un contenedor una torre de Pocitos que una cooperativa de Casavalle, una cuadra arbolada de Malvín que un pasaje del Cerro. Cuando el instrumento es uno solo y los territorios son diversos, el instrumento termina fallando en casi todos.

Las políticas públicas se planifican en clave universal, pero después hay que bajarlas al territorio, a las cuadras y a las personas concretas. Una solución que funciona en el municipio B puede no servir en el CH o en el D, porque cada uno tiene sus particularidades. Siempre afirmamos que no hay, ni puede haber, una única manera correcta de gestionarlos en toda la ciudad, y que había que animarse a estudiar, barrio a barrio, cuál era la mejor forma para cada lugar.

De esta convicción salió en 2019 una decisión concreta: estaba pronta la licitación para comprar los primeros contenedores intradomiciliarios y comenzar a ensayar ese modelo donde el tejido urbano lo permitía. Pero llegó marzo de 2020 y la pandemia nos obligó, como a tantos, a elegir. Bajamos aquella licitación para volcar esos recursos a las canastas de alimentos para los miles de hogares que se quedaron, de un día para el otro, sin ingresos ante un gobierno nacional aún perdido y con pocas respuestas. Primero estaba la comida en la mesa de miles de familias. Pero por suerte la idea no murió. Quedó sembrada, esperando su momento.

Por eso quiero reconocer, con todas las letras, lo que está haciendo la administración de Mario Bergara con Leonardo Herou a la cabeza del Desarrollo Ambiental de Montevideo. Se retomó aquel camino, lo mejoraron y –esto es lo decisivo– lo están llevando a escala de toda la ciudad. Y Mario lo hizo con un importante mérito adicional: negociando. En junio de este año, la Junta Departamental aprobó el paquete de fideicomisos que, en parte, financia esta transformación –260 millones de dólares para saneamiento, limpieza, veredas y calles–, con el saneamiento votado por unanimidad y la limpieza acompañada por votos de ediles de la oposición. Hubo allí ediles de otros partidos que entendieron que no se puede estar cinco años poniendo palos en la rueda, y un gobierno departamental que construyó los acuerdos para que las prioridades ciudadanas estuvieran por encima de la lógica del bloqueo. Eso es política mayúscula: competir en las elecciones y cooperar en las soluciones.

Los resultados están a la vista. En poco más de un año, más de 40.000 hogares sustentables ya gestionan sus residuos con contenedores propios; casi mil contenedores salieron de la vía pública; funciona un sistema de alerta que avisa a cada hogar cuándo se acerca el camión; más del 80% de los reclamos de limpieza se resuelven en menos de 24 horas. La recuperación de materiales reciclables creció 38,6% en 12 meses: de 448 toneladas en julio de 2025 a 621 en julio de 2026, pasando del 13% al 18% del total de envases desechados. No es solo una ciudad más limpia, es una ciudad que empieza a tomarse en serio la economía circular.

En tiempos en que algunos afirman que el Estado no puede, que la política no sirve, que los problemas urbanos no tienen solución, un contenedor en la puerta de casa parece poco. Pero no lo es. Es la prueba diaria de un pacto que funciona.

Pero el dato que más me importa es otro, y surge de las encuestas que el propio intendente presentó hace días en el almuerzo de ADM: en los barrios donde el nuevo sistema ya funciona, el 85% de las personas está satisfecha con el cambio, y el 91% dice que su cuadra y su barrio están mejor –tres de cada cuatro dicen, directamente, “mucho mejor” –. Apenas un 2% percibe un retroceso. En políticas públicas casi no existen números así. Cuando una transformación alcanza esos niveles de adhesión, no es marketing ni luna de miel, es que la vida cotidiana mejoró de manera tangible. Donde el sistema nuevo llegó, nadie quiere volver atrás.

¿Por qué funciona? Por dos razones que conviene entender bien. La primera: se implementa territorio a territorio. El plan no desembarca igual en Capurro que en Carrasco, en La Teja que en Malvín. Se estudia cada zona, se define qué modelo corresponde –intradomiciliario donde la trama urbana lo permite, otras soluciones donde no–, se conversa con los vecinos antes, durante y después. La especificidad territorial deja de ser una consigna para volverse método. La segunda: cambia el lugar de la ciudadanía. El hogar sustentable no es un beneficiario que recibe pasivamente un servicio: es un vecino que asume una responsabilidad –qué saco, cómo clasifico, cuándo lo dispongo– a cambio de una ciudad mejor. Esa corresponsabilidad, multiplicada por cientos de miles de hogares, es una pedagogía democrática silenciosa: la comprobación cotidiana de que lo público funciona mejor cuando se construye en conjunto.

Hay un tercer efecto del que se habla menos, que incluye una perspectiva de vivienda y desarrollo urbano, que me interesa especialmente: el espacio público que se libera. Cada contenedor que se retira –serán más de 7.000 en el quinquenio– es una esquina que se recupera, una vereda que vuelve a caminarse, un pedazo de ciudad que se devuelve a las personas. La limpieza no es solo higiene: es calidad urbana y es equidad territorial, porque los barrios más castigados por la basura acumulada nunca son los más ricos. Y es, también, condición para todo lo demás que queremos para Montevideo: repoblar las áreas centrales, integrar los barrios, hacer que vivir en la ciudad construida vuelva a ser deseable.

Digo todo esto sin triunfalismo, porque nada está terminado ni garantizado. Quedan desafíos enormes: sostener el cambio cultural cuando pase la novedad; integrar de verdad a los clasificadores a la cadena de valorización que se está construyendo; llegar con soluciones adecuadas a los territorios más difíciles, donde el contenedor domiciliario no alcanza. La meta de reducir a la mitad los residuos que van a disposición final –con 500.000 hogares sustentables y nuevos ecocentros mediante– es de las más ambiciosas que se haya puesto un gobierno departamental, y exigirá constancia además de anuncios. Las transformaciones urbanas se miden en décadas. Este es el primer tramo.

Pero este primer tramo importa mucho porque demuestra algo más grande que la limpieza de la ciudad: demuestra que la democracia puede resolver problemas concretos de la vida cotidiana, y que cuando lo hace, la gente responde. En tiempos en que algunos afirman que el Estado no puede, que la política no sirve, que los problemas urbanos no tienen solución, un contenedor en la puerta de casa parece poco. Pero no lo es. Es la prueba diaria de un pacto que funciona: la intendencia cumple y el vecino cumple. Barrio a barrio, hogar a hogar, así se reconstruye la confianza en lo público. Y así, también, se construye el futuro: no con promesas lejanas, sino con esas transformaciones que se ven desde la ventana.

Christian Di Candia es subsecretario del Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial y fue intendente de Montevideo.

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