La guerra desencadenada unilateralmente por Estados Unidos e Israel contra Irán elevó a más de 60 el número de conflictos armados entre estados, según el Uppsala Conflict Data Program (UCDP). Es relevante recordar que tanto Donald Trump como Benjamin Netanyahu están en el centro de graves controversias y acusaciones ampliamente difundidas por la prensa internacional, de distinta naturaleza y aún objeto de disputas judiciales y políticas. Su agresión contra Irán aumenta todavía más la cantidad de conflictos armados en el planeta, que se acerca a 200 si contamos las guerras civiles, tribales y entre facciones criminales. Si sumamos las guerras frías (des)informacionales libradas en las redes sociales, que alimentan las calientes, ¿podemos decir que ya estamos en una tercera guerra mundial?
Para responder, consulto el pasado que rima con nuestro presente, porque la historia no se repite. Poco antes del Carnaval, cayó en mis manos, desde una librería de usados del centro de San Pablo, La guerra y la paz en la historia, del socialista italiano radicado en Brasil Antonio Piccarolo (1863-1947). Publicado en 1940, un año después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, es un ejercicio intelectual y pacifista frente al conflicto que devastaba Europa. Que haya llegado a mí cuando busco una respuesta para esta pregunta incendiaria solo puede explicarlo el concepto junguiano de sincronicidad.
La guerra y la paz en la historia nació de una provocación hecha al autor, en 1938, por una lectora de sus columnas en el Estadão. Piccarolo buscó resumir, de forma didáctica pero profunda, el concepto que de la guerra habían construido los principales pueblos de la historia.
“Las guerras no son solo un mal directo, en sí, por sus efectos, por las muertes, las heridas, las devastaciones materiales de los países que son su escenario, sino también, y quizá aún más, por las devastaciones morales que van diseminando en los espíritus”, escribe. Las guerras de Rusia contra Ucrania y de Israel contra los palestinos, cuyos detalles monstruosos vemos en tiempo real en las redes, son la prueba más reciente de esa afirmación.
Cuando se dedica a identificar y describir el pensamiento de los filósofos occidentales sobre la guerra, Piccarolo se esfuerza por reivindicar a Nicolás Maquiavelo (1469-1527). Pero es en Thomas Hobbes (1588-1679) donde el socialista italiano identifica al más reaccionario de los filósofos de la guerra. Y aquí su lectura adquiere una inquietante actualidad: el pensamiento de Hobbes, tal como lo reconstruye Piccarolo, parece un manual para comprender ciertas actuaciones geopolíticas de Trump y Netanyahu.
Su obra principal, Leviatán, toma su título del Libro de Job. Hobbes parte de que los seres humanos son por naturaleza iguales. Cuando dos individuos desean lo mismo y no pueden obtenerlo ambos, se vuelven enemigos. Del “estado de desconfianza recíproca”, según Piccarolo, no habría mejor salida que adelantarse al posible adversario, dominar por la fuerza y la astucia al mayor número posible de hombres hasta quedar en condiciones de no ser perjudicado por otro poder.
Así, Hobbes encuentra en la naturaleza humana tres causas principales de guerra: rivalidad, desconfianza y ambición. De la primera nacen las guerras de conquista; de la segunda, las guerras de seguridad; de la tercera, las guerras por la gloria. De esa supuesta predisposición natural nace un estado de guerra general, de cada hombre contra todos los hombres.
¿Cuál sería el medio para salir de ese estado de guerra universal? El Estado absolutista, responde Hobbes. Para él, toda limitación de ese poder absoluto, incluso la Constitución, sería una rebelión. Quiere todos los poderes reunidos en un único individuo, incluido el espiritual. En suma, una soberanía tiránica, sin división de poderes ni parlamento.
Estamos viendo, realmente, un Leviatán en la forma de dirigentes de extrema derecha que amenazan con arrastrarnos al caos de una tercera guerra.
Es aquí donde Piccarolo deja de ser solamente un historiador de las ideas y se convierte en un interlocutor del presente. ¿No parece esta concepción del Estado un manual para dictadores y tiranos teocráticos como Jomeini, pero también para populistas de extrema derecha como Trump y Netanyahu?
No por casualidad Hobbes llama a ese Estado absolutista Leviatán, el “Dios mortal”. Ocurre que, al parecer, Hobbes leyó mal el Libro de Job. Allí, en los capítulos 3, 8; 40, 25 y 41, 26, Leviatán representa al monstruo del caos primordial. Estamos viendo, realmente, un Leviatán en la forma de dirigentes de extrema derecha que amenazan con arrastrarnos al caos de una tercera guerra.
Piccarolo demuestra cómo la avidez de dominio, la ambición de gloria, el fanatismo religioso, los caprichos de los gobernantes, las ofensas insignificantes y los falsos orgullos fueron causas de guerras. Pero, al examinar la realidad más profundamente, concluye: “La causa verdadera es siempre una: la causa económica que, según las condiciones de tiempo y de lugar, toma diversos aspectos”. Las guerras y conquistas coloniales, muchas veces hechas en nombre de la religión o de la “civilización”, esconden así sus causas materiales.
Para Piccarolo, la escuela y, principalmente, la prensa son responsables de ocultar las motivaciones reales de los tiranos. “La prensa parece haber perdido su papel, noble entre los más nobles, para comercializarse y convertirse en instrumento de odio y de discordia entre los pueblos. Todas las guerras modernas son precedidas por campañas de prensa, que parecen tener por fin exclusivo provocar discordias y avivar odios”, denuncia.
Él habla del periódico impreso, de la radio y del cine porque no podía imaginar que la mutación de esos medios, pasando por la televisión vía satélite, internet y las Big Tech, produciría instrumentos de guerra todavía más odiosos que los medios de masas de su tiempo.
Por todo lo que leí en La guerra y la paz en la historia, puedo decir que el Leviatán podría conducirnos a una tercera guerra mundial declarada, si es que no nos encontramos ya en una guerra mundial velada, contenida en alguna medida por las habilidades diplomáticas de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).
Necesitamos resistir como pacifistas. Repetir las palabras de Piccarolo, cuyo libro cayó en mis manos y se reencarnó en mí: “Un pueblo no odia a los otros pueblos. Ningún pueblo quiere la guerra; todos, por el contrario, miran la guerra como la peor de las desgracias. Si no fuera por esa instintiva repugnancia que por la guerra tienen los pueblos, el mundo ya estaría completamente empapado de sangre humana. Son aquellos que esperan sacar ventajas de la guerra, los folicularios asalariados, que, falsificando la verdad y esparciendo mentiras, crean una psicología de guerra entre la gente ingenua, fácil de engañar”.
Jean Wyllys es periodista, escritor y artista visual. Autor de Falsolatria (Editora Nós y Edições Sesc SP, 2024) y O anonimato dos afetos escondidos (Tusquets Editores, 2025).
